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OPINIÓN

El tránsito de la mirada: Las Gracias a la Plaza de la República

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Opinión, por Alejandro Rodríguez (*)

La ciudad no es un conjunto de edificios; es, ante todo, una geografía de encuentros. Sin embargo, en el vértigo de la modernidad, Guadalajara ha padecido esa enfermedad del siglo: el “no-lugar”.

Durante años, las monumentales figuras de Sergio Garval, sus Tres Gracias, habitaron un exilio de hierro y velocidad en el cruce de Lázaro Cárdenas. Allí, atrapadas en el flujo impersonal del automóvil, las obras no eran presencias, sino destellos mudos; una belleza asediada por la indiferencia y el vandalismo, ese otro nombre del olvido.

Hoy, asistimos a un acto de reconciliación urbana. El traslado de estas piezas a la Plaza de la República no es una mudanza de bronce y peso, sino una operación de rescate estético. Es devolverle a la obra su derecho a ser mirada y al ciudadano su derecho a la contemplación; la escultura sale de la periferia del ruido para ocupar el centro del diálogo.

EL BRONCE QUE SE HACE CARNE

La obra de Sergio Garval es un prodigio de tensiones. No son estas las Gracias etéreas de la tradición neoclásica, sino figuras que poseen la gravitación de nuestra tierra. En su bronce hay un movimiento que no fluye, sino que lucha; una vitalidad barroca que dialoga con nuestra historia. Garval ha logrado lo que pocos: que la pesadez de la materia se convierta en la ligereza de un gesto. Al situarlas ahora sobre la Avenida México, su escala —de siete a nueve metros de asombro— recupera la proporción humana frente al cielo. Ya no son objetos que vemos pasar; son entidades con las que convivimos.

La voluntad del gobierno

Es imperativo reconocer el acierto político que subyace a este movimiento. La decisión de la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, no debe leerse como un simple reordenamiento del mobiliario urbano, sino como un acto de alta sensibilidad cultural.

Gobernar es, también, administrar los símbolos de una comunidad. Al proteger este patrimonio del deterioro y la rapiña, y al ofrecerlo al caminante, la administración actual apuesta por una ciudad que se piensa a sí misma a través de la belleza. Es un respaldo rotundo al arte como bien común y no como adorno periférico.

La plaza como espejo

El arte público tiene una misión: convertir la calle en un espacio de revelación. En la Plaza República, las esculturas de Garval dejarán de ser “monumentos” para convertirse en “vecinas”. El peatón podrá, al fin, rodearlas, medir su propia pequeñez ante la inmensidad del bronce y reconocerse en la fuerza de esas figuras que encarnan la abundancia, la alegría y la belleza. Guadalajara recupera un trozo de su alma. En este nuevo emplazamiento, las piezas de Garval finalmente se detienen para que nosotros podamos avanzar hacia ellas. Porque una ciudad que cuida su patrimonio artístico es una ciudad que, en el fondo, ha decidido no perder la memoria.

* Alejandro Rodríguez es curador, martillero, crítico de arte y empresario.


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