OPINIÓN
Trabajar ya no alcanza: La clase media también está cansada
A título personal, por Armando Morquecho Camacho
Durante mucho tiempo, hablar de la clase media fue hablar de estabilidad. No necesariamente de riqueza, pero sí de una cierta tranquilidad: tener un empleo, pagar una vivienda, mantener un automóvil, salir de vacaciones de vez en cuando, ahorrar algo, mandar a los hijos a la escuela y pensar que, con esfuerzo, el futuro podía ser un poco mejor que el presente. La clase media no aspiraba necesariamente a tenerlo todo; aspiraba a que trabajar alcanzara.
Algo parece haberse roto en esa promesa.
Hoy existe una sensación cada vez más extendida entre quienes trabajan, cumplen con sus obligaciones y procuran mantener una vida ordenada: el esfuerzo ya no garantiza necesariamente avanzar. En muchos casos, apenas permite conservar lo conseguido. Se trabaja más, se paga más, se posponen decisiones y, aun así, comprar una vivienda parece más lejano, ahorrar cuesta más y cualquier imprevisto puede alterar el equilibrio financiero de una familia.
No estamos hablando solamente de pobreza. Y quizá ahí está una de las razones por las que este fenómeno suele pasar inadvertido. La clase media puede seguir teniendo empleo, automóvil, teléfono, vacaciones y una cuenta bancaria, pero eso no significa que se sienta económicamente segura. Existe una diferencia enorme entre tener algo y sentir que se puede conservar.
Francis Fukuyama plantea en su libro Identidad: La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento una idea particularmente útil para entender este fenómeno. El autor sostiene que buena parte de lo que interpretamos como motivaciones estrictamente económicas también tiene que ver con una necesidad humana de reconocimiento, dignidad y estatus. Las personas no solamente quieren recursos; quieren sentir que su esfuerzo tiene valor y que ocupan un lugar digno dentro de la sociedad.
Por eso, la pérdida de estatus puede ser tan poderosa políticamente como la pérdida de ingresos.
Una persona que durante años trabajó bajo la idea de que podía comprar una casa, formar una familia, ahorrar y mejorar su nivel de vida puede experimentar frustración cuando descubre que, pese a haber cumplido con esa fórmula, sus posibilidades son menores que las de la generación anterior. No necesariamente se ha vuelto pobre. Lo que ha cambiado es su expectativa de futuro.
Y perder una expectativa también puede sentirse como perder algo.
Fukuyama explica que las clases medias con ansiedad respecto de su posición social pueden ser especialmente sensibles a ese sentimiento de retroceso. No porque sean las personas más pobres, sino porque perciben que están perdiendo un lugar que consideraban legítimamente suyo. La molestia nace, entonces, de una comparación: con quienes estaban antes, con quienes están arriba y, sobre todo, con lo que alguna vez creyeron que podían llegar a ser.
Ahí aparece una palabra incómoda: resentimiento.
Pero no necesariamente el resentimiento entendido como odio hacia alguien. Puede ser algo mucho más cotidiano: la sensación de que el sistema dejó de recompensar como antes el esfuerzo, de que cumplir las reglas ya no garantiza avanzar y de que hay personas que, aun haciendo todo lo que socialmente se les pidió, descubrieron que la meta se movió.
La clase media está cansada de correr detrás de una estabilidad que cada vez parece más cara.
Y este cansancio no debería interpretarse únicamente como un problema económico. También es un problema social. Cuando una persona siente que su esfuerzo dejó de producir reconocimiento, seguridad o movilidad, comienza a preguntarse para qué sirve seguir haciendo las cosas correctamente. Cuando esa sensación se extiende a millones de personas, puede convertirse en una fuerza política de enorme magnitud.
Eso ayuda a entender por qué, en distintos países, los discursos que prometen recuperar el orgullo, devolver el control o castigar a quienes supuestamente se beneficiaron del sistema pueden encontrar eco incluso entre personas que no viven en condiciones de pobreza. Fukuyama precisamente advierte que las explicaciones exclusivamente económicas son insuficientes: las pérdidas materiales pueden convertirse en sentimientos de invisibilidad, humillación o pérdida de estatus.
Pero sería un error reducir todo a una batalla entre «los que tienen» y «los que no tienen».
La clase media no está pidiendo necesariamente privilegios. En muchos casos, está pidiendo algo mucho más elemental: que el esfuerzo vuelva a tener sentido.
Quiere poder trabajar y pensar en el futuro sin sentir que cada año necesita hacer más para obtener exactamente lo mismo. Quiere que estudiar siga representando una posibilidad real de movilidad. Quiere que ahorrar no sea una hazaña. Quiere que una enfermedad, una reparación del automóvil o una pérdida temporal del empleo no pueda poner en riesgo años de trabajo. Quiere, en pocas palabras, recuperar la sensación de que existe una relación razonable entre esfuerzo y bienestar.
Y quizá ahí está una de las discusiones económicas más importantes de nuestro tiempo.
Durante años hemos hablado de crecimiento, inflación, empleo, salarios, productividad y desigualdad como si fueran conceptos exclusivamente estadísticos. No lo son. Detrás de cada uno existe una experiencia humana. Una inflación elevada no solamente modifica una gráfica: obliga a una familia a cancelar planes. Un salario estancado no solamente afecta una cifra: modifica expectativas. Una vivienda inaccesible no solamente encarece el mercado inmobiliario: retrasa proyectos de vida.
La economía también tiene una dimensión emocional.
Por eso, sería un error mirar con condescendencia el cansancio de la clase media o asumir que, porque todavía puede pagar sus cuentas, no tiene motivos para preocuparse. Hay una diferencia entre sobrevivir y progresar. Y, durante mucho tiempo, la gran promesa de la clase media fue precisamente la posibilidad de progresar.
El desafío no consiste en garantizar que todos tengan exactamente lo mismo. Consiste en recuperar una sociedad en la que el trabajo, la educación, el ahorro y la disciplina vuelvan a abrir posibilidades reales.
Porque una clase media que deja de creer en el futuro no necesariamente se convierte en una clase pobre.
Puede convertirse en una clase frustrada.
Y una sociedad llena de personas que sienten que hicieron todo bien, pero que aun así están retrocediendo, no solamente tiene un problema económico.
Tiene un problema de confianza.
La clase media también está cansada. Y quizá ya sea momento de preguntarnos no solamente cuánto gana, sino cuánto necesita esforzarse para sentir que está avanzando.





