OPINIÓN
El país que dejó de creer
Opinión, por Miguel Anaya
¿Qué pasaría si el mundo funcionara porque millones de personas creen en historias que ellas mismas inventaron?
Esa fue una de las preguntas que obsesionó a Cornelius Castoriadis. Nacido en 1922, en una Europa que comenzaba a desmoronarse entre guerras, nacionalismos y revoluciones, observó cómo las grandes promesas ideológicas del siglo XX terminaban convirtiéndose, con frecuencia, en nuevas formas de dominación.
A partir de ello desarrolló una idea tan simple como realista: las sociedades no se sostienen únicamente sobre leyes, ejércitos o sistemas económicos, sino sobre imaginarios colectivos; historias compartidas que explican quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde creemos que vamos.
Estados Unidos es, quizá, el ejemplo más exitoso de la historia moderna. Durante generaciones, millones de personas han creído en el Sueño Americano: la idea de que cualquiera puede prosperar mediante el esfuerzo individual. Aquella idea logró algo extraordinario: movilizar a una sociedad entera durante siglos.
México también construyó sus propios mitos fundacionales. La Independencia nos convirtió en el pueblo que rompió las cadenas del imperio. La Revolución nos transformó en la nación que luchó por la justicia social. Durante décadas, esos relatos dieron cohesión a un país diverso, desigual y frecuentemente conflictivo. No eran necesariamente falsos; eran historias capaces de darle sentido a una realidad compleja.
El problema es que los mitos nunca son eternos. Antes tardaban generaciones en construirse y décadas en erosionarse. Hoy, las redes sociales han alterado por completo ese proceso. Nunca había sido tan fácil crear una narrativa, viralizar una consigna o fabricar una identidad colectiva. Pero tampoco había sido tan difícil consolidarla.
Vivimos rodeados de relatos desechables. Tendencias que duran días. Indignaciones que duran horas. Héroes que nacen por la mañana y desaparecen antes del anochecer. La velocidad de la comunicación ha superado la capacidad de las sociedades para construir consensos duraderos. Y ahí es donde Castoriadis resulta particularmente útil para entender el México actual.
Morena llegó al poder impulsando una de las narrativas políticas más poderosas de las últimas décadas: la esperanza. La promesa de una transformación histórica. La idea de que, por fin, el gobierno representaría a quienes habían sido ignorados durante generaciones.
Como todo mito político exitoso, funcionó porque conectó con una realidad. Existían corrupción, desigualdad y hartazgo. La narrativa encontró terreno fértil. Sin embargo, tarde o temprano, todo imaginario colectivo debe encontrarse con los hechos.
La esperanza se vuelve más difícil de sostener con cada persona desaparecida, con cada acto de violencia y con cada región donde el Estado parece retroceder frente al crimen organizado.
Pero el problema no termina ahí. La oposición tampoco ofrece una narrativa alternativa creíble.
Pocos pueden imaginar al PRI de Alejandro Moreno como símbolo de renovación democrática. Resulta difícil convencer a la población de que el PAN actual encarna la honestidad pública o posee una visión clara para rescatar al país. Movimiento Ciudadano parece estar en una campaña permanente de marketing, sin terminar de decidir qué representa realmente.
Y cuando nadie logra producir una historia convincente sobre el futuro, la sociedad entra en una especie de vacío simbólico. Las instituciones comienzan a perder legitimidad. Los partidos dejan de inspirar confianza. La política deja de parecer útil. El ciudadano deja de creer en las reglas porque ya no cree en quienes deberían representarlas.
Cuando una nación deja de creer en sí misma, se vuelve vulnerable. Vulnerable frente a grupos criminales que ofrecen orden donde el Estado no llega. Vulnerable frente a liderazgos autoritarios que prometen soluciones simples. Vulnerable frente a presiones externas que encuentran una sociedad fragmentada, desconfiada y sin rumbo compartido.
México necesita volver a creer. Pero creer no significa fabricar fantasías más sofisticadas ni producir campañas más emotivas. La confianza colectiva debe partir de algo tangible: una institución que funcione, una autoridad que cumpla su palabra, una justicia que llegue, un gobierno que resuelva.
Los grandes relatos nacionales no nacen solamente de los discursos. Nacen de las experiencias.
México necesita una nueva historia sobre sí mismo. Pero esa historia no puede construirse sobre los mismos actores que prometieron esperanza y entregaron decepción. Primero debe existir una realidad, por pequeña que sea, capaz de sostenerla, y debe haber quien la represente.
Solo entonces volveremos a tener algo en qué creer y podremos construir una historia de éxito, y no una realidad de violencia, corrupción y vacíos institucionales.


