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OPINIÓN

Superficialidad y realidad

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Opinión, por Miguel Anaya

Hay ciudades que se gobiernan y hay ciudades que se producen.

Algunos municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara parecen haber descubierto una nueva forma de administración pública: el gobierno como contenido digital permanente. Una mezcla curiosa entre agencia de marketing y campaña eterna, donde la realidad siempre debe verse luminosa, aunque huela a basura, colapse en tráfico o viva bajo el miedo.

Mientras la gente calcula si alcanzará el agua para el fin de semana, cuánto tardará en cruzar López Mateos o qué tan prudente resulta volver tarde a casa, buena parte de la clase política metropolitana parece atrapada en una sesión fotográfica interminable.

La capital “cool”. La metrópoli del futuro. La ciudad creativa. La ciudad mundialista. La ciudad que siempre parece estar a semanas de convertirse en una potencia internacional, aunque todavía no logre resolver asuntos tan poco glamorosos como el agua, la seguridad, la basura o el transporte público. Pero eso sí: el video sale espectacular.

Quizá ningún episodio retrata mejor esta lógica que aquel momento surrealista en el que se rifaron viajes a Nueva York para “motivar” a los habitantes a tramitar la tarjeta del transporte público. Sí, Nueva York.

Como si el problema del transporte en Guadalajara fuera la falta de incentivos emocionales y no las interminables filas, las unidades saturadas, las rutas deficientes o las horas perdidas en traslados diarios.

Una escena tan perfectamente contemporánea que parecía escrita por un guionista de sátira política: el ciudadano atrapado en un sistema de movilidad caótico mientras el gobierno promete, simbólicamente, la posibilidad de escapar de él, aunque sea por unos días.

“No podemos garantizarte un transporte digno, pero quizá puedas ganar un viaje para conocer uno que sí funciona”.

Y mientras los discursos son espectaculares, la realidad insiste en arruinar la narrativa.

Porque hay algo profundamente ofensivo en escuchar discursos sobre innovación urbana en una metrópoli donde miles de personas viven angustiadas por el abastecimiento de agua. Hay algo cínico en vender modernidad cuando moverse de un punto a otro implica sacrificar horas de vida cada día. Y hay algo particularmente cruel en intentar convertir la inseguridad en un problema de “percepción” para una ciudadanía que aprendió a vivir mirando al otro con miedo.

A ello se suma otra postal: la basura.

Buena parte de Guadalajara sigue observando cómo el problema de la recolección aparece y desaparece cíclicamente, como si fuera un fenómeno meteorológico inevitable y no una obligación básica de gobierno.

Montañas de bolsas en las esquinas, colonias enteras esperando el camión recolector y ciudadanos resignados a convivir con el deterioro, mientras las redes oficiales publican videos perfectamente editados sobre la siguiente gran experiencia urbana.

La ciudad digital huele a marketing. La ciudad real huele a abandono.

Uno de los momentos más honestos de toda esta etapa política ocurrió cuando desde Zapopan se resumió la filosofía urbana contemporánea en una frase: “Lo bueno cuesta”. Y si no alcanza, pues habrá que buscar otro lado. Qué sinceridad tan brutal.

Después de años disfrazando la gentrificación, el encarecimiento y la expulsión silenciosa de miles de personas bajo conceptos como “desarrollo”, “plusvalía” y “ciudad de oportunidades”, por fin alguien tradujo el mensaje completo: la ciudad bonita sí existe, pero no necesariamente para todos.

Y mientras todo eso ocurre, las crisis reales pasan casi como ruido de fondo entre campañas digitales.

Hace no mucho, el estado atravesaba momentos delicadísimos marcados por narcobloqueos, miedo y tensión social. Sin embargo, bastaba abrir las redes oficiales para descubrir que, aparentemente, la conversación importante era el Mundial, la siguiente feria gastronómica o el TikTok institucional del día.

Como si la misión central del poder ya no fuera resolver problemas, sino evitar que los problemas arruinen la narrativa.

Ahí reside, quizá, el gran agotamiento social de fondo: la sensación de vivir dentro de un render.

Una ciudad donde todo parece diseñado para verse espectacular desde un dron, pero profundamente incómodo desde el volante, la banqueta o la vida cotidiana.

Porque las redes sociales sirven para muchas cosas. Sirven para comunicar, informar y conectar. Lo que no hacen es llenar presas, reducir homicidios, reparar tuberías, recoger basura o reconstruir instituciones.

Y ninguna toma aérea al atardecer puede ocultar eternamente el olor de una ciudad que empieza a cansarse de ser tratada como escenario. Porque, tarde o temprano, ocurre algo terrible para los gobiernos obsesionados con la imagen: la gente deja de mirar la pantalla y vuelve a mirar la calle.


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