OPINIÓN
El futuro de Guadalajara: Cuando una ciudad deja de soñar
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Las ciudades también pueden perder la imaginación. No sucede de un día para otro ni como consecuencia de un solo mal gobierno. Ocurre lentamente, cuando la política deja de preguntarse qué ciudad quiere construir y comienza a conformarse con administrar la que ya existe. Es un proceso silencioso. Las grandes discusiones desaparecen, las aspiraciones se reducen y el debate público termina absorbido por la urgencia cotidiana. Tengo la impresión de que Guadalajara está atravesando precisamente ese momento.
Durante décadas, Guadalajara fue una ciudad que discutía su futuro. Acertara o se equivocara, existía una conversación permanente sobre el rumbo que debía tomar. Se hablaba de convertirla en un referente nacional de innovación, de recuperar sus espacios públicos, de fortalecer el transporte colectivo, de consolidar un Centro Histórico vibrante, de impulsar un modelo de desarrollo urbano más ordenado y de posicionarla como una de las mejores ciudades para vivir en México. Había una idea de ciudad. Se podía estar de acuerdo o no con ella, pero existía.
Hoy esa conversación parece haberse desvanecido. A casi tres años de la administración municipal, resulta complicado identificar cuál es el proyecto que pretende dejar como legado. Es posible identificar campañas institucionales, videos en TikTok y demás redes sociales, pero, cuando uno intenta responder una pregunta mucho más sencilla —¿cómo imaginan la Guadalajara de los próximos veinte años?—, el silencio termina ocupando el espacio que debería llenar la política.
Y esa, quizá, sea la principal crítica que puede hacerse al gobierno actual. No necesariamente que todo esté mal o que absolutamente nada funcione. La verdadera preocupación es que cuesta encontrar una visión capaz de articular todas las decisiones bajo un mismo propósito. Pareciera que la ciudad intenta avanzar respondiendo a las exigencias del día, pero sin una narrativa que explique hacia dónde se dirige.
Gobernar una ciudad es mucho más que administrar servicios públicos. No basta con recoger la basura, reparar una calle o intervenir un parque. Todo eso forma parte de las obligaciones mínimas de cualquier administración. La diferencia entre un gobierno correcto y uno verdaderamente transformador radica en su capacidad para imaginar el futuro y convencer a la sociedad de caminar hacia él.
Las ciudades más exitosas del mundo no son producto de la casualidad. Son consecuencia de proyectos políticos que trascendieron un periodo de gobierno. Barcelona apostó por recuperar su espacio público; Medellín entendió que el urbanismo podía convertirse en una herramienta para combatir la desigualdad; Curitiba revolucionó la movilidad cuando nadie hablaba todavía de sistemas integrados de transporte. En todos esos casos hubo algo más importante que las obras: hubo una idea.
¿Y cuál es la idea de Guadalajara?
La pregunta no es menor. ¿Cuál es la estrategia para que Guadalajara pueda ser un lugar atractivo para vivir, trabajar y convivir? ¿Cuál es el plan para enfrentar una crisis de vivienda que expulsa cada vez a más familias hacia la periferia? ¿Cómo se pretende responder al crecimiento vertical sin sacrificar la calidad de vida? ¿Qué papel jugará la ciudad frente a la crisis ambiental? ¿Cuál es la visión para construir una movilidad que no dependa exclusivamente del automóvil? Son preguntas que deberían ocupar el centro del debate político y, sin embargo, permanecen sin una respuesta clara.
La ausencia de un proyecto también es un proyecto. Es el proyecto de administrar el presente sin atreverse a construir el futuro.
Quizá por eso la conversación pública se ha vuelto tan pobre. Discutimos inauguraciones, anuncios, conferencias de prensa o polémicas pasajeras, pero casi nunca hablamos de la ciudad que queremos heredar. La política municipal parece haberse acostumbrado a medir su éxito por el número de acciones realizadas y no por la profundidad de las transformaciones alcanzadas.
Y eso es especialmente preocupante porque Guadalajara enfrenta desafíos que no pueden resolverse con decisiones improvisadas. La vivienda exige una política de largo plazo. La movilidad requiere coordinación metropolitana. La recuperación del espacio público necesita continuidad más allá de un solo trienio. El agua demanda una estrategia que rebasa cualquier administración municipal. Ninguno de esos retos admite soluciones inmediatas ni espectaculares. Todos requieren visión.
Las ciudades no se deterioran únicamente cuando faltan recursos. También se deterioran cuando falta ambición. Cuando la política deja de pensar en grande, la ciudad termina acostumbrándose a administrar sus problemas en lugar de resolverlos.
Dentro de unos meses comenzará formalmente la competencia por la Presidencia Municipal de Guadalajara. Veremos aparecer nombres, encuestas, estrategias de comunicación y promesas de campaña. Como ocurre en cada elección, la discusión correrá el riesgo de concentrarse en las personas. Sin embargo, la pregunta más importante debería ser otra.
No se trata únicamente de quién quiere gobernar Guadalajara. Se trata de quién tiene una idea de Guadalajara.
Porque una ciudad no cambia por el simple relevo de funcionarios. Cambia cuando existe un liderazgo capaz de convocar a universidades, empresarios, urbanistas, organizaciones civiles y ciudadanos alrededor de un proyecto compartido. Cambia cuando las decisiones dejan de responder únicamente a la coyuntura y comienzan a formar parte de una visión de largo plazo. Cambia cuando la política vuelve a atreverse a pensar en grande.
Guadalajara merece recuperar esa conversación. Merece discutir cómo quiere crecer, dónde quiere invertir, qué modelo de desarrollo urbano necesita, cómo hacer frente a los desafíos ambientales y de qué manera puede volver a ser una ciudad que inspire orgullo entre quienes la habitan. Esas son las preguntas que deberían definir la próxima elección municipal, mucho antes que los colores de un partido o los nombres de los candidatos.
Porque las ciudades no se transforman únicamente con presupuestos, reglamentos o buenas intenciones. Se transforman cuando existe una visión capaz de convocar a toda una comunidad. Gobernar Guadalajara no consiste solamente en hacer que la ciudad funcione un día más. Consiste en dejar una ciudad mejor de la que se recibió. Esa es la diferencia entre administrar una ciudad y conducirla. La primera mantiene el presente; la segunda construye el futuro.




