OPINIÓN
El lenguaje como refugio: Cindy Hatch, escribir para que la memoria no desaparezca
Conciencia en la Cultura, por Luis Ignacio Arias
La escritora, editora y artista sonora Cindy Hatch (Tlajomulco, Jalisco) trabaja la poesía, el ensayo y la autoficción con una sensibilidad aguda hacia el lenguaje y una exploración persistente de la memoria. Sus textos abordan los entornos familiares, sociales y afectivos que la formaron, así como los procesos íntimos que atraviesan la identidad y el cuerpo.
Ganadora del Premio Luvina 2019 en poesía y ensayo, Hatch concibe la escritura como una forma de comprender el mundo, registrar aquello que podría desvanecerse y transformar la experiencia personal en materia literaria. Entre sus obras publicadas se encuentran Citerón. Crónica del grito de la liebre, Los efectos del humo y El agua o el cuchillo.
Su relación con la literatura comenzó en la infancia, primero como lectora. “Siempre me pareció maravilloso que hubiera tantas palabras tan diferentes y mundos tan distintos de un libro a otro”. Su primera lectura significativa fue Moby-Dick, una novela que la marcó profundamente y que, de alguna manera, anticipó su inclinación por los textos extensos, densos y de múltiples capas. En su casa no había libros, pero la biblioteca municipal de Tlajomulco se convirtió en su refugio. Ahí desarrolló una fascinación por el lenguaje como materia viva.
Esa fascinación la llevó primero a estudiar Letras Hispánicas, carrera que eligió tras asistir como oyente a una clase impartida por Silvia Eugenia Castillero sobre el escritor Marcel Proust. En cuarto semestre decidió cambiarse a la recién creada carrera de Escritura Creativa, movida por la curiosidad y el deseo de aprender a construir sus propios textos. Formó parte de la primera generación del programa, un grupo que ingresó con altas expectativas y que tuvo que adaptarse a un modelo académico todavía en construcción.
“Yo no me quería quedar con las ganas. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Que sea malísima escritora”. Su paso por la carrera estuvo marcado por la pandemia, que interrumpió la dinámica del aula y dejó en su generación la sensación de haber perdido un proceso formativo que apenas comenzaba a consolidarse.
En 2019 obtuvo el Premio Luvina en las categorías de poesía y ensayo, un doble reconocimiento que resultó decisivo para su trayectoria. Los textos premiados surgieron de observaciones cotidianas: conversaciones escuchadas en el camión, escenas vistas en la calle y fragmentos de vida que transformó en pequeñas postales literarias. Hatch recuerda que no los escribió con la intención de competir, sino como ejercicios de registro, y que jamás imaginó que pudieran ganar un concurso. “Esos textos ni al caso… pero esto es lo que yo veo y es lo que escribo”. La doble distinción le confirmó que su mirada sobre lo mínimo, lo inmediato y aquello que registraba casi por intuición también podía sostenerse como una propuesta literaria.
Su primer libro, Citerón. Crónica del grito de la liebre (2022), nació de una experiencia personal: la crisis de salud mental y adicción que atravesó un integrante de su familia, un episodio que marcó su vida y que encontró en la escritura una forma de ser narrado. El libro entrelaza mito, violencia familiar y deterioro emocional a través de la figura de Yocasta, personaje que Hatch recupera del mito de Edipo para otorgarle una presencia simbólica y narrativa pocas veces explorada. “Me parecía increíble que nadie estuviera haciendo nada con ella. Es su mamá y es su esposa. ¿Cómo es posible que no la vean?”.
La escritura de Citerón fue un proceso intenso, casi terapéutico, pero también desgarrador. Hatch escribió para dejar constancia de lo vivido, para evitar que la historia se borrara o se distorsionara. “Si yo no lo escribo, parece que yo me lo estoy inventando y que yo soy la loca”. Aunque el libro ha sido bien recibido por lectores y críticos, para ella sigue siendo una obra difícil de revisitar; la satisfacción literaria convive con el peso emocional de su origen.
Los efectos del humo (2023), su segundo libro, vuelve la mirada hacia su infancia en una colonia rodeada de ladrilleras, un paisaje que recuerda con asombro y afecto. El título alude directamente a las enfermedades respiratorias provocadas por el humo constante de los hornos, un problema que afectó a su familia y a muchos de los niños que crecieron en esa zona. El libro explora la memoria desde la distancia, reconstruyendo un mundo que ya no existe, pero que marcó a toda una generación.
Su obra más reciente, El agua o el cuchillo (2025), surge de una ruptura amorosa y de un momento de transición vital. Inspirado en una lectura de Dostoievski, el libro reflexiona sobre la vulnerabilidad emocional, el paso a la adultez y la sensación de encontrarse entre dos fuerzas igualmente poderosas: la suavidad devastadora del agua y el filo certero del cuchillo. El texto fue escrito casi de una sola vez, durante un viaje en el que Hatch se sumergió en una especie de ensoñación creativa.
Además de escribir, Hatch traduce y compone música. Para ella, todas estas disciplinas están profundamente conectadas. “Hacer canciones es lenguaje y es performance. Hacer poemas es lenguaje y es performance. Traducir es lo mismo, sólo que te detienes a pensar en quien lo escribió y en quien lo va a recibir”, explica. Su relación con los idiomas —habla español, inglés, francés e italiano— ha sido fundamental para el desarrollo de su sensibilidad literaria y sonora.
Entre sus influencias poéticas menciona a Emily Dickinson, Anne Sexton y Diane di Prima, así como a poetas contemporáneas cercanas a ella, como Cristina Meza y Lorena Viña, cuyas obras considera parte de una búsqueda generacional por construir textos con múltiples capas de significado.
Cuando se le pregunta qué representa la literatura en su vida, Hatch responde sin titubeos: “Es como un mejor amigo. Te entiende, no te juzga, te deja imaginar y siempre está ahí”. Esa definición resume no sólo su relación íntima con la escritura, sino también la forma en que su obra dialoga con quienes la leen: desde la honestidad, la vulnerabilidad y la potencia del lenguaje.



