OPINIÓN
La farsa de los puros: Naranjas, azules y el arte de lavarse las manos
Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco
Hay en la política mexicana un ritual tan antiguo como la hipocresía misma: el de los partidos que se niegan mutuamente la mano mientras, con la otra, hurgan en el mismo bolsillo del erario. Esta semana, Jalisco nos ofreció una representación de ese teatro del absurdo que merece análisis, porque detrás de la alharaca de las alianzas negadas hay intereses que nadie quiere nombrar con todas sus letras.
Juan Pablo Colín Aguilar, presidente estatal del Partido Acción Nacional en Jalisco, salió a los micrófonos con la apostura del varón ofendido para recordarle a Mirza Flores, su contraparte en Movimiento Ciudadano, que el “no” a la alianza lo tiene ella desde hace año y medio. No desde ayer, no desde esta semana: desde hace dieciocho meses. Como si la antigüedad de un rechazo le diera mayor dignidad moral al que lo pronuncia. En política, como en los amores despechados, siempre hay quien necesita quedar como el que terminó primero.
Pero detengámonos aquí, porque el detalle importa. Colín no sólo rechaza la alianza: la rechaza con lenguaje de cruzada. Dice que no pueden relacionarse con quienes pactaron con «narcopolíticos de Morena». El término es fuerte, contundente, y muy conveniente. Porque si algo sabe el PAN de pactos convenientes, la historia reciente de este país —incluyendo la del llamado «Plan B» de la reforma electoral que los emecistas negociaron con el partido guinda— lo documenta con generosa abundancia. Acusar a otros de pactar con el poder es un deporte que practican mejor quienes más experiencia tienen en el ejercicio.
La dirigente naranja, Mirza Flores, no se quedó atrás en el duelo de puridades. Ella también descartó alianzas, también apeló a la ciudadanía como árbitro supremo, también se envolvió en la bandera de quienes nunca traicionan al pueblo. Movimiento Ciudadano, nos recuerda, llegó al gobierno de Jalisco después de los gobiernos del PAN y del PRI, y eso —entiéndase bien— los convierte en una especie de virginidad política que no puede ni debe ensuciarse con la compañía de los que ya fallaron. El argumento sería más convincente si no fuera precisamente Movimiento Ciudadano el partido que, en el Congreso de la Unión, ha sabido navegar con admirable flexibilidad entre las aguas del oficialismo y las de la oposición, según sople el viento de los intereses nacionales de su liderazgo.
Y mientras los dos partidos dominantes en Jalisco se lanzan acusaciones de impureza, el PRI —por boca de su presidenta estatal Laura Haro, quien en 2024 compitió para la gubernatura bajo las siglas de PAN, PRI y PRD— clama por la unidad opositora. El tricolor, que gobernó este país durante siete décadas con métodos que la historia ya ha juzgado, ahora se presenta como el sensato que llama a la cordura.
Emilio González Márquez, exgobernador panista, también sumó su voz al llamado unitario. Hay algo profundamente revelador en que los hombres del pasado sean quienes con más urgencia piden unidad: son ellos quienes más tienen que perder si la oposición fragmentada le abre la puerta a Morena en Jalisco.
Porque en el fondo, de eso se trata. El escenario de 2027 en Jalisco no es una disputa filosófica sobre valores, familias o soberanía partidista. Es una disputa territorial. Jalisco es uno de los pocos estados donde Morena no gobierna. Es la plaza que la oposición conserva como trofeo y trinchera. Y en ese contexto, el lujo de la pureza ideológica tiene un costo que ninguno de los actores parece querer calcular en voz alta.
Juan Pablo Colín presentó hace unos días su estrategia “Primero la familia”, en un evento que reunió a diputados, alcaldes, exgobernadores y sociedad civil organizada. El discurso fue de largo aliento conservador: defensa de la familia tradicional, rechazo a la eutanasia, crítica a quienes ondean la bandera LGBTQ+, advertencias contra el autoritarismo “socialista y comunista” del gobierno federal. El PAN, nos dice Colín, es “de derecha” y no tiene empacho en decirlo. Al menos eso merece un reconocimiento: en un país donde los partidos suelen esconder su ideología bajo capas de pragmatismo, la franqueza tiene un valor escaso.
Pero la franqueza tiene sus límites cuando llega al terreno de los errores propios. Colín reconoció que el PAN cometió equivocaciones en sus gobiernos, pero inmediatamente los relativizó: cuando el blanquiazul gobernó Jalisco, el estado «estaba en paz y tenía desarrollo». Es el tipo de memoria selectiva que todos los partidos practican con maestría. Los muertos, los desaparecidos, la violencia que ya existía antes del actual gobierno —todo eso queda convenientemente difuminado en la nostalgia de un Jalisco que quizás nunca fue tan apacible como la memoria partidista lo pinta.
La crítica a los hechos del 22 de febrero —cuando la ciudad se paralizó ante la violencia del crimen organizado— es legítima y necesaria. Pero resulta llamativo que el PAN la use como ariete electoral sin proponer, con igual énfasis, qué haría diferente. La denuncia del caos ajeno es políticamente rentable. La propuesta de solución propia es más costosa, porque obliga a comprometerse con algo concreto.
Hay una última ironía en todo este panorama que quiero anotar: los tres partidos de oposición en Jalisco compiten con celo entre sí por el título de más puro, más cercano a la ciudadanía, más libre de compromisos turbios. Mientras tanto, en octubre comenzará el proceso electoral que distribuirá más de mil quinientos cargos públicos en el estado. Mil quinientos puestos. Mil quinientas oportunidades de poder. Y de cara a ese botín, los escrúpulos suelen ser sorprendentemente maleables.
La historia de la política jalisciense de los próximos meses se escribirá entre desmentidos y acercamientos no confesados, entre declaraciones de independencia y negociaciones de madrugada. Los partidos que hoy se niegan la mano en público, mañana explorarán si pueden darse la mano en privado. Así funciona la política real, la que no aparece en los comunicados de prensa ni en los discursos de los eventos con exgobernadores.
Lo que sí está claro es que los ciudadanos jaliscienses merecen algo más que el espectáculo de partidos que compiten por ser el más indignado. Merecen una oposición que decida, de una vez, si le importa más la pureza de su marca o la efectividad de su estrategia. Porque Morena, a diferencia de sus adversarios, no tiene ese dilema. Morena sabe perfectamente lo que quiere.
Y los que no saben lo que quieren, suelen perder.
En X @DEPACHECOS



