OPINIÓN
¿Para quién es Guadalajara?
Opinión, por Miguel Anaya:
Hay algo extraño en Guadalajara. Nos gusta mucho hablar de la ciudad que queremos ser, pero últimamente sería conveniente revisar un poco la ciudad que ya somos.
Hace unas semanas nos preparamos para recibir al mundo con motivo del Mundial de fútbol. Se habló de infraestructura, movilidad, seguridad, turismo, espacios públicos y de la oportunidad histórica que representaba el Mundial. Y la ciudad respondió, en buena medida, gracias a la hospitalidad de sus ciudadanos.
Llegaron visitantes, se llenaron restaurantes —tal vez no tanto como se prometió—, funcionaron los operativos y Guadalajara tuvo sus días de escaparate internacional. Perfecto.
Pero ahora que se apagaron las pantallas y los turistas regresaron a sus casas, queda una pregunta bastante menos fotogénica: ¿qué tan bien funciona Guadalajara para quienes vivimos aquí todos los días?
Porque una ciudad no se prueba únicamente cuando llegan miles de visitantes. Se prueba un martes cualquiera, cuando alguien abre la llave del agua, toma el camión, cruza una avenida y regresa por la noche a su casa. Y ahí la fotografía cambia.
El agua, por ejemplo, dejó de ser una discusión técnica para convertirse en una experiencia cotidiana. Durante 2026 se han acumulado reportes de problemas de calidad del agua en cientos —sí, en cientos— de colonias de la metrópoli. El propio Gobierno de Jalisco presentó un plan hídrico con más de 30 acciones, mientras especialistas cuestionaron que inicialmente no tuviera cronogramas ni mecanismos de financiamiento suficientemente definidos.
Mientras tanto, hay otra estadística que parece salida de una novela de realismo mágico: en lo que va del año se han reportado alrededor de 3 mil socavones en Guadalajara.
Uno pensaría que, después de cierto número de agujeros en las calles, la ciudad comenzaría a preguntarse si el problema está debajo del pavimento y no únicamente encima.
En fin, además del agua, se puede hablar de movilidad. Tenemos una ciudad que creció mucho más rápido que su capacidad para mover a sus habitantes. Cada nueva obra vial promete aliviar el tráfico, mientras cada año descubrimos que hay más viajes y menos soluciones viales.
Y después está la seguridad. Aquí conviene ser cuidadosos: Guadalajara no es una ciudad en guerra ni una caricatura de violencia permanente. La gente sale, trabaja, estudia, va a restaurantes, llena estadios y hace su vida.
Pero tampoco basta con decir que todo está bien porque la gente sigue saliendo.
La seguridad no consiste únicamente en que no ocurra una tragedia en cada calle; también consiste en que el ciudadano pueda utilizar la ciudad sin modificar constantemente sus hábitos por miedo.
Ese es el verdadero examen de cualquier gobierno: no solamente si puede organizar un Mundial…
Y aquí aparece la discusión sobre el desarrollo.
Porque sería un error convertir todo esto en una crítica contra los edificios, la inversión, los restaurantes nuevos o quienes llegan a vivir a Guadalajara. Una ciudad que no recibe inversión se estanca; una ciudad que no construye vivienda expulsa población; una ciudad que no cambia termina viviendo de su pasado.
El problema no es crecer. El problema es crecer sin cuidar aquello que hace posible ese crecimiento.
Podemos tener nuevos departamentos, grandes eventos, hoteles, corredores gastronómicos y proyectos urbanos. Todo eso genera empleos y actividad económica.
Pero debajo de la ciudad siguen existiendo tuberías viejas. Encima siguen circulando millones de personas. Y alrededor siguen viviendo ciudadanos que no necesitan una Guadalajara espectacular durante cuatro días, sino una Guadalajara funcional durante 365.
Quizá ahí está la verdadera discusión. La administración municipal puede presumir indicadores, programas, obras y eventos. El Gobierno del Estado puede presentar planes y anunciar inversiones. Los organismos metropolitanos pueden explicar sus limitaciones. Todo eso forma parte del gobierno. Pero al ciudadano le interesa algo mucho más sencillo: que las cosas funcionen.
No necesita saber quién tiene la culpa administrativa de cada fuga. Necesita agua. No necesita conocer el organigrama de movilidad. Necesita llegar. No necesita estudiar las estadísticas de seguridad. Necesita sentirse seguro.
Y quizá esa sea la medida más sencilla —y también la más difícil— para juzgar una ciudad.
Guadalajara acaba de demostrar que puede recibir al mundo. Ahora falta demostrar que puede funcionar bien para quienes nunca se fueron.
Porque una ciudad no se construye solamente para ser admirada. Se construye para ser vivida.


