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OPINIÓN

“Que regrese el otro Trump”: AMLO y una carta trascendente

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Opinión, por Pedro Vargas Ávalos

La actividad de escribir para enviar mensajes es de gran utilidad, aunque estemos en los tiempos de internet y WhatsApp, cuyo neologismo en español es wasap, vocablo que algunos puritanos del castellano quisieran que fuera “guasap”.

A través de la historia han sido múltiples las cartas que, sobre distintas materias, se han hecho célebres. Las hay —por solo enumerar algunos ámbitos— de políticos, conquistadores, colonizadores, músicos, escritores y hasta de niños. En el caso de nuestra nación, tenemos las de Miguel Hidalgo, Vicente Guerrero, Agustín de Iturbide, el Benemérito Benito Juárez y Porfirio Díaz. Entre ellas destaca la singular misiva de Evaristo Madero, abuelo del Apóstol de la Democracia, Francisco I. Madero, dirigida al dictador y en la que criticaba a su propio nieto.

Desde la época de la Conquista, las cartas fueron ampliamente utilizadas. En la capital del país, por el controvertido Cortés; y aquí, en Jalisco, destacan las enviadas por Nuño Beltrán de Guzmán al emperador Carlos I de España, así como las redactadas por varios soldados que lo acompañaron en la conquista del Nuevo Reino de Galicia, nombre impuesto por los invasores al territorio que antiguamente se denominó Xalixco y que abarcaba extensas regiones. Esos escritos fueron publicados por el bien recordado cronista de Guadalajara, José Luis Razo Zaragoza, en 1963, con una reedición en 1982.

Más recientemente, y ya en nuestro terruño, recordamos, entre otras epístolas, la que escribió el gobernador Francisco Tolentino —quien instaló el reloj del Palacio de Gobierno— dirigida a Porfirio Díaz. En ella buscaba impedir que el general Ramón Corona llegara a gobernar Jalisco. Por fortuna, no tuvo eco favorable, pues el autócrata consideraba imposible evitar el triunfo electoral del divisionario jalisciense, quien posteriormente condujo con éxito los destinos de su tierra natal.

En fin, cartas las hubo y las habrá, porque lo escrito es más duradero que el bronce. Y así llegamos a las cartas que ha escrito el expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el mayor líder político del México contemporáneo, pésele a quien le pese. La primera se fechó el 1 de marzo de 2019 y la segunda apenas se conoció el pasado 3 de junio.

Recordando el documento inicial, AMLO lo remitió al rey de España, Felipe VI, y en él señala que ya había enviado a Su Santidad el papa Francisco otra carta similar, aunque con distinto fundamento, para que se reconocieran los abusos cometidos durante la Conquista de México. En lo medular, el exmandatario menciona que “la incursión encabezada por Cortés a nuestro actual territorio fue, sin duda, un acontecimiento fundacional de la actual nación mexicana, sí, pero tremendamente violento, doloroso y transgresor; comenzó como un acto de voluntad personal contra las indicaciones y marcos legales del Reino de Castilla y la conquista se realizó mediante innumerables crímenes y atropellos”.

Los abusos prosiguieron durante la Colonia y se acentuaron entre 1810 y 1821, durante la cruenta guerra de Independencia. Luego vino un intento de reconquista y, enseguida, la renuencia para reconocer la independencia de México. Por ello, escribió que “el Estado que presido no pide un resarcimiento pecuniario por los agravios causados por España ni tiene el propósito de proceder legalmente; en cambio, México desea que el Estado español admita su responsabilidad histórica por esas ofensas y ofrezca las disculpas o resarcimientos políticos que convengan”. Nunca hubo una respuesta formal a esa carta, aunque recientemente tanto el rey español como el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconocieron los abusos cometidos.

La segunda carta que nos ocupa es la que se dio a conocer la semana pasada. Fue emitida con motivo de las presiones que la derecha nacional y extranjera han venido ejerciendo contra el gobierno de la actual presidenta y, muy específicamente, en relación con la conducta amenazante del ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump. El proemio del documento lo expone con claridad: “Mi apoyo sin condiciones a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y una respetuosa reflexión sobre el presidente Donald Trump”. Por cierto, la jefa del Ejecutivo federal ya agradeció ese respaldo y reiteró que jamás habrá división entre ella y su antecesor.

Con sentido certero, el exmandatario mexicano asienta que, en las embestidas estadounidenses, se utilizan “las prácticas intervencionistas y nada escrupulosas de siempre, ahora con el pretexto del combate a la migración y al narcoterrorismo”.

Y eso es —afirma— con inequívoco objetivo político-electoral, agregando: “Para ser más claros: algunos funcionarios de Estados Unidos están tramando debilitar a Morena y fortalecer a la oposición de derecha en México con la idea de volver a disponer de un gobierno entreguista, corrupto, mafioso y cruel y, por lo mismo, vulnerable, subordinado y fiel a sus designios intervencionistas”.

Además, confían en que podrán engañar nuevamente a muchos ciudadanos estadounidenses mediante la táctica propagandística hitleriana de repetir y repetir mentiras, con miras a las próximas elecciones de noviembre, para seguir culpando a México de todos y cada uno de sus males. Luego señala el tabasqueño: “Me llama la atención el sorprendente cambio de actitud del presidente Donald Trump, en especial en la relación con México. Hablando de lo que me consta y puedo probar, el Trump de ahora es distinto al que traté. En mi experiencia, fueron varios los asuntos que resolvimos, en bien de nuestros pueblos, mediante el diálogo argumentado y sin confrontación”.

Es más, tras enumerar varios asuntos en los que, dialogando con respeto, se llegó a acuerdos benéficos para ambos pueblos, revela AMLO: “Aquel Donald Trump, en un acto público que celebramos en la Casa Blanca, reconoció que los migrantes mexicanos eran trabajadores y contribuían al desarrollo de Estados Unidos. Por eso me intriga y me pregunto: ¿por qué cambió tanto, en pocos años, el presidente Trump?”.

La idea de AMLO al respecto es digna de atención: “Atribuyo el sorprendente cambio de Trump a sus falsos amigos y consejeros internos y del exterior que lo han estado embarcando en viles y siniestras aventuras. Por lo mismo, no descarto —y deseo— que el presidente Trump rectifique; ojalá que vuelva a gobernar como antes, con entusiasmo, de manera personal, no delegando lo fundamental, confiando en su juicio práctico y en su instinto certero, y que mande al carajo a las rémoras que lo rodean y azuzan, trátese de quien se trate, sean paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”.

En consecuencia, la frase final de esta carta fue una de las más difundidas por comentaristas y medios de comunicación de ambas naciones: “Por el bien de todos, que regrese el otro Trump”. Es decir, el presidente de los Estados Unidos a quien “le interesa más la historia que el cargo y no le gustaría ser recordado como responsable de una crisis económica y de bienestar social que además causara la pérdida de elecciones a su partido y, sobre todo, como un mandatario atrabancado que se peleó con casi todo el mundo, incluido el Papa y hasta con sus vecinos de Canadá y México, nuestro querido país de donde son originarios 40 millones de personas que viven, luchan con creatividad y trabajan honradamente en Estados Unidos”.

Creemos que es muy acertada la conclusión de esta trascendental carta, para bien de toda América del Norte y, en general, del mundo entero.


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