OPINIÓN
La predicción de la democracia
Opinión, por Miguel Anaya
Hay libros que envejecen. Y hay libros que parecen escribir el futuro.
En 1831, un aristócrata francés de apenas 25 años llegó a Estados Unidos con una misión aparentemente sencilla: estudiar el sistema penitenciario de aquella naciente república. Su nombre era Alexis de Tocqueville. Oficialmente viajaba para analizar cárceles; en realidad, terminó observando el nacimiento de una nueva forma de organizar el poder.
Europa todavía respiraba aires de aristocracia. Las monarquías seguían convencidas de que la historia les pertenecía por derecho divino. Estados Unidos, en cambio, era un experimento audaz. No existían títulos nobiliarios, los privilegios hereditarios habían perdido sentido y la igualdad política comenzaba a convertirse en la regla.
Tocqueville comprendió que no estaba frente a una curiosidad, sino ante el destino inevitable de Occidente. De ese viaje nació La democracia en América, una de las obras más influyentes de la ciencia política y, quizá, el libro que mejor explica los dilemas de las democracias del siglo XXI.
Su mayor acierto fue entender que la democracia no consiste únicamente en organizar elecciones. Es una manera de construir toda una sociedad. Una cultura. Una forma de relacionarnos con el poder, con nuestros vecinos y hasta con nosotros mismos.
Su visión de futuro fue brillante. La igualdad sería el gran motor de la historia moderna. Sin embargo, aquello traería peligros completamente nuevos.
El primero era la llamada «tiranía de la mayoría».
Estamos acostumbrados a pensar que las amenazas para la libertad provienen de dictadores, golpes de Estado o gobiernos autoritarios. Tocqueville sospechaba algo distinto. Una mayoría también puede convertirse en opresora. No necesita encarcelar a nadie; basta con imponer una opinión dominante hasta que disentir tenga un costo social demasiado alto.
Resulta difícil no pensar en las redes sociales. Hoy, millones de personas pueden ser juzgadas en cuestión de horas por una frase desafortunada, una opinión impopular o, simplemente, por negarse a seguir la corriente del momento. La plaza pública ya no necesita tribunales. Le basta un celular, un algoritmo.
Luego viene un concepto menos conocido: el «despotismo suave».
Tocqueville imaginó gobiernos que no gobernarían mediante el miedo, sino mediante la comodidad. Estados que resolverían cada vez más problemas, regularían cada aspecto de la vida cotidiana y asumirían responsabilidades que antes pertenecían a los ciudadanos. Así, poco a poco, los individuos dejarían de participar en la vida pública porque alguien más lo haría por ellos.
La libertad no desaparecería de golpe. Simplemente dejaría de ejercerse.
¿Suena exagerado?
Basta observar cualquier democracia contemporánea. Frente a cada crisis —económica, sanitaria, climática o de seguridad—, la reacción inmediata suele ser la misma: pedir más intervención del Estado. Más regulación. Más controles. En ocasiones, esas medidas son necesarias. El problema comienza cuando olvidamos que una ciudadanía pasiva también erosiona la democracia.
Una democracia necesita ciudadanos que participen.
Por eso dedicó páginas enteras a elogiar algo que hoy parece casi anticuado: las asociaciones civiles. Clubes deportivos, organizaciones vecinales, iglesias, cooperativas, universidades, periódicos independientes y cualquier espacio donde las personas aprendieran a colaborar sin esperar instrucciones del gobierno. Ahí se fabrica el verdadero músculo democrático.
Quizá por eso uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo sea el debilitamiento de esa sociedad civil. Nos indignamos desde el teléfono, firmamos peticiones digitales, compartimos publicaciones y creemos haber cumplido con nuestra responsabilidad cívica.
Queremos gobiernos fuertes, pero comunidades débiles. Exigimos instituciones sólidas mientras renunciamos a participar en ellas.
Tocqueville tampoco idealizaba la democracia. Sabía que el mayor peligro llegaría cuando la comodidad sustituyera a la responsabilidad, cuando la mayoría dejara de tolerar el disenso o cuando el ciudadano decidiera convertirse únicamente en espectador.
Casi dos siglos después, resulta imposible no reconocer muchas de sus intuiciones: democracias polarizadas, debates reducidos a consignas, redes sociales convertidas en tribunales permanentes, gobiernos cada vez más robustos y ciudadanos cada vez más endebles.
El verdadero mérito de Tocqueville fue describirnos a nosotros con 200 años de anticipación.
Porque la pregunta que dejó abierta sigue esperando respuesta: ¿puede sobrevivir una democracia cuando sus ciudadanos prefieren que otros piensen, decidan y participen por ellos?
Tal vez esa sea la discusión que México, Estados Unidos y buena parte del mundo deberían estar teniendo. No sobre quién ocupará el poder en la próxima elección, sino sobre cuánta de nuestra libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de comodidad, seguridad o la ilusión de que alguien más resolverá todos nuestros problemas.



