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CULTURA

Efraín Franco: La vida entendida desde la palabra

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Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias

Siendo un niño, Efraín Franco Frías leyó El Mio Cid. Ese caballero medieval que corrige agravios y defiende causas justas no solo marcó su imaginación infantil; también anticipó el carácter que lo acompañaría durante toda su trayectoria: una ética férrea, un sentido del deber y una profunda convicción en el poder de la palabra.

No es una lectura habitual para un niño, pero sí para el ambiente en el que creció: un hogar donde la literatura, la música y la declamación formaban parte de la vida cotidiana. Franco reconoce la influencia de ese caballero medieval, pero, sobre todo, la de su padre, pieza central de su formación.

A su padre lo recuerda “leyendo, declamando… tocando su guitarra”. En ese entorno bohemio, la literatura no era un objeto distante, sino una presencia viva. También leyó a Salvador Díaz Mirón y, más tarde, a Antonio Plaza, un poeta que leyó y memorizó tantas veces que terminó moldeando su sensibilidad. De Plaza recuerda versos enteros, especialmente aquellos que denunciaban el desencanto y la injusticia. Ese tono social, crítico y dolido se convirtió en una semilla que más tarde germinaría en su propia obra.

La palabra no solo lo formó: también lo nombró. Cuando una amiga le dijo que su nombre, Efraín Franco Frías, era una cacofonía, él respondió que era una “aliteración fricativa”. Para él, la retórica no es un adorno, sino una herramienta esencial. Desde niño estudió figuras literarias, acentos poéticos, rimas y encabalgamientos gracias a un diccionario que le regaló su padre. “Manejar la retórica en un escritor es algo fundamental”. Su nombre, dice, ya contiene ritmo y cadencia, como si desde el principio hubiera estado destinado a la literatura.

Su formación no fue solo intelectual. La muerte de su madre, cuando él era muy pequeño, marcó profundamente su infancia. “Mi madre murió abrazándome”. En ausencia de ella, encontró figuras femeninas que lo acompañaron: su hermana mayor y la monja Eleuteria del Carmen, su maestra de quinto de primaria. Con ella hablaba de poemas durante los recreos y desarrolló un vínculo afectivo e intelectual.

Cuando la religiosa partió a misiones en África, Efraín le preguntó cómo podría reconocerla si algún día se reencontraban. Ella le recitó un poema de Fernando Celada, una clave para identificarse “en el más allá”, convencida de que no volverían a verse en vida. Nunca volvieron a encontrarse, aunque él mantiene ese verso en la memoria.

A la par, otro mundo se abría ante él: la imprenta. Un tío que ganó la lotería decidió invertir en un taller de impresión y allí Franco conoció el libro como objeto. Tipos móviles, guillotinas, ramas y olor a tinta. “El olor a tinta lo llevo impregnado… como una fruta del paraíso perdido”. Ese contacto temprano con la materialidad del libro completó su formación: no solo leía, también entendía cómo se construye físicamente la palabra.

Su vocación literaria se manifestó pronto. En 1971, en Colima, ganó un concurso estatal de poesía sobre Benito Juárez. El jurado dudó que un niño de 13 años pudiera escribir el poema ganador, así que le pidieron que compusiera otro frente a ellos. Lo hizo.

Aún así, nunca recibió el premio prometido debido a la muerte del gobernador electo. “Desde niño descubrí que dentro del ámbito literario hay muchas truculencias… pero aun así dije: yo quiero continuar en este mundo”. Ese episodio, lejos de desanimarlo, reafirmó su decisión.

La docencia también apareció temprano como una vocación. Para él, los maestros eran figuras tutelares, comparables solo con los sacerdotes en su capacidad de formar y orientar. Escribía poemas diarios que su hermana revisaba y, en la secundaria y preparatoria, ya actuaba en grupos de teatro.

Con los jesuitas participó en sociodramas comunitarios, donde aprendió a construir textos de manera colectiva a partir de problemáticas reales. A los 12 años pisó por primera vez el Teatro Degollado; a los 15 ya escribía sus primeras obras.

Su formación profesional fue igual de intensa. Estudió Derecho por las mañanas y Filosofía y Letras por las tardes, mientras por las noches hacía teatro. Dormía poco, pero producía mucho. “Hoy se les llama hiperactivos”, dice con humor. Esa energía le permitió sostener simultáneamente la actuación, la escritura, la docencia y la danza folclórica.

En 1980 entró al periodismo cultural invitado por Armando Morquecho. En El Jalisciense formó parte del equipo que creó la página La Tierra Pródiga, un espacio que se publicaba de lunes a viernes con la convicción de que la cultura no debía limitarse a los suplementos dominicales.

En ese lugar coincidió con periodistas y escritores que marcaron una época. Más tarde, en los años noventa, su presencia se extendió a la radio cultural, primero como colaborador y luego con programas propios.

Su relación con el mundo del libro continuó años después, ya en la universidad, cuando conoció a Adalberto Navarro Sánchez, cofundador de la Facultad de Filosofía y Letras y dueño de la imprenta Etcétera, uno de los talleres editoriales más importantes de Jalisco.

Allí se publicaba la revista del mismo nombre, por donde pasaron autores como Neruda, Gabriela Mistral y buena parte de la generación literaria jalisciense. Navarro le abrió ese espacio a Franco en 1987 para que organizara un foro cultural, y ese contacto directo con la edición, los escritores y la vida intelectual de la ciudad terminó de consolidar su vínculo con el libro y con la escena cultural local.

Ha publicado Nunca más abril: Crónica de un adiós (2000), Canto y llanto por San Juan de Dios (2005), Malinche y otras obras de teatro (2009), Los motivos de Onán y otros monólogos (2012), Para jugarse la vida: 4 monólogos (2015) y Alcalde, el fraile de la calavera (2022), entre otros títulos.

Efraín Franco sigue concibiendo su vida como un ejercicio permanente de la palabra. No se entiende a sí mismo fuera de ella. “Escribir, hablar, hacer periodismo cultural, dictar conferencias… todo eso se ha vuelto parte de mi ser. No me imagino a mí mismo sin estar destruyendo y reconstruyendo el vocabulario”.


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