OPINIÓN
Imposibilidad democrática
Opinión, por Luis Manuel Robles Naya //
En 1950, Kenneth Arrow, premio nobel de economía, en su teoría acerca de una función de bienestar social, estableció la imposibilidad de que un sistema democrático de votación refleje la preferencia global de la sociedad, las distintas apreciaciones de utilidad de cada individuo, tomando como base el principio de Pareto, de que el 20 % de la economía es responsable de lo que sucede con el 80 restante.
Dicho más concretamente, cada cabeza es un mundo y es difícil o imposible que un sistema democrático arroje una unanimidad global, salvo que ésta sea impuesta por una dictadura. La condición democrática de no dictadura que establece Arrow, recoge la idea de que la función de bienestar social no debe ser dictatorial, es decir, dicha función no debe imponer las preferencias a los individuos del colectivo ni tampoco establecer un ordenamiento social independiente del ordenamiento individual.
Pues bien, en esas estamos en México, solo que al contrario del principio de Pareto, el 70 por ciento es responsable de lo que le sucede al 30 por ciento restante, políticamente hablando, y es imposible que la idea de bienestar que se impone desde el gobierno, empate con los criterios individuales y en consecuencia, es un régimen autoritario el que intenta imponer las decisiones confirmando así la teoría de la imposibilidad democrática señalada por Arrow.
Ante ello, el régimen de partidos vigente, esencial en la democracia representativa, que es procedente en una sociedad plural y numerosa, está sucumbiendo por una evidente crisis de representatividad. Ya no se puede soslayar el hecho de que los partidos solo representan los intereses de sus élites y que cada vez se encuentran más lejos de los ciudadanos. Su insolvencia moral y política ha llevado a la sociedad a decidir entre las personas políticamente expuestas, a la que considera que se parece más a lo que desea, o por simple simpatía o exposición mediática.
En la arena política hoy, no hay las alternativas que teóricamente deberían existir, para que tuviera vigencia el dilema de Condorcet, es decir, que el votante tuviera que decidir entre las propuestas X, Y, o Z, pues estas no existen. Está la propuesta gubernamental, explotadora de la desigualdad, pero sin alternativa para resolverla de fondo, abrazada por un partido, y los oportunistas de siempre PVEM y PT, que son arrastrados como cola de cometa, y después el vacío con tres partidos PRI, PAN y PRD, que no han sido capaces en tres años de estructurar una propuesta que tan siquiera complemente lo que con tantas deficiencias e insuficiencias aplica el gobierno. Por otra parte, se construye otra opción con el partido Movimiento Ciudadano, que más allá de su criterio de rechazar las alianzas electorales no articula propuesta alguna para combatir, de fondo, la desigualdad, la pobreza y la corrupción.
La necesidad de mantener distraída a la sociedad sin que reaccione a los malos resultados de la administración pública, en constante deterioro de sus capacidades institucionales, llevó al presidente a adelantar la sucesión y los partidos han caído en esta provocación.
Todos están pendientes de los sondeos de opinión y todos luchan por establecer en ellos a sus figuras destacadas, y todos sin excepción, y en ello incluyo a la sociedad civil que ha decidido inmiscuirse en el proceso sucesorio, convertidos en simples estructuras electorales, viven con la mira puesta en el siguiente horizonte electoral, y apuestan al triunfo por los errores del contrario. Eso no pasará en esta sociedad que ha decidido extender el bono presidencial hasta el final de su mandato, porque éste ha sido hábil en el manejo de las emociones populares, de las que los partidos en general se han alejado, mientras la gente todavía tiene esperanza de que el cambio llegue.
Es difícil que los partidos puedan recuperar en tres años, la confianza de la ciudadanía, en especial cuando ninguno de ellos ha incrementado su presencia en tierra con sus representados, ni establecido un proceso para elaborar una plataforma alternativa que rescate a la sociedad del clientelismo y le exponga que hay otras vías para llegar al estado de bienestar al que se aspira.
La sociedad civil ha intentado construir un frente único opositor, que lo único en común que tiene es la necesidad de derrotar a López Obrador en las urnas, pero la suma de diferencias no hace la unanimidad en la busca del estado de bienestar que desea la población. Ni ellos, las organizaciones civiles, ni los partidos han entendido que están muy lejos de entender lo que el 70 por ciento de la población merece y quiere, como tampoco el gobierno ha caído en la cuenta de que ese 70 por ciento que apoya a su presidente no tiene la solidez para sostenerse más allá del sexenio, porque más del 50% de los mexicanos critican, censuran y padecen, las acciones gubernamentales. Por ello no debe extrañar que estemos ante la confirmación de ese principio de imposibilidad democrática y que nunca como ahora, las aspiraciones individuales estén sometidas a las decisiones de una mal interpretada mayoría, o en el peor de los escenarios, a las de un solo hombre que impone su visión a su círculo interno, a su partido y a la nación.



