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OPINIÓN

La mujer que vio venir el vacío

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Opinión, por Miguel Anaya

La semana pasada hablamos de Cornelius Castoriadis y de una idea sencilla y compleja a la vez: las sociedades funcionan porque millones de personas creen en historias que ellas mismas inventaron. No se trata de mentiras. Se trata de significados.

La nación, la democracia, el dinero, la familia, el progreso, la autoridad o incluso conceptos tan aparentemente sólidos como el éxito o la libertad existen porque una comunidad decide otorgarles valor. Son construcciones imaginarias que, con el tiempo, se convierten en realidad social.

La pregunta inevitable es qué ocurre cuando esas historias comienzan a desgastarse. Para responderla, vale la pena hablar de Joan Didion, nacida en Sacramento en 1934. No en la California de las películas, las playas o las mansiones de Beverly Hills, sino en una ciudad mucho más silenciosa, más burocrática y menos glamorosa. Sacramento era el lugar donde se administraba el sueño californiano, no donde se filmaba.

Quizá por eso desarrolló una habilidad que la acompañaría toda la vida: desconfiar de las narrativas perfectas. Así, mientras gran parte de Estados Unidos contemplaba con fascinación la revolución cultural de los años sesenta, Didion comenzó a sospechar que debajo del entusiasmo se escondía algo más profundo.

Su libro Slouching Towards Bethlehem, publicado en 1968, es considerado una de las obras maestras del llamado Nuevo Periodismo. Pero llamarlo periodismo resulta insuficiente. El libro parece, más bien, una autopsia realizada mientras el paciente aún respira.

La década de los sesenta suele recordarse como una época de liberación. La guerra de Vietnam era cuestionada; las nuevas generaciones desafiaban a sus padres, y la revolución sexual modificaba costumbres centenarias. Los movimientos por los derechos civiles transformaban la conversación pública, la religión tradicional perdía influencia y muchos vieron en ello el nacimiento de una nueva era.

Didion vio algo distinto.

En el ensayo que da nombre al libro visitó Haight-Ashbury, el legendario barrio hippie de San Francisco. Los medios presentaban aquel lugar como el laboratorio de una nueva sociedad basada en la paz, el amor y la libertad.

Ella encontró jóvenes incapaces de explicar qué buscaban, comunidades improvisadas y una sensación generalizada de desorientación.

No escribía desde el conservadurismo, y mucho menos desde el moralismo. Simplemente observaba. Y lo que observaba era una sociedad que comenzaba a desprenderse de sus antiguas certezas sin haber construido todavía otras nuevas.

Es aquí donde Didion y Castoriadis terminan encontrándose. Castoriadis sostenía que las sociedades necesitan imaginarios compartidos para organizarse. No basta con tener leyes, gobiernos o sistemas económicos. Hace falta algo más profundo: un conjunto de significados que permita responder preguntas esenciales.

¿Quiénes somos? ¿Qué consideramos valioso? ¿Qué merece respeto? ¿Qué justifica la autoridad?

Lo que Didion documentó en California fue, precisamente, el momento en que esas respuestas comenzaban a perder fuerza.

No estaba narrando únicamente una rebelión juvenil; estaba registrando una crisis de sentido. Y quizá por eso el libro resulta tan contemporáneo. Porque, más de medio siglo después, el paisaje parece familiar.

Las instituciones generan desconfianza, las identidades se fragmentan, la política se convierte cada vez más en una disputa de narrativas y las redes sociales producen comunidades instantáneas y efímeras.

Las personas consumen información diseñada para confirmar sus creencias, mientras que la sensación de pertenecer a una historia común parece cada vez más escasa. Paradójicamente, vivimos en una época obsesionada con la comunicación, mientras los consensos se vuelven más difíciles.

El verdadero legado de Didion fue advertir que toda sociedad puede perder el hilo de la historia que la sostiene.

Cuando una sociedad comienza a desconfiar de sus instituciones, ¿está renovándose o está perdiendo los significados que la mantenían unida? Cuando las viejas narrativas se derrumban, ¿surgen nuevas formas de comunidad o simplemente aparece el vacío? ¿La California que observó Didion fue el laboratorio de un fenómeno que hoy se ha extendido al mundo entero?

¿Las redes sociales están construyendo nuevos imaginarios colectivos o están acelerando la fragmentación de los existentes? ¿México conserva todavía relatos compartidos capaces de articular una idea común de país? ¿La democracia, la movilidad social, la educación o el progreso siguen siendo historias en las que creemos colectivamente?

Finalmente, si Joan Didion caminara hoy por las calles de Los Ángeles, San Francisco, Guadalajara o Ciudad de México, ¿qué grietas vería que nosotros todavía preferimos ignorar?


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