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OPINIÓN

El balón y el chantaje

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Opinión, por Violeta Moreno Haro

La CNTE entendió perfectamente el momento. No necesitaba tener mayoría social, ni una propuesta financieramente viable, ni siquiera simpatía generalizada. Le bastaba con una cosa: saber que el gobierno federal no podía permitir que la inauguración del Mundial se le convirtiera en una postal internacional de caos, bloqueos y protesta magisterial.

Por eso, aunque no sepamos con precisión qué obtuvo en la mesa, resulta difícil creer que se fue con las manos vacías. No necesariamente hablamos de un cheque directo o de una concesión pública espectacular.

A veces, el beneficio está en otro lado: más mesas de negociación, más presión, más promesas, más rutas administrativas, más margen presupuestal y más capacidad de negociación. La CNTE amagó con tocar el evento más visible del año y el gobierno federal quedó rehén de su propio miedo a la imagen.

Pero el fondo es más grave. Morena, en su afán de ganar elecciones, prometió demasiadas cosas como si el presupuesto público fuera infinito. Prometió justicia social, pensiones, derechos, salarios, programas y regresos a esquemas que suenan bien en un mitin, pero que, en la realidad, pueden ser inviables económicamente. Y cuando el gobierno convierte cada demanda en promesa electoral, después no puede sorprenderse de que los grupos organizados le cobren la factura.

El problema de la CNTE no es que proteste. En democracia, protestar es legítimo. El problema es pretender que una demanda se vuelva justa solo porque se tiene capacidad de presión. Regresar a esquemas de pensiones impagables puede sonar muy bien para quien lo recibe, pero alguien lo tiene que pagar.

Y ese alguien siempre termina siendo el país: los contribuyentes, las finanzas públicas, los servicios que se dejan de prestar y las generaciones que vienen detrás.

La política seria no consiste en decirle que sí a todo mundo. Consiste en decir la verdad, incluso cuando cuesta votos. Y esa es una de las trampas del populismo: primero reparte expectativas imposibles; después queda atrapado por su propia clientela.

Mientras tanto, el Mundial arrancó y ocurrió algo muy mexicano: con todo y el enojo, la tensión, los boletos carísimos, las gradas que amenazan con verse incompletas y el país lleno de problemas, muchas personas se sentaron frente a la televisión a ver futbol. Da ternura y también preocupación. Ternura, porque la gente necesita respirar. Necesita un rato de emoción compartida, un gol, una narración, una bandera, una distracción que le permita olvidar, por noventa minutos, la inseguridad, la economía, las deudas, el transporte, la violencia y el cansancio.

Pero también preocupa. Porque, a veces, parece que el país se acostumbra a vivir entre crisis y espectáculo. Una parte de México protesta afuera; otra parte mira el partido desde su casa porque ir al estadio se volvió un lujo. El Mundial, que prometía ser una fiesta popular, corre el riesgo de convertirse en una fiesta cara, televisada y emocionalmente prestada.

El gobierno quiso un Mundial sin conflicto. La CNTE quiso un conflicto con reflector mundial. La FIFA quiso hacer negocio. Y la ciudadanía, como casi siempre, quedó en medio: pagando costos, viendo desde lejos y tratando de encontrar un poco de alegría entre tanto desgaste.

El futbol puede unir por un rato. Pero ningún gol debería servir para ocultar que México sigue teniendo demasiadas cuentas pendientes.


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