NACIONALES
De la negación a la mentira
Opinión, por Iván Arrazola
Hay crisis que no se miden solo por sus efectos, sino por la forma en que el poder decide enfrentarlas. El derrame de petróleo en el Golfo de México no solo dejó una huella ambiental; dejó, sobre todo, una marca política: la evidencia de un modelo de comunicación basado en la negación, la dispersión de responsabilidades y, finalmente, la pérdida de credibilidad.
Todo comenzó con una reacción predecible: la negación. Desde la Presidencia se afirmó con contundencia que el derrame no era responsabilidad de Pemex. No había investigación concluida ni dictámenes técnicos definitivos, pero sí había una narrativa clara: deslindar a la empresa del Estado. La frase fue categórica y, en ese momento, funcional: “no fue Pemex”.
Una de las instituciones más serias del Estado, como lo es la Marina, terminó contribuyendo a ampliar la desinformación. El secretario señaló que había al menos 13 buques en la zona bajo análisis —algunos incluso ya fuera de aguas nacionales—, lo que obligaría a solicitar cooperación internacional para su inspección. A ello añadió la posibilidad de emanaciones naturales provenientes de chapopoteras. En conjunto, estas declaraciones no ofrecieron claridad, sino que fragmentaron la explicación en múltiples hipótesis, sin una conclusión firme ni una línea de responsabilidad definida.
Mientras tanto, desde el ámbito político se intentaba sostener una narrativa alternativa: trasladar la responsabilidad al pasado. En esa línea, la cuestionada Rocío Nahle afirmó: “No teníamos la información sobre el origen del derrame ni lo ocurrido; el director de Pemex me informó que, afortunadamente, se detectó el origen y se contuvo. Fue el derrame de un barco privado, de una petrolera que no le trabaja a Pemex. Se trata de empresas que realizaron actividades de exploración y explotación bajo contratos otorgados durante el sexenio de Enrique Peña Nieto”. No solo culpó al pasado; minimizó el problema al decir que se trataba de unas gotas de hidrocarburos.
Todas estas declaraciones —que hoy resultaron falsas o especulaciones— quedaron rebasadas por el reconocimiento tardío del director de Pemex, quien, 69 días después, admitió la responsabilidad de la empresa en el derrame. Se trata de la declaración más delicada del caso.
Explicó que existió una fuga en un oleoducto en la zona de Cantarell, provocada por una “pérdida de integridad mecánica”, y que dicha situación no le fue reportada oportunamente. Aún más grave, señaló que las áreas operativas habrían negado sistemáticamente la existencia de la fuga, incluso cuando ya se registraban afectaciones visibles en las costas.
Esta explicación, lejos de generar certidumbre, resulta profundamente insuficiente. Porque si dentro de Pemex existían indicios de un problema —y más aún, si había dudas sobre el actuar de los subordinados—, la obligación inmediata era escalar la información, informar a la Presidencia y activar mecanismos de respuesta. No hacerlo implica, en el mejor de los casos, negligencia; en el peor, encubrimiento.
Además, el tiempo es un factor que no puede ignorarse. La fuga se ubica a inicios de febrero, pero las reacciones institucionales relevantes llegaron semanas después, cuando el daño ya era visible y la presión pública era ineludible. Esa brecha temporal vuelve poco creíble la versión de que se trató simplemente de una falla de comunicación interna. Lo que se observa, en cambio, es una reacción tardía que sugiere más un intento de contención que de esclarecimiento.
El patrón vuelve a aparecer: primero negar, después diversificar las explicaciones y, finalmente, reconocer parcialmente cuando la evidencia lo obliga. En este contexto, las declaraciones presidenciales adquieren otra dimensión. La insistencia en deslindar a Pemex, sin esperar resultados concluyentes, no solo anticipó una conclusión, sino que condicionó políticamente la narrativa. Cuando la realidad comenzó a contradecir esa versión, el costo fue inevitable: la pérdida de consistencia en el discurso.
Lo más preocupante no es la contradicción en sí misma, sino lo que revela: un modelo de comunicación que no parte de los hechos, sino de la necesidad de controlarlos. El derrame, en este sentido, no es únicamente un desastre ambiental.
Es un punto de quiebre político, porque expone a un gobierno que, frente a una crisis, privilegia la narrativa sobre la transparencia; la reacción estratégica sobre la información oportuna; y la defensa política sobre la rendición de cuentas.
La pregunta de fondo ya no es quién provocó el derrame. La pregunta es más incómoda: ¿qué tan sostenible es un modelo de gobierno que, ante la evidencia, insiste primero en negarla?
El problema va más allá. La Presidenta parece atada a una forma de hacer política que no solo no le beneficia, sino que tampoco ha mostrado capacidad de corregir. En ese sentido, no está en juego únicamente la pérdida de credibilidad, sino la profundidad del desgaste político al que puede enfrentarse si insiste en sostener un modelo que, lejos de contener las crisis, las agrava.


