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OPINIÓN

Una sociedad del «me gusta»: La cultura de la apariencia

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Hay una escena que se repite todos los días en miles de restaurantes. Antes de probar el primer bocado, alguien toma su teléfono celular, acomoda el plato, busca el mejor ángulo, ajusta la iluminación y toma una fotografía. Lo mismo ocurre durante un viaje, en un concierto, un partido de futbol, al comprar un automóvil, al recibir un regalo, e incluso, al momento de “gobernar”: la experiencia parece incompleta si antes no ha sido compartida. 

Pero lo verdaderamente interesante no es que las personas publiquen momentos de su vida; eso ha ocurrido siempre de distintas maneras. Lo novedoso es que, poco a poco, comenzamos a vivir pensando en cómo se verá nuestra vida desde la pantalla de los demás.

Las redes sociales modificaron la forma en que nos comunicamos, pero también alteraron nuestra relación con el reconocimiento. Durante mucho tiempo las personas buscaban construir una buena reputación dentro de su comunidad, y el prestigio se obtenía a partir de una trayectoria, del cumplimiento de la palabra, del trabajo constante o de las aportaciones realizadas a quienes nos rodeaban. Hoy, sin que necesariamente nos demos cuenta, esa lógica ha empezado a convivir con otra muy distinta: la necesidad permanente de proyectar una imagen.

No hay nada reprochable en querer compartir un logro, un viaje o un momento importante. Sería absurdo afirmar que toda publicación responde a la vanidad. El problema aparece cuando la imagen deja de ser un reflejo de la vida y comienza a convertirse en el objetivo de la propia vida. Es entonces cuando la pregunta deja de ser “¿qué quiero hacer?” para convertirse en “¿cómo se verá si lo publico?”.

Quizá esa transformación explique por qué muchas experiencias parecen perder valor cuando no reciben suficiente atención. Una comida deja de ser especial si obtiene pocos “me gusta”. Un viaje parece menos emocionante si nadie lo comenta. Un logro profesional se siente incompleto si no genera reacciones. Poco a poco, el reconocimiento externo comienza a ocupar el lugar que antes correspondía a la satisfacción personal.

Las plataformas digitales no inventaron esa necesidad de aprobación. El ser humano siempre ha buscado ser aceptado por los demás. Sin embargo, nunca habíamos tenido un sistema capaz de medir esa aceptación en tiempo real mediante números visibles para todos. Seguidores, reproducciones, comentarios y reacciones terminaron convirtiéndose, para muchas personas, en una especie de indicador del propio valor. Lo preocupante es que esos números dicen mucho sobre la atención, pero muy poco sobre el mérito.

Vivimos rodeados de imágenes cuidadosamente seleccionadas. Vemos cuerpos entrenados, oficinas impecables, viajes extraordinarios, relaciones aparentemente perfectas y vidas que parecen transcurrir sin dificultades. Lo que rara vez aparece son los años de esfuerzo, las deudas, las frustraciones, los fracasos o los sacrificios que casi siempre acompañan cualquier proyecto valioso.

Consumimos el resultado, pero casi nunca el proceso. Y cuando esa versión editada de la realidad se convierte en nuestro punto de comparación, es fácil concluir, equivocadamente, que la vida de los demás siempre marcha mejor que la nuestra.

Quizá por eso la comparación se ha convertido en una de las emociones dominantes de nuestra época. Ya no nos comparamos únicamente con quienes viven cerca de nosotros, sino con millones de personas que muestran, de manera permanente, la versión más atractiva de su existencia. Esa competencia es imposible de ganar porque no estamos comparando realidades, sino nuestra vida cotidiana con el escaparate cuidadosamente construido de alguien más.

El problema tampoco se limita al ámbito personal. Una sociedad que premia constantemente la apariencia termina modificando sus incentivos. Si la visibilidad produce más reconocimiento que el esfuerzo; si parecer exitoso genera más admiración que ser competente; si proyectar una determinada imagen resulta más rentable que construir una trayectoria sólida, inevitablemente comenzarán a surgir más personas interesadas en perfeccionar la apariencia que en desarrollar el fondo. No porque sean peores que las generaciones anteriores, sino porque toda sociedad responde a aquello que decide recompensar.

Paradójicamente, nunca habíamos contado con tantas herramientas para aprender, emprender, crear o compartir conocimiento. Cualquier persona puede acceder gratuitamente a cursos impartidos por las mejores universidades del mundo, aprender un idioma, desarrollar habilidades técnicas o difundir una idea con un alcance antes impensable. La tecnología nos ofrece posibilidades extraordinarias. La pregunta es si las estamos utilizando para construir una vida más rica o simplemente para construir una imagen más atractiva.

Quizá el mayor riesgo de esa dinámica es que termina desplazando la mirada hacia el exterior. En lugar de evaluar nuestras decisiones por la satisfacción que nos producen, comenzamos a medirlas por la reacción que generan en los demás. Poco a poco dejamos de preguntarnos si una experiencia nos hizo crecer, aprender o disfrutar, para preguntarnos cuántas personas la vieron, la comentaron o la aprobaron. Cuando eso ocurre, la aprobación ajena comienza a ocupar un espacio que nunca debió reemplazar a la convicción propia.

No se trata de abandonar las redes sociales ni de convertir la discreción en una virtud absoluta. Tampoco de condenar el éxito o el deseo de progresar. El problema nunca ha sido el reconocimiento; el problema aparece cuando el reconocimiento deja de ser consecuencia de una vida bien construida y se convierte en el propósito alrededor del cual organizamos nuestras decisiones. Una cosa es disfrutar los frutos del esfuerzo y otra muy distinta es dedicar el esfuerzo únicamente a producir una imagen que despierte admiración.

Al final, ninguna fotografía puede sustituir una conversación profunda, ningún filtro reemplaza el carácter y ninguna publicación es capaz de construir una trayectoria. Las sociedades más sólidas no son aquellas que producen más personas famosas, sino aquellas que generan más personas valiosas.

Quizá por eso conviene detenernos, aunque sea por un momento, y preguntarnos si estamos invirtiendo más tiempo en construir una vida que realmente nos haga sentir orgullosos o simplemente una imagen que esperamos impresione a los demás. Porque la apariencia puede captar miradas durante unos segundos, pero sólo el fondo es capaz de sostener una vida entera.

 


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