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OPINIÓN

La infancia frente a las pantallas: El reto de enseñar a vivir en el mundo digital

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho:

Hay conversaciones que una sociedad pospone durante demasiado tiempo, hasta que llega un momento en el que ya no puede evitarlas.

La relación de niñas, niños y adolescentes con las pantallas es una de ellas.

Durante los últimos años, los teléfonos celulares y las plataformas digitales se incorporaron a nuestra vida cotidiana con una velocidad que difícilmente alcanzamos a dimensionar. Primero fueron una herramienta de comunicación. Después se convirtieron en una fuente de información, entretenimiento, socialización y aprendizaje. Hoy, para muchos adolescentes, forman parte natural de su manera de relacionarse con el mundo.

Por eso resulta importante la conversación que ha abierto el Gobierno federal sobre el uso de dispositivos digitales y plataformas entre niñas, niños y adolescentes.

El primer paso ya tiene una definición concreta. El 22 de septiembre se publicó en el Diario Oficial de la Federación el acuerdo que regula el uso de dispositivos digitales personales en las escuelas. En educación básica, las nuevas disposiciones comenzarán a aplicarse el 3 de noviembre, con excepciones relacionadas con necesidades educativas, de salud, seguridad o situaciones específicas. En educación media superior serán las propias instituciones las que establezcan sus criterios, mientras que en educación superior se promoverá un uso responsable.

Pero quizá lo más importante de esta discusión no sea solamente lo que ocurre dentro de un salón de clases.

La conversación ha comenzado a llevarnos hacia una pregunta mucho más amplia: ¿cómo queremos que crezcan nuestros hijos en un mundo en el que las pantallas están presentes prácticamente desde la infancia?

Por parte del Ejecutivo, se ha planteado la realización de foros para construir una propuesta sobre el uso de plataformas digitales y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes. El objetivo es abrir una discusión en la que participen distintos sectores y analizar experiencias internacionales antes de definir posibles medidas para nuestro país.

Y creo que vale la pena detenernos ahí.

Porque, independientemente de cuál sea la regulación que eventualmente se determine, hay algo que como sociedad ya no podemos ignorar: las plataformas digitales también educan.

No sustituyen a la familia ni a la escuela, pero influyen.

Influyen en lo que las infancias conocen, en las personas que siguen, en las conversaciones que tienen, en aquello que consideran divertido, deseable o importante. Influyen incluso en la manera en que administran su tiempo.

Y esto ocurre, además, mediante sistemas diseñados para mantener nuestra atención.

Un video conduce a otro. Una publicación lleva a otra. Una recomendación aparece antes de que hayamos terminado de procesar la anterior. Para un adulto ya puede ser difícil establecer límites frente a ese flujo constante de estímulos. Para un adolescente, que todavía está desarrollando muchas de las herramientas necesarias para regular sus impulsos y tomar decisiones, el desafío es todavía mayor.

Por eso me parece que la discusión sobre los celulares en las escuelas puede ser el comienzo de una conversación educativa mucho más grande.

No solamente necesitamos preguntarnos cuánto tiempo pasan los adolescentes frente a una pantalla.

También necesitamos preguntarnos qué encuentran ahí y cómo eso influye en su desarrollo.

Ahí existe una responsabilidad compartida. La escuela tiene un papel fundamental, porque educar hoy también significa enseñar a desenvolverse en el mundo digital.

Mientras tanto, las familias tienen otro, porque ningún reglamento escolar puede sustituir la conversación que ocurre en casa.

Las propias plataformas tienen responsabilidades por la manera en que diseñan sus productos y por las medidas de protección que ofrecen a los menores.

Y el Estado tiene la responsabilidad de generar las condiciones y reglas necesarias para proteger los derechos de niñas, niños y adolescentes.

No se trata de construir una falsa oposición entre tecnología y educación. La tecnología también puede enseñar.

Puede acercar a un estudiante a un libro, a una conferencia, a un museo, a una universidad o a una persona que sabe algo que él quiere aprender. Puede convertirse en una herramienta extraordinaria cuando existe orientación y propósito.

El problema comienza cuando dejamos que el algoritmo sea quien determine, sin acompañamiento, qué merece nuestra atención.

Por eso esta discusión llega en un momento especialmente importante.

Los adolescentes no van a crecer en un mundo sin internet. Tampoco en uno sin inteligencia artificial, redes sociales o dispositivos móviles. Van a crecer precisamente en este mundo.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cómo mantenerlos alejados de las pantallas, sino cómo prepararlos para vivir con ellas.

Porque prohibir durante algunas horas puede establecer un límite necesario. Pero educar significa algo más profundo: ayudar a una persona a desarrollar el criterio necesario para saber cuándo una herramienta le sirve y cuándo comienza a servirse de ella.

Y esa enseñanza no puede recaer en una sola institución.

Necesitamos escuelas que eduquen para el mundo digital, familias que acompañen y conversen, plataformas que asuman sus responsabilidades y políticas públicas que protejan a quienes todavía están aprendiendo a desenvolverse en este nuevo entorno.

Quizá por eso la discusión que hoy tenemos no debería verse solamente como un debate sobre celulares.

Es una conversación sobre infancia, educación y futuro.

Una generación está creciendo con acceso a más información que cualquier otra antes que ella. También está creciendo rodeada de estímulos que compiten permanentemente por su atención.

Sin embargo, tenemos una enorme oportunidad: podemos enseñarles a utilizar la tecnología para aprender más, crear más y conocer un mundo más amplio.

Pero para conseguirlo tendremos que enseñarles algo que ninguna tecnología puede proporcionarles por sí sola: criterio para elegir.

Porque, al final, el reto no será conseguir que los niños y adolescentes vivan sin pantallas.

Será conseguir que, aun rodeados de ellas, sigan siendo capaces de decidir dónde poner sus ojos, su tiempo y su atención.


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