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OPINIÓN

Sophia Barba Heredia: Escribir para habitar las grietas

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Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias

Hay trayectorias que avanzan como una línea recta y otras que se abren en múltiples direcciones, como un delta. La vida creativa de Sophia Barba Heredia pertenece a esta última categoría: guionista, narradora y productora cultural, su camino se ha construido entre ciudades, rupturas, aprendizajes y una relación profunda con la palabra escrita. Una relación que, para ella, tiene algo de hechicería: “si un texto es bueno, si se logra esa magia que es invocar… otra persona la vive en su cuerpo como real”.

De niña devoraba libros infantiles; en la adolescencia, el salto hacia la literatura adulta llegó con Dostoievski, de quien dice: “fue por quien decidí que quería escribir”. La intensidad emocional de Crimen y castigo, la culpa que atraviesa al protagonista y que ella misma sintió en el cuerpo al leerlo, la empujaron a preguntarse si también podría provocar algo así en otras personas. Ese descubrimiento marcó su vocación.

En la preparatoria escribió su primer cuento premiado: la historia de una niña convencida de que podía volar. El reconocimiento —un segundo lugar y un viaje a la FIL para comprar libros— fue un impulso temprano, pero decisivo. Aun así, la vocación no se definió de inmediato. Sophia consideró estudiar filosofía, cine y psicología. Finalmente eligió la literatura, con la intención de ingresar a Letras Hispánicas en la UNAM. No fue aceptada, pero encontró un camino alterno en la Escuela Mexicana de Escritores, donde cursó un diplomado que le abrió nuevas posibilidades estéticas y narrativas.

Ahí descubrió la poesía, el ensayo literario y el tarot, una práctica que mantiene hasta hoy. También encontró maestros que siguen acompañándola, como Eduardo Parra, quien continúa revisando sus textos. La experiencia formativa no solo le dio herramientas técnicas; también le brindó amistades, colegas y una red creativa que la acompaña hasta ahora, una especie de brújula que orientó su manera de escribir y de entender la literatura.

Mientras estudiaba, comenzó a trabajar en Argos, una de las casas productoras más importantes del país. La experiencia la llevó a un territorio distinto al de la literatura: el guion audiovisual. En sus palabras, “en la literatura tú decides tus tiempos… en el guion no”. No hay espacio para engolosinarse con el lenguaje; la acción manda. Aun así, encontró belleza en ese rigor. El trabajo por encargo, la construcción de pilotos y el desarrollo de personajes en equipo le dieron oficio y una mirada más visual que permeó su narrativa. Sus cuentos, de hecho, tienen una cualidad cinematográfica: imágenes nítidas, atmósferas sensoriales y escenas que parecen pensadas para la pantalla.

Pero la industria también tiene sus límites. Cuando un proyecto la obligaba a regresar a Guadalajara —algo que no deseaba— decidió renunciar a su trabajo. Era el inicio de un cambio más profundo.

Junto con su entonces pareja se mudó a Mérida, un cambio que pronto se convertiría en un punto de quiebre. “Fue una relación intensa… no fue una relación sana”, confiesa. Tenía poco más de veinte años, estaba lejos de casa, en un entorno completamente distinto, rodeada de cenotes, calor extremo y una espiritualidad que la atravesó de formas inesperadas. En Yucatán aprendió maya, trabajó como escritora fantasma en una biografía y se involucró en procesos colectivos de denuncia social. Pero también vivió una ruptura dolorosa que la dejó vulnerable, receptiva y sensible.

Esa sensibilidad se convirtió en materia literaria. De ahí nacería Bajo el sur, su libro de cuentos.

La pandemia truncó sus planes de viajar a Perú y la obligó a volver a Guadalajara. Sin trabajo y sin un rumbo claro, encontró una tabla de salvación en la convocatoria del FONCA. Presentó un proyecto de cuentos sobre la península y obtuvo la beca. Ese apoyo económico y creativo le permitió escribir durante un año sin la angustia inmediata de lo económico.

Su libro Bajo el sur se nutrió de esa etapa: del paisaje yucateco, de la humedad, de la contemplación, pero también de la vulnerabilidad y la denuncia. Sophia reconoce que su obra tiene una pulsión política, aunque no panfletaria. Sus personajes femeninos sostienen la acción desde una fuerza suave, acuática, casi ritual.

La publicación del libro, bajo el sello Coma —proyecto editorial del que ahora forma parte—, fue una experiencia luminosa. La portada y las ilustraciones de Jimena Dual, artista radicada en Mérida, reforzaron el vínculo emocional con la península. Sophia lo describe con humor: “yo no planeaba tener hijos y este era mi hijo”. La presentación fue, en sus palabras, un auténtico baby shower literario.

Aunque disfruta el cuento, Sophia reconoce que su territorio natural es la novela. “Es como una relación comprometida de noviazgo largo”. Actualmente trabaja en una obra sobre el amor y el abuso, protagonizada por animales, escrita con el apoyo del PECDA. Explora cómo aprendemos a amar, cómo confundimos la entrega con el aguante y cómo la ciudad puede ser un espacio hostil para quien se siente bestia.

La novela avanza, capítulo a capítulo, con la paciencia de quien sabe que los proyectos largos requieren resistencia, pero también intuición.

Para Sophia, la literatura es “la capacidad de encontrar un diálogo con las cosas con las que normalmente no puedo tener conexión”.

Quizá por eso escribe: para invocar, para comprender, para transformar. Para hablar con lo que duele, con lo que cambia, con lo que se rompe. Para acompañar a quienes, como ella, han sentido que la realidad se fractura y que, en esa grieta, aparece otra forma de mirar el mundo.


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