OPINIÓN
El adiós a Raymundo Gómez Flores, un empresario que nunca dejó de soñar con Jalisco
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac //
La noticia, recibida la noche de este miércoles 2 de septiembre de 2026, nos obliga a una pausa necesaria en la vorágine informativa. El fallecimiento de Raymundo Gómez Flores no es solo una nota de obituario; es el cierre definitivo de un capítulo fundamental —y por momentos controvertido— en la historia empresarial y política de Jalisco.
Tras años de lidiar con una enfermedad que lo mantuvo alejado del ojo público, Raymundo ha pasado a mejor vida. Y con su partida, se va una de las mentes más inquietas, audaces y, a ratos, profundamente incomprendidas de nuestra élite económica. Me tocó conocerlo, tratarlo y, sobre todo, conversar largo y tendido con él en distintas etapas de su vida.
Como periodista, uno aprende a distinguir entre el empresario que busca el beneficio inmediato y aquel que, como Raymundo, buscaba trascender mediante la estructura. Fue, sin duda, un hombre echado para adelante, un motor de desarrollo que comenzó desde la base —en el área de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Guadalajara— hasta llegar a las cúpulas de Dina, Bancacremi, Minsa y los desarrollos inmobiliarios que transformaron el rostro de nuestra ciudad, como el emblemático Puerta de Hierro, de la mano de la familia Leaño.
Sin embargo, para entender a Raymundo, hay que entender su frustración política. Su ambición no era menor: quería ser gobernador de Jalisco. Y vaya que le invirtió, no solo recursos económicos —que los tuvo y los arriesgó—, sino un intelecto que, en su momento, parecía desbordar la realidad política de un país que a menudo se sentía cómodo con la inercia y la simulación.
Recuerdo vívidamente una de nuestras charlas en la mesa de redacción del entonces periódico Ocho Columnas. Raymundo presentaba su proyecto, una visión radical, estructural, de fondo. Hablaba de crear infraestructura de gran escala, de impuestos estatales a los hidrocarburos y de cambios en la lógica municipal. Era un plan ambicioso, de esos que requieren estadistas, no solo políticos de coyuntura.
En aquel momento, lo interrumpí con la pregunta que muchos se hacían tras bambalinas: “Raymundo, para hacer todo esto que planteas, ¿acaso te vas a convertir en dictador?”. Su respuesta, un “¿Cómo puedes preguntarme eso, Gabriel?”, no fue de enojo, sino de profunda incredulidad ante mi escepticismo.
Yo le insistía: las condiciones jurídicas y políticas no estaban dadas. Vivíamos en un país de leyes, donde la realidad se impone a la voluntad, y proponer nuevos impuestos estatales era, en ese México, casi una herejía política. Él tenía el qué, pero el sistema le negaba el cómo. Quizás ese fue el gran drama de Raymundo Gómez Flores: ser un visionario en un ecosistema que, con frecuencia, premiaba la mediocridad sobre la innovación.
A pesar de haber sido senador —como primera minoría, enfrentando a Alberto Cárdenas Jiménez—, su gran anhelo de dirigir los destinos de Jalisco se le escapó de las manos. Él mismo lo decía: “No soy monedita de oro”, reconociendo que su estilo directo y crítico incomodaba a las cúpulas de un PRI que él mismo ayudó a construir y reformar.
No obstante, sería un error medir su trascendencia únicamente por los cargos que no ocupó. Su legado es innegable y se manifiesta en dos vertientes. La primera es intelectual: el proyecto “Jalisco a Futuro”.
A finales de los 90, junto con el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo de la Universidad de Guadalajara, trazó una visión a 25 años que incluía ejes fundamentales: prosperidad y bienestar, sustentabilidad, justicia penal y ciencia e innovación. Fue un ejercicio de planeación integral que, aunque no se implementó en su totalidad, marcó la pauta de lo que Jalisco debía ser. Fue el arquitecto de una utopía necesaria que hoy, a la distancia, cobra un valor profético.
La segunda vertiente es su escuela. Raymundo fue formador. Enrique Alfaro, quien no ha ocultado el respeto por su figura, fue uno de sus empleados más cercanos en sus inicios y un aliado en sus operaciones políticas.
Alfaro, en su momento, reconoció como gobernador ese liderazgo entregándole el reconocimiento “René Justin Rivial León” a la Trayectoria Empresarial el 23 de junio del 2022; el Consejo de Cámaras Industriales de Jalisco, con algo de retraso, hace diez días anunció que le entregaría La Medalla al Mérito Industrial 2026” y que en vida Raymundo ya no alcanzó a recibir.
Pero hay más: ahí está su hija, Altagracia Gómez Sierra, hoy una de las mujeres más poderosas del país como asesora empresarial de la presidenta Claudia Sheinbaum. La influencia de Raymundo, por vía de sus cuadros y de su familia, sigue vigente en el centro del poder nacional.
Raymundo fue un sobreviviente, un estratega que supo navegar los tiempos de Carlos Salinas y José Córdoba Montoya, y que impulsó, desde hace tres décadas, la necesidad de declarar la Cuenca Lerma-Santiago-Chapala como zona de restauración ecológica. Hoy, cuando la presidenta Sheinbaum retoma estos proyectos estratégicos, no podemos sino reconocer que Raymundo, hace treinta años, ya estaba viendo hacia dónde debíamos dirigirnos.
Raymundo Gómez Flores descansa hoy. Se marcha el empresario que, a pesar de las derrotas en las urnas, logró dejar una huella indeleble. Se fue un hombre que, con sus luces y sombras, amó a Jalisco y se atrevió a soñar, aun cuando la realidad se empeñaba en decirle que no.
Que su memoria sirva para recordar que, en la política y en la vida, a veces el éxito no está en alcanzar el puesto, sino en haber diseñado el camino por el que otros, inevitablemente, terminarán transitando. Descanse en paz, Raymundo. El motor que impulsaste sigue, y seguirá, en movimiento.



