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OPINIÓN

Vacaciones por decreto: Cuando el Mundial reemplaza al aula y la SEP gobierna por video

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Crónicas de Pacheco, por Daniel Emilio Pacheco

Hay decisiones que retratan a un gobierno mejor que cualquier auditoría. El anuncio de la Secretaría de Educación Pública —notificado por video, como si se tratara del lanzamiento de una bebida gaseosa— de adelantar el cierre del ciclo escolar 2025-2026 al 5 de junio es una de ellas. En un país donde 66 por ciento de los estudiantes tuvo bajo rendimiento en matemáticas en la última prueba PISA, donde ocupamos el lugar 51 entre 81 naciones, donde nuestros niños leen mal y razonan peor, el secretario Mario Delgado decidió que lo más urgente era recortar 28 días de clases. El argumento: una ola de calor y, por supuesto, el Mundial de Futbol, ese torneo que los burócratas confunden con materia curricular.

Conviene decirlo sin eufemismos: los 185 días efectivos del año lectivo se redujeron a 157 con una orden firmada en redes sociales. La presidenta Claudia Sheinbaum, consultada esa misma mañana, aclaró que aún no era una decisión definitiva. Dos versiones del mismo gobierno desencontrándose en el aire: el secretario anuncia, la presidenta corrige. El espectáculo no es nuevo, pero conserva su sabor a improvisación oficial.

Marco Fernández, coordinador del Programa de Anticorrupción y Educación de México Evalúa, advirtió que el Gobierno mantiene en muy baja prioridad a las aulas. La frase atraviesa como bisturí: cada día que un alumno mexicano falta a la escuela es un día que se descuenta a su futuro. Mexicanos Primero hizo una comparación que duele: en Calgary, Canadá, el ciclo escolar terminará el 26 de junio. ¿Movieron su calendario por el Mundial? No. La pregunta queda flotando en el aire mexicano, espeso de calor y de coartadas.

La explicación de Delgado merece desmontarse. Primero: la ola de calor. ¿Desde cuándo el verano sorprende a la SEP? El termómetro de junio y julio no es un meteorito caído del cielo; es la misma realidad que han enfrentado generaciones enteras de estudiantes sin necesidad de cerrar las puertas. Si hay aulas sin ventiladores, sin agua, sin sombras en el patio, el problema no es el clima sino la inversión educativa. La solución no es vaciar las aulas: es dignificarlas. Segundo: el Mundial. La Copa arrancará el 11 de junio, seis días después del nuevo cierre. ¿Acaso los niños no podrían ver el debut de la selección si seguían en clases? La pregunta misma revela la pequeñez del argumento.

Hay un detalle que no debe pasarse por alto: la decisión se tomó sin consultar a los padres de familia ni al magisterio. Lo dijo, con la elegancia justa, Óscar Rafael Martínez, presidente de la Asociación Estatal de Padres de Familia del Estado de Jalisco. “Es poco respetuoso”, resumió, y la frase tiene la virtud de ser exacta. Los padres organizan su vida laboral, sus jornadas y sus presupuestos en función del calendario escolar. Quienes trabajan dos turnos, quienes acomodan su existencia entera a los horarios oficiales, fueron tratados como espectadores de una decisión que les recae encima. Y aquí, otra vez, el costo desigual: ese mes adicional de estudiantes en casa traerá, en palabras de Martha Tagle, un peso que recae casi siempre en las mujeres.

Ante el oleaje de críticas, Delgado anunció desde Sonora —acompañando a la presidenta en gira— que el lunes 11 de mayo se reunirá con las y los secretarios de Educación de los estados para revisar el calendario y “presentar una propuesta definitiva”. En lenguaje llano: lo que el viernes se anunció con bombo, el lunes podría matizarse o ajustarse. Es la marca del gobierno que confunde la consulta con el control de daños. Primero se decide; luego se escucha. Primero se anuncia por Twitter —con 4 mil comentarios y 925 mil reproducciones como medalla—; luego se descubre que existen padres, maestros y organizaciones civiles. Tarde, siempre tarde.

Lo más grave no es la cronología. Es la jerarquía de prioridades que revela el episodio. Una administración que en su discurso colocó a la educación como pilar transformador termina por subordinarla al Mundial, al calor o a la conveniencia política. Como si los rezagos pedagógicos pudieran hacerse a un lado para que el alumnado no se pierda el silbatazo inicial.

Como si la pandemia, que ya recortó dos años de aprendizaje a esta generación, no hubiese dejado huellas suficientes. Como si el bajo rendimiento en PISA —51 por ciento en ciencias y 47 por ciento en lectura— fuera un problema de los otros y no la radiografía de un país que necesita más, no menos, días de clase.

Cuando se acortan los días lectivos sin sustitución pedagógica, sin programas de regularización, sin acompañamiento docente, lo que se acorta es la posibilidad de movilidad social de millones de niñas y niños. Los hijos de las familias con recursos compensarán el mes con cursos privados, tutorías y viajes educativos. Los hijos del trabajador que cobra el mínimo verán un mes más de televisión, de calle y de cuidado improvisado. La brecha educativa, ya inmensa, se ensanchará con la firma del propio Gobierno.

En Jalisco la cuestión adquiere un sabor particular. Mientras la federación juega con calendarios desde Palacio Nacional, son los padres tapatíos quienes deberán mover horarios laborales, contratar cuidadoras, recurrir a abuelas y vecinas. La economía familiar de la clase trabajadora no entiende de comunicados oficiales: entiende de quincenas y de jornadas que no se pueden faltar. La voz de Óscar Rafael Martínez no es la queja de un dirigente: es el eco de miles de hogares jaliscienses a los que la federación les cambió las reglas a media partida.

La SEP debe rectificar. No con la liturgia del lunes próximo, sino con honestidad: convocar a un diálogo verdadero con maestros, padres y especialistas; presentar evidencia pedagógica antes de cualquier modificación; y abandonar la lógica del anuncio espectáculo.

Si Calgary no movió su calendario por un torneo de futbol, México no debería hacerlo. Y si los burócratas no entienden esa lección elemental, quizá necesiten reincorporarse a clases. Mientras tanto, el país se pregunta cómo salir del lugar 51 si insiste en irse de vacaciones cuando los demás siguen estudiando. En este sexenio, el calendario escolar lo dicta la improvisación, y la educación pública aprende a convivir con un nuevo silbatazo final.

En X: @DEPACHECOS


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