OPINIÓN
La nostalgia del poder: El caso Alfaro
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
Hemos hablado mucho de las adicciones destructivas: las drogas que desestabilizan familias, que exigen tratamientos especializados y el apoyo incondicional de los seres cercanos para poder ser superadas. Algunas personas logran vencerlas; otras permanecen atrapadas durante años, limitando su desarrollo personal y profesional.
Pero existe otra adicción menos visible y rara vez reconocida: la adicción al poder.
Es una dependencia que surge cuando una persona experimenta la capacidad de influir en la vida de cientos, miles o millones de ciudadanos. La ejercen alcaldes, gobernadores, presidentes y líderes que toman decisiones con impacto colectivo. El poder no sólo significa autoridad; también implica reconocimiento, atención permanente, una corte de aduladores, deferencias constantes y la sensación de ser indispensable. Una vez que se vive esa experiencia, desprenderse de ella no resulta sencillo.
El caso de Enrique Alfaro Ramírez resulta ilustrativo. Un animal político en los términos del zoon politikon de Aristóteles. Un personaje que se construyó a sí mismo, que tomó decisiones fundamentales para reorientar su vida en la política después de haber sufrido derrotas, aprendió de ellas para convertirse en un líder que creó un movimiento político que vino a derrotar a los partidos tradicionales.
En mi trayectoria periodística he tenido la oportunidad de conocer a personas sin poder que luchan por trascender, que sufren tropiezos y se levantan, algunos de ellos los superan y como resultado de esas luchas, triunfan y viven lo que es el tener y detentar poder. Y no a pocos el poder los transforma cuando se suben al ladrillo y sufren mareo de montaña.
Hace apenas 18 meses, Enrique Alfaro concluyó su gestión como gobernador de Jalisco, después de una trayectoria política intensa que lo llevó a convertirse en la figura más influyente del estado. Durante su carrera protagonizó confrontaciones que marcaron una época: con Raúl Padilla López, con el presidente Andrés Manuel López Obrador y, en la recta final, con Dante Delgado y la dirigencia nacional de Movimiento Ciudadano.
Al concluir su mandato, anunció su retiro definitivo de la política. Se trasladó a España con su familia, cursó estudios para obtener la licencia de entrenador profesional de fútbol y se incorporó al proyecto deportivo del Real Valladolid. Parecía el inicio de una nueva etapa, alejada de la actividad pública que dominó gran parte de su vida.
Sin embargo, el tránsito del poder a la vida cotidiana suele ser más complejo de lo que parece.
Mientras Pablo Lemus encabeza hoy el gobierno de Jalisco, Alfaro vive lejos de Guadalajara y de los espacios donde construyó su liderazgo político. Ya no existen las reuniones diarias de gabinete, ni las largas filas de funcionarios esperando instrucciones, ni los empresarios solicitando audiencias, ni la atención permanente de los medios de comunicación. La rutina es distinta.
Para quien durante años ocupó el centro de la vida política jalisciense, la adaptación no necesariamente debe ser sencilla.
Por ello llaman la atención algunas de sus visitas recientes a Guadalajara. Ha recorrido espacios populares como el Mercado de Abastos, donde convivió con ciudadanos y se tomó fotografías. También ha acudido a eventos deportivos en los que ha recibido muestras de afecto y reconocimiento. Son imágenes que inevitablemente despiertan una pregunta: ¿se trata simplemente de visitas afectivas a la tierra que gobernó o existe también una inevitable nostalgia por el protagonismo perdido?
El propio Alfaro asegura que el fútbol ocupa hoy el centro de sus intereses. Su sueño, ha dicho, es dirigir algún día a las Chivas. Sin embargo, el fútbol y la política son escenarios muy distintos. En la política se toman decisiones que impactan directamente a millones de personas; en el deporte, por más apasionante que resulte, la influencia tiene otra dimensión.
Quizá por eso el retiro político representa una de las pruebas más difíciles para quienes han ejercido el poder durante largos periodos. Pasar de ser el actor principal a convertirse en observador exige disciplina, humildad y una profunda redefinición personal.
La pregunta de fondo no es si Enrique Alfaro regresará a la política. En política nunca pueden cerrarse definitivamente las puertas. La verdadera interrogante es si logrará construir una vida plenamente satisfactoria fuera de ella.
Su situación tampoco es sencilla. La ruptura con Dante Delgado y con Movimiento Ciudadano redujo significativamente las posibilidades de un eventual retorno. Además, después de haber sido alcalde de Guadalajara y gobernador de Jalisco, resulta difícil imaginarlo ocupando posiciones de menor rango político.
Pero la historia demuestra que pocos políticos renuncian por completo a la tentación del regreso.
Mientras tanto, Alfaro sigue explorando su faceta futbolística y trata de construir una nueva identidad lejos de los reflectores que durante años lo acompañaron. Ojalá encuentre ahí un proyecto personal duradero. Porque si algo enseña la experiencia política es que el poder deja una huella profunda en quienes lo ejercen.
La grandeza de un líder no sólo se mide por cómo llega al poder, sino también por la manera en que sabe despedirse de él.




