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OPINIÓN

¿Y si la política no fuera futbol?

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Opinión, por Miguel Anaya

Hace unos días, como buen aficionado del Atlas, tuve una certeza que probablemente no compartirán los aficionados de Chivas: el “Gato” Ortiz tuvo un terrible arbitraje. Hasta aquí, todo normal.

Unos vimos al árbitro y pensamos que perjudicó al Atlas. Otros, seguramente con una interpretación más generosa de la realidad —y una camiseta rojiblanca puesta—, consideraron que fue un arbitraje justo. Alguien más habrá dicho que el árbitro simplemente hizo su trabajo. Y seguramente otro habrá descubierto, después de una investigación digna de la CIA, que todo estaba arreglado desde antes del silbatazo inicial.

Así funciona el fútbol y está bien.

Porque, al final, puedo tener razón, estar equivocado o ser víctima de ese maravilloso mecanismo psicológico mediante el cual vemos con absoluta claridad las faltas que comete el rival y desarrollamos una misteriosa ceguera cuando las comete nuestro equipo. No pasará nada, al menos nada importante.

El problema comienza cuando llevamos esa lógica a la política.

En el fútbol podemos ser fanáticos porque el resultado, aunque nos duela, termina el fin de semana. Podemos pasar noventa minutos insultando al árbitro, acusando conspiraciones, defendiendo a un delantero que lleva seis meses sin meter gol y asegurando que “si no fuera por el árbitro, seríamos campeones”. El lunes, sin embargo, tenemos que trabajar. O fingir que trabajamos mientras revisamos los memes del partido.

La política no funciona así. Ahí sí importa quién toma las decisiones, quién administra el dinero público, quién construye una carretera, quién garantiza el agua, quién organiza el transporte, quién combate la inseguridad y quién decide qué se hace con los recursos que también son nuestros.

El problema es que en medio de tanta polarización cada vez nos comportamos más como si los políticos fueran futbolistas.

Si el político que apoyamos hace algo mal, buscamos explicaciones: heredó el problema, la oposición lo bloqueó, los medios lo atacaron, los gobiernos anteriores dejaron todo mal, los empresarios no cooperaron, los jueces intervinieron o, si todo falla, seguramente la culpa es de Estados Unidos. Siempre queda algún villano disponible.

Si lo hace el adversario, la explicación suele ser mucho más sencilla: es un inútil, un corrupto o ambas cosas. 

La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. Henri Tajfel explicó cómo construimos identidades a partir de la pertenencia a grupos. Necesitamos un “nosotros” y, casi inevitablemente, un “ellos”. Una vez que aparecen las camisetas, dejamos de evaluar los hechos y comenzamos a defender identidades.

Y en política sucede lo mismo, pero a peor escala. Porque el árbitro puede equivocarse y cambiar un marcador. Un gobierno puede equivocarse y cambiar una vida. Un mal delantero pierde partidos. Una mala política educativa puede afectar generaciones.

En el mundo del consumo rápido, la espectacularidad, de inteligencia artificial y estupidez real estamos cayendo en lo simple:

Ya no preguntamos si una decisión es buena; preguntamos quién la tomó. Si fue “de los nuestros”, encontramos una explicación, si fue “de los otros”, encontramos una condena.

Y entonces ocurre algo bastante absurdo: defendemos al político que perjudica nuestros intereses simplemente porque pertenece al equipo correcto. Como si el presupuesto público viniera con escudo y los errores administrativos se anularan por mayoría de likes.

Hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que discutimos política:

¿Defendería esta misma decisión si la hubiera tomado el partido que no me gusta? Si la respuesta es no, quizá no estamos razonando, estamos viendo fútbol. Y hay una diferencia fundamental.

Después de que el “Gato” Ortiz pita el final, podemos seguir discutiendo durante toda la semana si nos robó el partido. El marcador no cambiará y, con suerte, tampoco cambiará nuestra vida. Pero cuando termina una elección, el marcador sí importa.

Porque nosotros no somos espectadores de la política: somos sus protagonistas.

Podemos votar y ser votados. Podemos exigir cuentas, organizarnos, protestar, apoyar o cuestionar decisiones. Podemos, incluso, cambiar de opinión. Una posibilidad rarísima, pero todavía legal.

Por eso, al entrar a la urna, convendría llegar sin escudo, sin porra y sin árbitro al que culpar.

Porque en el fútbol podemos preguntarnos quién ganó. En democracia deberíamos preguntarnos algo mucho más importante: ¿Estamos perdiendo nosotros?


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