OPINIÓN
Vivienda barata, tiempo caro: El precio invisible de vivir lejos
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Cuando pensamos en el costo de una vivienda, casi siempre hacemos la misma operación mental. Revisamos el precio de la renta o de la mensualidad de la hipoteca, comparamos cifras y concluimos si una casa o un departamento son caros o baratos.
Sin embargo, existe un gasto que rara vez aparece en los anuncios inmobiliarios, que no figura en los contratos de compraventa y que pocas veces forma parte de la discusión pública: el costo de la distancia.
Hay familias que logran encontrar una vivienda aparentemente accesible en la periferia de las ciudades. El precio parece razonable, incluso atractivo, especialmente cuando se compara con el de las zonas centrales. A primera vista, la decisión parece lógica. Al final, ¿qué opción queda cuando las rentas cercanas al trabajo, a la escuela o a los servicios básicos simplemente dejaron de ser accesibles? La respuesta suele aparecer meses después, cuando la realidad cotidiana comienza a cobrar una factura que nadie calculó al momento de firmar.
La distancia tiene un precio. Se paga en horas de traslado, en gastos de transporte, en combustible, en estrés, en oportunidades perdidas y en tiempo que jamás regresa. Es un costo silencioso que no aparece en los estados de cuenta, pero que termina impactando de manera profunda la calidad de vida de millones de personas.
Durante décadas, el crecimiento urbano en México se desarrolló bajo una lógica que privilegiaba la expansión territorial sobre la proximidad. Se construyeron enormes conjuntos habitacionales lejos de los centros de trabajo, de las escuelas, de los hospitales y de los servicios básicos. La vivienda se convirtió en una meta cuantitativa: construir más casas. Poco importaba si quienes las habitaban tendrían que recorrer decenas de kilómetros cada día para llegar a sus actividades cotidianas.
El resultado está a la vista. Miles de personas comienzan sus jornadas antes del amanecer para llegar puntuales a sus trabajos. Otras regresan a sus hogares cuando ya ha oscurecido. Entre ambos momentos transcurre una parte significativa de sus vidas atrapada en camiones, automóviles, estaciones de transporte o embotellamientos interminables. No se trata únicamente de una molestia. Se trata de tiempo de vida que desaparece todos los días.
Quien pasa tres o cuatro horas diarias trasladándose no solamente pierde tiempo. También pierde oportunidades para convivir con su familia, descansar, estudiar, hacer ejercicio o participar en actividades comunitarias. La movilidad deja de ser un simple desplazamiento y se convierte en un factor que determina la manera en que una persona vive, se relaciona y construye su proyecto de vida.
Por eso resulta un error analizar la vivienda y la movilidad como si fueran temas separados. En realidad, forman parte de un mismo problema. Una vivienda económica puede convertirse en una vivienda costosa cuando obliga a realizar largos desplazamientos diarios. De la misma forma, un sistema de transporte deficiente puede terminar encareciendo artificialmente el acceso a oportunidades laborales, educativas y culturales.
La desigualdad urbana suele medirse a partir de los ingresos, pero también podría medirse a partir del tiempo. Mientras algunas personas pueden llegar a sus trabajos en quince o veinte minutos, otras necesitan dos horas para recorrer la misma ciudad. Mientras unos disponen de tiempo para actividades recreativas o familiares, otros apenas logran completar las obligaciones básicas de cada día. En ese sentido, la distancia se convierte en una forma de desigualdad que pocas veces reconocemos.
No es casualidad que los sectores con menores ingresos sean, frecuentemente, quienes enfrentan los trayectos más largos. La vivienda cercana a las zonas con mejores servicios, infraestructura y oportunidades suele tener precios más elevados. Quienes no pueden acceder a ella terminan desplazándose hacia la periferia, donde el suelo es más barato, pero donde también son más escasos los empleos, el transporte eficiente y los equipamientos urbanos. Lo que aparentemente se ahorra en renta o hipoteca termina pagándose diariamente en tiempo y movilidad.
Esta realidad obliga a replantear una idea profundamente arraigada en la política pública: que el éxito de una estrategia de vivienda puede medirse únicamente por el número de casas construidas. Una vivienda digna no es solamente aquella que tiene paredes, techo y servicios básicos. También debe permitir el acceso razonable a las oportunidades que ofrece la ciudad. De poco sirve contar con una casa propia si para llegar al trabajo, a la escuela o a una consulta médica es necesario invertir varias horas cada día.
Las ciudades más habitables del mundo han comenzado a comprender esta realidad. La discusión ya no gira únicamente en torno a cuántas viviendas se construyen, sino a dónde se construyen y qué tan conectadas están con los principales destinos urbanos. La proximidad ha dejado de ser un lujo para convertirse en un objetivo de planeación. Acercar la vivienda a los servicios y los servicios a la vivienda representa una estrategia mucho más eficaz que seguir extendiendo indefinidamente las manchas urbanas.
En el fondo, la discusión es mucho más profunda de lo que parece. Hablar de distancias no es solamente hablar de calles, avenidas o rutas de transporte. Es hablar de la manera en que distribuimos el tiempo de las personas. Es decidir quién puede disfrutar de una hora adicional con sus hijos y quién debe pasarla en un embotellamiento. Es determinar quién tiene acceso cercano a las oportunidades y quién debe recorrer grandes trayectos para alcanzarlas.
Quizá por eso el verdadero precio de una vivienda no debería calcularse únicamente en pesos por metro cuadrado. También debería medirse en minutos de traslado, en horas recuperadas y en calidad de vida.
Porque, al final, el recurso más valioso que posee cualquier persona no es el dinero. Es el tiempo. Y cuando una ciudad obliga a millones de habitantes a gastarlo diariamente en desplazamientos interminables, el costo de vivir lejos termina siendo mucho más alto de lo que cualquier anuncio inmobiliario está dispuesto a reconocer.





