CULTURA
Laura Solórzano: una vida entre palabras y poesía
Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias
Laura Solórzano tenía 14 años cuando publicó su primer libro de poesía. Lejos de sentirse orgullosa, la experiencia la hizo sentir expuesta. Su madre había guardado los poemas que escribía desde niña y, sin que ella buscara publicarlos, esos textos llegaron a manos de Raúl Padilla, vinculado con la editorial universitaria y, por esa época, alumno de Federico Solórzano, padre de Laura. Así apareció Evolución, con prólogo de Arturo Rivas Sáenz.
La publicación fue una experiencia que Solórzano recuerda como accidentada y, sobre todo, íntima. “Me daba muchísima vergüenza, o sea, ¿cómo? ¿Por qué se van a enterar otras personas de lo que yo pienso?”. Aquella exposición le produjo tal incomodidad que decidió alejarse de la escritura: “Para mí fue exponer algo que era muy íntimo… Dije: ‘Nunca más, voy a ser psicóloga’”. La niña que había publicado un libro antes de cumplir 15 años tardaría varios años en reconciliarse con la literatura.
La relación de Solórzano con la lectura había comenzado mucho antes de Evolución. Su padre, Federico Solórzano, paleontólogo y profesor universitario, era un lector apasionado y fue quien le transmitió buena parte de sus gustos literarios. “Mi gusto por la ciencia ficción, que me encanta, pues viene de él”. Él la acercó a Salgari, Tarzán y Edgar Allan Poe, además de poner a su alcance una biblioteca familiar que reunía libros de distintas disciplinas. Su madre aportó otra influencia.
Originaria de Yucatán y perteneciente a una familia relacionada con la trova y el canto, era, según su hija, una lectora incansable: “Mi mamá era la lectora más voraz que yo he conocido… Leía de todo”. De ella, sin embargo, Solórzano dice haber heredado algo que va más allá de los libros: “Yo me quedo con su parte musical… De ella me quedo con su parte de armonía, de música, de gusto por la música”.
Laura estudió psicología en la Universidad de Guadalajara. Su interés por la disciplina también tenía una raíz literaria: “Me gustaban mucho las historias de detectives… Vi una película de Freud y dije: ‘Psicología, quiero ser psicoanalista’”. Durante la carrera conoció al poeta Raúl Bañuelos, quien contribuyó a que la literatura volviera a ocupar un lugar importante en su vida. Le regalaba libros, hablaba con ella de poesía y la impulsó a leer y escribir nuevamente. El regreso, sin embargo, no significó la desaparición de la inseguridad. Solórzano desarrolló una relación exigente con sus propios textos, al grado de reconocer que la autocrítica puede convertirse en un obstáculo. “La autocrítica puede hasta inmovilizar a un escritor… Uno dice: ‘Está horrible lo que me salió’”.
A los 30 años reunió los poemas que consideraba más sólidos y consiguió publicar Semilla de ficus, en 1999. El libro significó su regreso formal a la literatura y también el comienzo de una relación cada vez más estrecha con el mundo vegetal: “Ahí empezó mi gusto por las plantas también”. La historia de Semilla de ficus también la llevó fuera de México. Su madre encontró una convocatoria publicada en una revista estadounidense y Solórzano envió el libro. Fue seleccionada para una antología bilingüe de la Universidad de Pittsburgh. Aquella experiencia le abrió las puertas de festivales y presentaciones en distintos lugares. Sin embargo, con el tiempo, la poeta comenzó a mirar con cierta distancia ese circuito literario.
La publicación, con sus viajes y reconocimientos, no eliminó las dificultades del oficio. Para Solórzano, publicar siempre ha implicado enfrentarse también a editores, procesos y decisiones que no necesariamente están bajo el control del autor. Su escritura ha cambiado con los años. Solórzano reconoce una particular inclinación por las líneas extensas y por acercar la poesía a la prosa. “Me gustan muchísimo las líneas largas”.
El cambio comenzó, en parte, a partir de un consejo de Raúl Bañuelos, quien le sugirió experimentar con la prosa: “Me gustó muchísimo más la prosa”, en parte porque era la forma con la que estaba más familiarizada como lectora, debido a su gusto por las novelas.
Solórzano estudió una maestría en artes visuales en la Escuela de San Carlos, en la Ciudad de México. Llegó allí inicialmente con la intención de estudiar terapia familiar, pero el edificio, los talleres y el ambiente de la escuela terminaron por cambiar sus planes. Venía de realizar una investigación en un hospital psiquiátrico, de enfrentarse al drama humano y a la pobreza, y de pronto se encontró rodeada de esculturas y en un ambiente completamente distinto. Abandonó los estudios de terapia familiar y pasó dos años en San Carlos. Allí estudió historia del arte y técnicas antiguas de pintura.
Cuando comenzó a escribir con mayor seriedad, ya tenía hijos y encontrar tiempo para hacerlo no fue sencillo. Al recordar aquella época, la imagen permanece intacta: “Me acuerdo de mí, a veces, metiéndome al baño así… rascándole segundos y minutos al día”.
Actualmente, da talleres de poesía en la carrera de Escritura Creativa de la Universidad de Guadalajara. Durante un periodo en el que impartió Relato Autobiográfico en la Escuela de Escritores de la SOGEM, les proponía a sus alumnos convertir recuerdos en cuentos. En algún momento decidió aplicar el ejercicio sobre sí misma. “Un día dije: ‘Pues lo tengo que practicar yo… Hazlo tú’”. El resultado fue un pequeño libro de cuentos. La experiencia le permitió comprobar que los recuerdos pueden convertirse en materia literaria sin necesidad de reproducir exactamente los hechos.
Solórzano calcula que ha publicado alrededor de 14 o 15 libros. En su publicación más reciente, Un mundo de ceniza viaja por la luz intermitente, experimentó con una poesía más narrativa y buscó simplificar el lenguaje que había utilizado anteriormente. “Quise simplificar y hacer más narrativo el texto, hacer una especie de microrrelatos”. Los 15 poemas del libro están relacionados con la ciudad.
Después de décadas de escribir, publicar, enseñar, pintar, leer y volver una y otra vez sobre sus propios textos, Solórzano encuentra en la poesía algo que exige tiempo y paciencia. “Es un arte hermosísimo que tiene mucha riqueza si tenemos la paciencia de encontrársela”.



