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OPINIÓN

La última red que nos sostiene: Seguridad social en tiempos de individualismo

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Hay cosas que solo notamos cuando faltan: el agua, cuando se corta; la luz, cuando se va; la salud, cuando se rompe.

Con la seguridad social pasa algo parecido. Está ahí todos los días: imperfecta, desgastada, criticada, saturada. La gente suele hablar de ella cuando una cita tarda, cuando falta un medicamento o cuando un trámite parece interminable. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente vivir en una sociedad donde existe algo llamado seguridad social.

Porque la seguridad social no es un edificio. No es una institución específica. No es un escritorio lleno de papeles ni un consultorio con filas eternas.

La seguridad social es una idea profundamente humana: la decisión colectiva de que nadie debería enfrentarse solo a la enfermedad, la vejez, la discapacidad, un accidente o la pérdida de su capacidad para trabajar.

Y, aunque suene obvio, esa idea es mucho más frágil de lo que creemos.

Durante mucho tiempo, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo entendió que los países no podían construirse únicamente sobre crecimiento económico. También necesitaban redes de protección. Sistemas capaces de sostener a las personas cuando la vida inevitablemente se complicara. De ahí nacieron muchos de los grandes modelos modernos de seguridad social.

La lógica era sencilla, pero poderosa: si todos aportan un poco, la sociedad entera puede resistir mucho más.

México abrazó esa visión durante el siglo XX. Y, aunque nuestro sistema tiene enormes problemas —sería absurdo negarlo—, también es cierto que millones de personas han podido atender enfermedades, pensionarse, recibir incapacidades, acceder a tratamientos o sobrevivir económicamente gracias a esa estructura colectiva que llamamos seguridad social.

El problema es que hoy vivimos una época que parece olvidar el valor de lo colectivo.

Todo gira alrededor de la inmediatez, el éxito individual y la lógica del “sálvese quien pueda”. Nos hemos acostumbrado a pensar como consumidores antes que como ciudadanos. Queremos servicios rápidos, personalizados y eficientes —lo cual es válido—, pero hemos dejado de preguntarnos algo fundamental: ¿qué ocurre con quienes no pueden pagar por protegerse solos?

Porque la seguridad social existe precisamente para eso: para recordar que una sociedad no se mide únicamente por la riqueza que genera, sino por la manera en que trata a quienes atraviesan momentos de vulnerabilidad.

Y, sin embargo, pareciera que, poco a poco, la conversación pública se ha reducido a dos extremos igual de peligrosos: quienes defienden cualquier sistema público, aunque funcione mal, y quienes creen que todo debería privatizarse porque el mercado siempre será más eficiente.

Ambas posturas ignoran algo esencial: la seguridad social no puede sobrevivir sin responsabilidad compartida.

No puede sostenerse únicamente desde el gobierno. Pero tampoco puede abandonarse por completo a la lógica del negocio, ya que, cuando la salud, las pensiones o los cuidados dependen exclusivamente del poder adquisitivo, la desigualdad deja de ser un problema económico y se convierte en una sentencia de vida.

Basta mirar algunos ejemplos alrededor del mundo: países donde enfermarse puede significar endeudarse durante años; lugares donde millones de personas posponen tratamientos porque simplemente no pueden pagarlos; sociedades donde llegar a la vejez produce más miedo que tranquilidad.

Eso también ocurre cuando la seguridad social se debilita. Por eso, defenderla no significa negar sus fallas. Significa entender su importancia histórica y humana.

Sí, necesita reformas. Sí, necesita modernizarse. Sí, necesita transparencia, tecnología, mejor administración y menos burocracia.

Pero destruir la idea de seguridad social porque hoy enfrenta crisis sería tan absurdo como demoler una presa porque tiene grietas.

Lo verdaderamente inteligente es repararla antes de que colapse.

Además, el desafío que viene será todavía más complejo que el que enfrentaron generaciones anteriores.

La población envejece. Las enfermedades crónicas aumentan. La salud mental se ha convertido en una crisis silenciosa. El trabajo informal sigue creciendo. La tecnología está transformando la manera de emplearnos. Cada vez más personas trabajan por aplicaciones, sin estabilidad ni protección social clara.

El viejo modelo de seguridad social fue diseñado para un mundo donde alguien trabajaba treinta años en el mismo lugar. Ese mundo ya no existe.

Y ahí está el gran reto de nuestra generación: reconstruir la seguridad social para el futuro sin destruir el principio que la originó.

Porque lo fácil es quejarse. Lo difícil es sostener sistemas públicos en sociedades cada vez más individualistas.

También hay una conversación incómoda que casi nunca queremos tener: la seguridad social cuesta. Y cuesta mucho.

Requiere recursos, médicos, infraestructura, administración, personal capacitado y ciudadanos conscientes de que los derechos también implican obligaciones. No puede existir una seguridad social fuerte en una sociedad que normaliza la evasión, la informalidad absoluta o la indiferencia hacia lo público.

La seguridad social funciona cuando existe una especie de pacto invisible entre las personas. Cuando entendemos que hoy quizá aportamos para otros, pero mañana otros podrían sostenernos a nosotros. Ese es el verdadero corazón del sistema: la solidaridad.

Y quizá ese sea el problema más profundo de nuestro tiempo: hemos empezado a perder la capacidad de sentirnos parte de algo colectivo. Queremos todos los beneficios de vivir en comunidad, pero cada vez menos personas quieren asumir los costos de construirla.

Sin embargo, la vida, tarde o temprano, nos recuerda nuestra fragilidad.

Todos creemos que la enfermedad le pasa a alguien más. Que los accidentes son ajenos. Que la vejez todavía está lejos. Hasta que un diagnóstico cambia una rutina. Hasta que un familiar necesita tratamiento. Hasta que el cuerpo deja de responder igual.

Por eso, la seguridad social sigue siendo una de las conquistas humanas más importantes del último siglo. No porque sea perfecta, sino porque representa una idea civilizatoria poderosa: que el bienestar mínimo de las personas no debería depender únicamente de su suerte.

Cuidarla será uno de los grandes desafíos políticos, económicos y humanos de las próximas décadas.

Porque el día que desaparezca, quizá descubramos demasiado tarde que nunca se trató solamente de hospitales, pensiones o consultas, sino de decidir qué tipo de sociedad queríamos ser.


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