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JALISCO

La ciudad también educa: El espacio público como escuela de ciudadanía

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho.

Hay cosas que aprendemos sin que nadie nos las enseñe. Aprendemos a cruzar una calle mirando hacia ambos lados, a esperar el camión en determinado lugar, a caminar más rápido cuando una zona no nos parece segura y hasta a calcular con cuánta anticipación debemos salir de casa para llegar a tiempo. Son aprendizajes cotidianos, casi invisibles, pero dicen mucho del lugar en el que vivimos.

Durante mucho tiempo hemos pensado en la ciudad como un escenario. Es el espacio donde ocurren nuestras vidas: donde trabajamos, estudiamos, compramos, nos encontramos y regresamos a casa. Sin embargo, quizá la ciudad sea algo más que un escenario. También es una maestra. Todos los días, incluso sin proponérselo, nos enseña ciertas formas de relacionarnos con los demás, de movernos y de ocupar el espacio público.

Una ciudad con banquetas amplias y transitables enseña que caminar es una posibilidad. Una ciudad con parques cuidados enseña que el espacio público puede ser un lugar de encuentro. Una ciudad que ofrece transporte accesible y eficiente transmite que el tiempo de quienes la habitan tiene valor. Una calle iluminada, con cruces seguros y personas caminando, transmite confianza. No hacen falta discursos para aprender esas lecciones; basta con vivirlas.

Pero también ocurre lo contrario. Una banqueta rota enseña que el peatón debe arreglárselas como pueda. Una avenida imposible de cruzar enseña que la calle pertenece primero a los automóviles. Un parque abandonado enseña que lo público puede dejar de ser de todos. Un transporte que tarda demasiado enseña resignación. Una ciudad insegura enseña a mirar hacia atrás, a evitar ciertas calles y a modificar nuestras rutinas. Poco a poco, terminamos adaptándonos al entorno hasta confundir esa adaptación con normalidad.

Quizá por eso la calidad de una ciudad no debería medirse únicamente por sus grandes obras. También habría que preguntarnos qué comportamientos hace posibles y cuáles vuelve difíciles. Porque detrás de cada decisión urbana existe una idea sobre cómo queremos vivir juntos. Una ciclovía dice algo. Una plaza pública dice algo. Una banqueta dice algo. Incluso un espacio que se deja deteriorar termina diciendo algo.

Esto resulta particularmente importante cuando pensamos en Guadalajara. Nuestra relación con la ciudad está hecha de trayectos, esperas, cruces, camiones, automóviles, bicicletas, parques, mercados, plazas y calles. Muchas veces hablamos de estos elementos como asuntos técnicos, como si solamente fueran piezas de una infraestructura que debe funcionar. Pero detrás de ellos existe una experiencia humana mucho más profunda: la manera en que una persona siente que pertenece, o no, al lugar donde vive.

Y quizá esa sea una de las razones por las que vale la pena hablar de movilidad, parques o banquetas sin reducirlos a cifras. Una ciudad se vuelve nuestra no solamente porque aparezca en un mapa, sino porque podemos reconocerla, recorrerla y sentir que tenemos un lugar dentro de ella. La infraestructura importa precisamente porque termina convirtiéndose en experiencia, y la experiencia, con el tiempo, termina convirtiéndose en cultura compartida y diaria.

Pensemos, por ejemplo, en un niño que puede caminar con su familia por una colonia, jugar en un parque cercano y cruzar una calle sin miedo. Esa experiencia le enseña algo sobre su ciudad. Le dice que puede ocuparla, recorrerla y disfrutarla. Pensemos ahora en otro niño que aprende desde pequeño que ciertas calles deben evitarse, que jugar afuera es peligroso o que desplazarse significa depender siempre de un automóvil. También está recibiendo una educación, aunque nadie haya diseñado esa lección.

La ciudad, entonces, termina formando hábitos y expectativas. Nos dice cuánto tiempo debemos aceptar perder para llegar al trabajo, cuánto espacio creemos merecer para caminar, cuánto contacto tenemos con nuestros vecinos y qué tan posible nos parece encontrarnos con personas distintas a nosotros. Incluso puede influir en algo tan sencillo como nuestra disposición a salir de casa. Una ciudad que invita a estar afuera produce una vida pública distinta a una ciudad que obliga a permanecer encerrados.

Por eso, hablar de ciudad también es hablar de ciudadanía. El espacio público no solamente sirve para circular; es uno de los lugares donde aprendemos a convivir. Allí encontramos personas que no conocemos, compartimos reglas, cedemos el paso, esperamos nuestro turno y entendemos que existen necesidades distintas de las nuestras. Cuando esos espacios desaparecen o se deterioran, también se debilitan algunas de las condiciones que hacen posible la convivencia.

Aquí aparece, inevitablemente, la responsabilidad de quienes gobiernan. Si la ciudad educa, entonces las decisiones públicas también educan. No da lo mismo construir una ciudad pensada exclusivamente para trasladar vehículos que una diseñada para que las personas puedan caminar, encontrarse y desplazarse con dignidad. No da lo mismo mantener un parque que abandonarlo, iluminar una calle que dejarla en penumbra o hacer accesible un espacio que convertirlo en una barrera.

Gobernar una ciudad, en ese sentido, no consiste únicamente en administrar recursos o inaugurar obras. También significa decidir qué experiencias queremos producir en la vida cotidiana de quienes la habitan. Cada calle, cada parque, cada banqueta y cada forma de transporte transmite una idea sobre el tipo de ciudad que estamos construyendo y, con ella, sobre el tipo de ciudadanía que estamos formando.

Tal vez por eso deberíamos mirar nuestra ciudad con una pregunta distinta. No solamente preguntarnos si funciona, cuánto cuesta una obra o cuántos kilómetros se construyeron, sino algo más sencillo y profundo: ¿qué nos está enseñando la ciudad en la que vivimos?

Porque las ciudades también educan. Y aunque sus lecciones parezcan pequeñas, se repiten todos los días, durante años, hasta convertirse en hábitos, costumbres y formas de entender el mundo. Por eso mismo, la responsabilidad de una ciudad no termina cuando termina una obra. Comienza, en realidad, cuando esa obra empieza a enseñarnos cómo vivir juntos.


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