OPINIÓN
Una realidad con otros ojos: La literatura también cambia el mundo
SUBRAYADO
Un libro no derriba un gobierno. Una novela no construye una carretera. Un poema no resuelve una crisis económica. Pero una historia puede conseguir algo que ninguna estadística logra por sí sola: hacer que alguien vea la realidad desde los ojos de otra persona.
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Leer no significa escapar de la realidad, sino regresar a ella con nuevas preguntas y otras formas de comprenderla.
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Por Armando Morquecho Camacho
Hay cosas que no cambian cuando las miramos de frente, sino cuando aprendemos a mirarlas de otra manera. Una ciudad sigue siendo la misma después de leer una novela, una injusticia no desaparece porque alguien haya escrito sobre ella y una persona no deja de sufrir porque encontremos las palabras correctas para contar su historia. Y, sin embargo, algo cambia. A veces cambia dentro de nosotros, que es quizá el lugar más difícil —y más importante— donde puede comenzar una transformación.
Durante mucho tiempo hemos pensado en el poder como la capacidad de modificar lo que ocurre afuera: gobernar, legislar, construir, prohibir, ordenar, administrar. Pero existe otro poder, menos visible y mucho más silencioso: el poder de cambiar la manera en que una sociedad interpreta aquello que le sucede. En ese terreno, la literatura ha sido una de las herramientas más poderosas que hemos inventado.
Un libro no derriba un gobierno. Una novela no construye una carretera. Un poema no resuelve una crisis económica. Pero una historia puede conseguir algo que ninguna estadística logra por sí sola: hacer que alguien vea la realidad desde los ojos de otra persona.
Quizá por eso la literatura ha incomodado tantas veces al poder. Porque quien aprende a imaginar otras vidas también empieza a imaginar otras posibilidades para la propia.
1984 no creó los regímenes autoritarios, pero nos enseñó a reconocer ciertas formas de vigilancia, manipulación y control. Los miserables no terminó con la pobreza, pero ayudó a que generaciones enteras miraran al pobre no solamente como un problema social, sino como un ser humano atrapado dentro de circunstancias que también podían ser injustas. El cuento de la criada no inventó la discusión sobre el control del cuerpo y la libertad de las mujeres, pero ofreció una imagen capaz de hacer tangible aquello que muchas veces resulta demasiado abstracto.
Y entonces aparece una palabra que me parece fundamental: resignificar.
Resignificar no significa negar lo que ocurrió. Significa encontrar otra manera de comprenderlo. La literatura tiene esa capacidad extraordinaria de tomar aquello que parece cotidiano, inevitable o incluso insignificante y colocarlo frente a nosotros bajo una luz distinta.
Después de leer Cien años de soledad, Macondo deja de ser solamente un lugar imaginario. Se convierte en una forma de hablar de América Latina, de nuestra memoria, de nuestras tragedias repetidas y de esa extraña costumbre que tenemos los seres humanos de olvidar aquello que juramos no volver a repetir.
Después de leer Don Quijote, quizá resulta un poco más difícil burlarse de quien persigue un sueño que los demás consideran absurdo. Porque Cervantes nos obliga a preguntarnos quién está realmente loco: aquel que insiste en imaginar un mundo diferente o quienes aceptan como normal un mundo que no les gusta.
Eso hace la literatura. No necesariamente nos da respuestas. A veces hace algo mucho más incómodo: cambia las preguntas. Y vivimos en una época que necesita desesperadamente nuevas preguntas.
Estamos rodeados de información, pero no necesariamente de comprensión. Cada día recibimos cientos de opiniones, titulares, videos, fotografías, indignaciones y certezas instantáneas. Las redes sociales han conseguido que prácticamente todo pueda convertirse en una reacción inmediata. Nos dicen qué debemos pensar antes de que tengamos tiempo para preguntarnos qué pensamos realmente.
Leer, en cambio, exige otra cosa: exige tiempo, exige atención y exige permanecer.
Una novela nos obliga a convivir durante horas con personajes que probablemente no pensaríamos como nosotros, que toman decisiones que no aprobaríamos y que, incluso, pueden representar aquello que más rechazamos. Y precisamente ahí está una de sus mayores virtudes: nos obliga a practicar algo que en la vida pública parece cada vez más escaso, la capacidad de comprender sin necesariamente estar de acuerdo.
Quizá por eso leer también es un ejercicio democrático.
Una democracia no necesita solamente ciudadanos informados. Necesita ciudadanos capaces de imaginar que la realidad podría ser diferente. Porque cuando una sociedad deja de imaginar alternativas, comienza a confundir lo existente con lo inevitable. La literatura rompe esa confusión.
Nos recuerda que las ciudades pudieron haber sido de otra manera, que las relaciones humanas pueden construirse de otra forma, que las injusticias que hoy parecen normales alguna vez fueron cuestionadas y que muchas de las cosas que consideramos naturales son, en realidad, decisiones humanas que pueden volver a discutirse.
Por eso leer no es escapar del mundo. A veces es regresar a él con otros ojos.
Hay quien piensa que los libros sirven para alejarnos de la realidad. Yo creo exactamente lo contrario. Los mejores libros nos devuelven a ella con una mirada más incómoda, más sensible y quizá también más libre.
Después de leer una buena historia, la calle puede seguir siendo la misma, pero nosotros ya no somos exactamente los mismos que la caminamos antes. El desconocido que encontramos en el transporte puede dejar de ser solamente un rostro entre cientos. La persona que vive una realidad distinta puede dejar de parecer ajena. Una injusticia que antes parecía parte del paisaje puede comenzar a parecernos insoportable.
Y tal vez ahí comienza el verdadero poder de la literatura. No en cambiar inmediatamente el mundo, sino en cambiar a las personas que algún día tendrán que decidir qué hacer con él.
Porque los grandes cambios sociales suelen comenzar mucho antes de convertirse en leyes, movimientos o revoluciones. Comienzan cuando alguien logra imaginar que las cosas no tienen por qué permanecer como están.
Y quizá eso sea resignificar el mundo: no cambiar los hechos que ya ocurrieron, sino cambiar el significado que tienen para nosotros y, con ello, modificar la manera en que decidimos actuar frente a lo que todavía puede cambiar.
Tal vez por eso seguimos necesitando libros. No para escapar de la realidad, sino para recordar que la realidad no es una sentencia. Que el mundo que recibimos no necesariamente es el mundo que tenemos que dejar. Y que, a veces, antes de cambiar el mundo, necesitamos aprender a imaginarlo de otra manera.



