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OPINIÓN

Sheinbaum entre la soberanía y el miedo a Washington

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Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac

Esta nueva escalada de tensión entre México y Estados Unidos responde a las necesidades internas de Donald Trump. Tras los altos costos políticos y económicos de la operación en Irán, que han deteriorado seriamente su imagen ante la opinión pública estadounidense, el mandatario republicano busca recuperar terreno presentándose como el líder implacable que confronta con dureza al narcotráfico.

México se ha convertido así en un escenario útil y oportuno para reconstruir su narrativa de “mano dura” de cara a las elecciones de noviembre.

El dilema que enfrenta la presidenta Claudia Sheinbaum es complejo y de alto riesgo. Por un lado, debe cuidar el delicado equilibrio interno en Morena y evitar aparecer ante su militancia como débil o subordinada frente a Washington. Por el otro, es plenamente consciente de que una confrontación abierta con Trump podría acarrear graves consecuencias económicas para México, justo en un año clave para consolidar el proyecto de la Cuarta Transformación.

Más allá del destino de Rubén Rocha Moya, lo que realmente está en juego es hasta dónde está dispuesto México a aceptar presión externa en su lucha contra el crimen organizado y cómo responderá un gobierno que, según sus críticos, ha convivido con la narcopolítica en varios de sus bastiones históricos.

La relación entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump se ha convertido en uno de los factores más determinantes de la política mexicana en 2026. Hasta ahora, la presidenta ha navegado con cabeza fría y pragmatismo. Sin embargo, la pregunta que permanece abierta es si esta estrategia de “firmeza verbal y cooperación discreta” será suficiente para contener las demandas crecientes de un presidente estadounidense que no parece dispuesto a bajar el ritmo de sus exigencias.

Washington no solo pide la extradición del gobernador Rubén Rocha Moya, sino que utiliza el caso como símbolo de lo que considera una profunda penetración del narco en las estructuras de poder mexicanas, particularmente en gobiernos de Morena.

Trump ha sido claro y agresivo: si México no actúa con contundencia, Estados Unidos lo hará directamente, incluso con operativos en territorio mexicano. Ha calificado a los cárteles como terroristas y ha condicionado la relación bilateral a resultados visibles en el combate al fentanilo. La presión incluye la amenaza permanente de aranceles y acciones unilaterales.

Frente a esto, Sheinbaum ha mantenido una postura dual. Públicamente rechaza las declaraciones de Trump, defiende la soberanía nacional y asegura que México está cumpliendo. Destaca la extradición de casi 90 capos del narcotráfico, la reducción del flujo de fentanilo hacia Estados Unidos, la baja en homicidios y el despliegue de miles de elementos de la Guardia Nacional en la frontera.

Pero la presidenta también ha sido enfática en criticar la falta de reciprocidad. México ha solicitado formalmente la extradición de cuatro personas vinculadas al huachicol fiscal y de otras dos relacionadas con el caso Ayotzinapa, sin obtener respuestas favorables de Washington.

Mientras México ha entregado a más de 90 perseguidos por la justicia norteamericana, Estados Unidos muestra lentitud o nula disposición cuando se trata de casos prioritarios para México. Esta asimetría es uno de los puntos más débiles de la narrativa estadounidense.

Sin embargo, en los hechos, Sheinbaum ha concedido más de lo que reconoce públicamente. La cooperación en materia de seguridad fronteriza y extradiciones ha sido significativa. Esta diferencia entre el discurso firme y la acción pragmática revela a una presidenta que intenta equilibrar dos frentes: mantener contentos a los sectores nacionalistas y radicales de Morena, herederos del estilo de López Obrador, y evitar una ruptura que pueda dañar la economía mexicana.

El manejo que dé el gobierno mexicano al caso Rocha Moya será decisivo. Si opta por protegerlo o dilatar su investigación, enfrentará una escalada mayor de Trump. Si decide entregarlo o procesarlo con rigor, podría abrir la puerta a nuevos señalamientos contra otros funcionarios o exgobernadores de Morena.

Cualquiera de las dos opciones conlleva riesgos políticos mayores. Trump no parece dispuesto a ceder. Necesita victorias visibles en su guerra contra el narco para mejorar su deteriorada aprobación. México le ofrece un enemigo externo útil y un tema que moviliza a su base electoral.

Sheinbaum camina sobre una cuerda floja. Debe proyectar soberanía sin caer en el aventurerismo. Debe cooperar sin aparecer como subordinada. Y debe hacerlo mientras mantiene unido a un partido que aún arrastra fuertes corrientes internas.

Lo que está en juego trasciende el futuro de un gobernador. Se define la capacidad real de México para manejar su relación con la primera potencia mundial en un contexto de profunda asimetría de poder.

De la misma forma, se pone a prueba la narrativa de la Cuarta Transformación sobre soberanía y dignidad nacional. El 2026 se perfila como un año de alta turbulencia en la relación bilateral. Cómo resuelva el gobierno de Sheinbaum el caso Rocha Moya y el delicado equilibrio con Washington definirá no solo el resto de su sexenio, sino el margen de maniobra que tendrá México en los próximos años.

Vamos a ver cómo terminan estos juegos del poder entre dos países y entre dos personajes protagónicos, que mantienen un juego verbal firme, pero donde lo que realmente cuenta son los hechos y los resultados, más allá de sus narrativas.

 


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