OPINIÓN
Entre la pantalla y la calle: Gobernar es mucho más que comunicar
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Hay una diferencia que parece pequeña, pero que puede explicar buena parte de los problemas que enfrentan hoy los gobiernos: una cosa es saber comunicar y otra muy distinta saber gobernar. En tiempos en los que una publicación puede alcanzar a miles de personas en cuestión de minutos, los gobiernos han descubierto el enorme poder de la emoción.
Una imagen bien producida, un video con música, una frase contundente o un mensaje cuidadosamente diseñado pueden generar cercanía, entusiasmo e incluso la percepción de que las cosas están ocurriendo. El problema aparece cuando la comunicación comienza a sustituir a la gestión. Porque un gobierno puede comunicar con emoción, pero necesariamente tiene que gobernar con técnica.
La comunicación política no es mala. Al contrario, es indispensable. Un gobierno que no explica lo que hace, que no informa sus decisiones y que no logra conectar con la ciudadanía difícilmente podrá construir legitimidad. El ciudadano necesita saber qué se está haciendo, por qué se está haciendo y cuáles serán sus resultados. La comunicación permite, precisamente, construir ese puente. Pero el puente no puede convertirse en el destino. Comunicar una política pública no la vuelve buena; anunciar una obra no garantiza que resuelva un problema; presentar resultados en una pantalla no significa necesariamente que existan resultados en la calle.
El problema comienza cuando la lógica de la comunicación invade la lógica del gobierno. Entonces, las prioridades empiezan a cambiar. Lo importante deja de ser resolver para convertirse en mostrar que se está resolviendo. El indicador más relevante ya no es necesariamente el impacto de una política, sino el alcance de una publicación. La discusión sobre resultados termina desplazada por la discusión sobre percepción. Y así, poco a poco, el gobierno corre el riesgo de convertirse en una oficina permanente de comunicación que, de vez en cuando, también administra.
Gobernar exige otra cosa. Exige diagnóstico, planeación, presupuesto, capacidad institucional, conocimiento técnico, evaluación y seguimiento. Exige entender que detrás de cada problema público hay variables que no caben en un video de treinta segundos. La movilidad no se resuelve con una campaña; se resuelve estudiando rutas, frecuencias, infraestructura, costos, demanda y conectividad. La seguridad no mejora solamente con anuncios de nuevas estrategias; requiere inteligencia, coordinación, prevención, capacidad operativa y evaluación permanente. El agua no llega a una colonia porque se haya comunicado una inversión, sino porque existen infraestructura, recursos, mantenimiento, planeación y capacidad para ejecutar.
Por eso resulta necesario recuperar una idea que parece elemental y que, sin embargo, hemos ido perdiendo: gobernar es administrar la complejidad. La política puede simplificar el mensaje, pero la administración pública no puede simplificar el problema. Una campaña necesita una idea central; una política pública necesita muchas variables. Un discurso busca persuadir; una decisión gubernamental debe demostrar que puede funcionar. Una publicación puede generar entusiasmo durante algunas horas; una política pública debe sostener resultados durante años.
Esto no significa que los gobiernos deban abandonar la emoción. Sería absurdo plantearlo así. La política siempre tendrá una dimensión emocional porque gobierna personas, no expedientes. La ciudadanía necesita sentir que su gobierno la escucha, la entiende y le habla de manera cercana. El error consiste en creer que la emoción puede ocupar el lugar de la técnica. Puede acompañarla, hacerla comprensible y acercarla a la sociedad, pero no puede sustituirla.
De hecho, quizá una de las mejores formas de comunicar sea, precisamente, gobernar bien. Cuando una política funciona, la comunicación deja de tener que construir una realidad artificial porque puede contar una historia respaldada por hechos. Cuando una calle deja de inundarse, cuando una ruta funciona, cuando una persona obtiene un servicio de manera más rápida, cuando un trámite deja de ser una tortura burocrática, existe algo mucho más poderoso que cualquier campaña: un resultado que puede ser comprobado por la ciudadanía.
También hay una responsabilidad política en reconocer los límites de la comunicación. No todo problema necesita una conferencia de prensa. No toda decisión requiere una campaña. No todo avance merece una celebración. A veces, gobernar significa trabajar durante meses sin tener una fotografía que publicar. Significa corregir errores, revisar contratos, ordenar procesos, capacitar personal, modificar reglamentos y tomar decisiones que probablemente no serán populares en redes sociales, pero que son necesarias para que una institución funcione.
El verdadero desafío para los gobiernos contemporáneos consiste, entonces, en encontrar un equilibrio. Comunicar con emoción para conectar, pero gobernar con técnica para resolver. Utilizar las herramientas de la comunicación moderna sin permitir que estas dicten las prioridades de la administración. Entender que la ciudadanía merece información clara, pero también instituciones eficaces. Porque una buena comunicación puede conseguir atención, pero solamente una buena gestión puede conseguir confianza.
Y quizá ahí está la diferencia entre un gobierno que administra su imagen y uno que administra una ciudad. El primero pregunta constantemente cómo se verá una decisión. El segundo pregunta qué consecuencias tendrá. El primero mide impresiones, reproducciones y reacciones. El segundo también mide tiempos, costos, resultados e impacto. El primero necesita demostrar todos los días que está haciendo algo. El segundo entiende que hay tareas cuya importancia no depende de que alguien las vea.
En una época dominada por la inmediatez, gobernar bien exige, precisamente, lo contrario: paciencia, método y capacidad para pensar más allá del siguiente ciclo de noticias. La emoción puede ganar una elección, impulsar una campaña o construir cercanía. Pero una ciudad no se gobierna con emociones. Se gobierna con instituciones, información, presupuesto, planeación y decisiones.
Comunicar con emoción no debería ser el problema. El problema aparece cuando la emoción es lo único que existe. Porque, al final, un gobierno puede tener una comunicación impecable y una gestión deficiente; puede llenar las pantallas de mensajes positivos mientras las calles cuentan otra historia. Y cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, la ciudadanía termina descubriéndola.
La comunicación debe explicar al gobierno, no reemplazarlo. Debe hacer visibles los resultados, no fabricarlos. Debe conectar con la ciudadanía, pero también rendir cuentas frente a ella. Porque gobernar no consiste en conseguir que la gente crea que las cosas están funcionando. Consiste en hacer que, efectivamente, funcionen.
Comunicas con emoción. Gobiernas con técnica. Y cuando ambas cosas se encuentran, la comunicación deja de ser propaganda para convertirse en la consecuencia natural de una buena gestión.





