OPINIÓN
Porfirio Cortés Silva: Cuando servir dejaba obra
Opinión, por Violeta Moreno Haro
El jueves pasado, justamente el 27 de agosto, fecha en la que habría cumplido 96 años, PALMAC volvió a abrir sus puertas para recordar a don Porfirio Cortés Silva. No fue solamente una velada conmemorativa. Ahí nos encontramos amigos que lo conocimos y lo recordamos desde muy distintos colores, generaciones y caminos de la vida pública. Fue, en buena medida, el encuentro con una época de la política jalisciense en la que las trayectorias se construían durante décadas y el poder podía entenderse también como una herramienta para dejar algo a los demás.
La historia de Porfirio Cortés Silva comenzó lejos de los escritorios del poder. Nació en 1930 en el tradicional barrio de San Juan de Dios, en Guadalajara, y desde los 14 años se acercó al movimiento obrero bajo la guía de su tío, Francisco Silva Romero, uno de los personajes fundamentales del sindicalismo jalisciense.
Aquella formación marcaría prácticamente toda su vida.
Abogado egresado de la Universidad de Guadalajara, doctor en Derecho, notario, dirigente sindical y presidente municipal de Tlaquepaque entre 1983 y 1985, Cortés Silva desarrolló además una larguísima carrera legislativa: fue cuatro veces diputado local y cuatro veces diputado federal.
Pero enumerar cargos sería probablemente la manera menos interesante de explicar quién fue.
Su diferencia estuvo en lo que hizo con ellos.
En sus últimas legislaturas destinó íntegramente sus percepciones como diputado a la construcción de escuelas y bibliotecas. Donó además 20 mil metros cuadrados de un terreno de su propiedad para que pudiera levantarse la actual Preparatoria 17 de la Universidad de Guadalajara y realizó otras aportaciones vinculadas con la educación.
No es poca cosa.
Especialmente en estos tiempos, cuando con frecuencia escuchamos discutir cuánto proporciona la política a quien llega a ella, convendría recordar también a quienes alguna vez se preguntaron cuánto podían devolver desde ella.
PALMAC, la organización Presidente Adolfo López Mateos que fundó y encabezó, fue otra expresión de esa manera de entender la vida pública. Sindicalismo, sí, pero también educación, deporte, convivencia familiar y organización comunitaria.
Por eso resulta especialmente acertado que su hijo, José Alberto Cortés García, su nieta Karina Cortés Moreno, junto con su esposo, Samuel Zamora, y quienes hoy mantienen vivo ese proyecto, no hayan convertido la memoria de don Porfirio simplemente en una fotografía colgada en una pared.
PALMAC continúa impulsando actividades educativas, sociales y deportivas en su nombre. Concursos de conocimientos para estudiantes, actividades comunitarias y la carrera atlética conmemorativa prolongan una idea sencilla pero poderosa: recordar a alguien haciendo aquello en lo que creyó.
Porque los mejores homenajes son los que reproducen aquello que se pretende recordar.
Don Porfirio murió en 2018, pero durante la velada del jueves quedó claro que algunas trayectorias consiguen algo bastante más difícil que permanecer en una placa: permanecen en las obras y, sobre todo, en la memoria afectuosa de personas muy distintas.
La Universidad de Guadalajara lo reconoció en vida. El Ayuntamiento de Guadalajara también le rindió un homenaje solemne por su aportación social y educativa. Miles de jóvenes han estudiado en espacios que fueron posibles gracias a su generosidad.
Quizá ahí esté la mejor definición de su carrera.
Porfirio Cortés Silva conoció el poder, las campañas, el Congreso, el sindicalismo y las negociaciones políticas de prácticamente toda una época. Pero entendió algo que en ocasiones parece olvidarse: el cargo termina; la obra permanece.
Y a 96 años de su nacimiento, todavía hay obra (y amigos de muchos colores) suficientes para seguir hablando de don Porfirio.





