CRÓNICA
Colombia: el viaje que no estaba en el itinerario; jaliscienses en medio de la contingencia
Por Diego Morales Heredia
Llegamos a Colombia el 10 de agosto. Éramos 20 jaliscienses que aterrizamos en Bogotá con maletas, itinerarios, reservaciones y esa emoción inevitable que acompaña el comienzo de cualquier viaje.
Habíamos salido de Guadalajara pensando en conocer otro país, recorrer sus ciudades y regresar a casa unos días después con fotografías, recuerdos y anécdotas. Pero llegamos el día de la tragedia.
Mientras nuestro avión tocaba suelo colombiano, el país comenzaba a dimensionar las consecuencias de una emergencia que alteraría durante los siguientes días su vida cotidiana. Colombia se había sacudido y, aunque nosotros estábamos lejos de las zonas más golpeadas, pronto entenderíamos que una tragedia de esa magnitud no termina donde acaba la destrucción.
Sus efectos viajan.
Llegan a los aeropuertos, modifican rutas, cancelan vuelos, cambian prioridades y obligan a miles de personas a alterar sus planes. Pero, sobre todo, transforman el ánimo de un país.
Bogotá parecía, a primera vista, una ciudad relativamente tranquila. Los restaurantes seguían abiertos, los comercios funcionaban, los turistas caminaban por sus calles y la vida continuaba. No estábamos frente a una ciudad paralizada.
Sin embargo, algo había cambiado.
La tensión se percibía en las conversaciones, en las noticias, en los teléfonos y en la preocupación de la gente. Colombia continuaba recibiendo visitantes y manteniendo activa buena parte de su actividad turística, pero su atención estaba puesta en otro sitio.
Había personas que habían perdido familiares, viviendas y comunidades enteras que necesitaban ayuda. Y entonces comenzaron nuestras propias dificultades.
Nuestro itinerario contemplaba continuar desde Bogotá hacia Cartagena. Era parte de una ruta planeada desde antes de salir de Guadalajara, pero los vuelos comenzaron a verse afectados en medio de la contingencia.
Las aerolíneas reorganizaron operaciones y buena parte de los esfuerzos del país comenzaron a concentrarse en atender las necesidades derivadas de la emergencia, particularmente hacia las regiones que requerían apoyo.
Nuestro vuelo a Cartagena quedó fuera del tablero. De un momento a otro, 20 jaliscienses estábamos en Bogotá con un itinerario que ya no existía.
Lo que sobre el papel era una reservación confirmada se convirtió en incertidumbre. Había que buscar alternativas, revisar vuelos, modificar hospedajes, reorganizar traslados y tomar decisiones rápidamente en un mercado aéreo presionado por la contingencia.
Esperar también tenía un costo. Cada día adicional significaba hospedaje, alimentos, transportación y la incertidumbre de no saber qué ocurriría con el siguiente vuelo. Fue entonces cuando tuvimos que renunciar a Cartagena.
La alternativa apareció hacia Medellín.
Pero llegar hasta allá tampoco sería sencillo. Ante la demanda y la reducción de alternativas disponibles, tuvimos que adquirir nuevos boletos a precios considerablemente mayores de los que normalmente habríamos pagado.
Ya no se trataba de elegir el vuelo más cómodo o el horario más conveniente. Había que encontrar veinte lugares disponibles y mantener unido al grupo. En una contingencia, viajar deja de ser solamente trasladarse de un punto a otro. Se convierte en resolver.
Resolver dónde dormir. Resolver cómo moverse. Resolver qué hacer con una reservación perdida. Resolver cuánto dinero queda. Resolver quién sale primero. Resolver quién espera. Resolver cómo mantener la calma cuando aquello que estaba perfectamente organizado comienza a cambiar de un momento a otro.
Y hacerlo lejos de casa. Pero nuestra experiencia nunca pudo separarse de lo que ocurría alrededor. Porque mientras nosotros buscábamos vuelos y reorganizábamos un viaje, había colombianos buscando familiares.
Mientras nosotros hacíamos cuentas para pagar una noche adicional de hotel, había familias haciendo cuentas de aquello que habían perdido.
Mientras nuestra preocupación era encontrar la forma de continuar hacia otra ciudad y eventualmente regresar a México, para miles de personas la preocupación era saber si sus seres queridos estaban vivos.
Esa diferencia nunca dejó de estar presente. Por eso sería injusto contar nuestras dificultades como una tragedia comparable con la que enfrentaba Colombia. No lo fue.
Lo nuestro fueron las vicisitudes de veinte viajeros atrapados circunstancialmente en una emergencia mucho mayor.
Tuvimos incertidumbre, gastos inesperados, vuelos cancelados, cambios de ruta y momentos en los que parecía que cada solución generaba un problema nuevo. Pero teníamos algo que muchas familias colombianas habían perdido de un instante a otro: la certeza de que, tarde o temprano, regresaríamos a casa.
UN PAÍS QUE NO DEJÓ DE CAMINAR
Quizá una de las imágenes que permanecerá después de aquellos días sea precisamente esa: Colombia siguió caminando.
El turismo no desapareció. Bogotá seguía respirando. Medellín seguía recibiendo visitantes. Los comercios abrían sus puertas y las calles conservaban buena parte de su movimiento habitual.
Pero detrás de esa aparente normalidad había preocupación. La emergencia estaba presente en las conversaciones y, sobre todo, en una enorme disposición por ayudar.
Colombia estaba herida, pero no inmóvil.
Durante aquellos días vimos a un país preocupado por los suyos. La prioridad, comprensiblemente, estaba puesta en atender a quienes habían sufrido las consecuencias más graves de la tragedia.
Para quienes veníamos de fuera, aquello significaba comprender también que nuestros planes turísticos habían dejado de ser importantes frente a una emergencia nacional.
Había que adaptarse. Y lo hicimos. Cartagena quedó pendiente. Medellín apareció en el camino casi por obligación y terminó convirtiéndose en parte de una historia que ninguno de nosotros había imaginado cuando salimos de Guadalajara.
Así transcurrieron los días: entre cambios de planes, llamadas, aeropuertos, habitaciones de hotel, cuentas que aumentaban y la permanente necesidad de encontrar la siguiente solución.
Éramos veinte, y eso también significaba una responsabilidad colectiva.
Cuando viaja una sola persona, cambiar un boleto puede ser relativamente sencillo. Cuando son veinte, cualquier modificación se multiplica por veinte: veinte lugares en un avión, veinte personas que necesitan hospedaje, veinte equipajes, veinte historias familiares esperando noticias desde Jalisco.
Nadie quería quedarse atrás.
DOCE DÍAS DESPUÉS
Finalmente, regresamos. Habían transcurrido 12 días desde aquel 10 de agosto en que llegamos a Bogotá. Volvimos a Jalisco cansados, con un itinerario muy distinto al que habíamos planeado y con historias que seguramente seguiremos contando durante mucho tiempo.
Pero regresamos. Y después de haber observado durante esos días lo que enfrentaban miles de familias colombianas, esa palabra adquirió un significado diferente.
Regresar. Regresar a nuestra ciudad. A nuestra casa. A nuestra familia. A nuestra rutina. Algo tan cotidiano que normalmente damos por hecho se convirtió, después de aquellos días, en un privilegio.
Nos fuimos a Colombia buscando conocer un país y terminamos conociéndolo en uno de sus momentos más difíciles.
Conocimos sus ciudades, sí, pero también vimos su incertidumbre. Vimos un país obligado a modificar prioridades de un día para otro y una sociedad que, aun en medio de la tensión, intentaba mantener la vida en movimiento mientras ayudaba a quienes más lo necesitaban.
Para nosotros quedaron los vuelos cancelados, los boletos comprados a sobreprecio, Cartagena esperando otra oportunidad y una ruta que tuvo que reconstruirse sobre la marcha.
Para Colombia quedaron heridas mucho más profundas.
Por eso, 12 días después, cuando finalmente llegó el momento de volver a México, entendimos que nuestra historia no era la de veinte jaliscienses que sobrevivieron a una tragedia.
Era algo mucho más sencillo y, quizá por eso, más humano. Fuimos veinte jaliscienses que circunstancialmente estuvimos ahí, que vimos, que esperamos, que tuvimos miedo de que los planes siguieran derrumbándose, pero sabíamos que había una casa esperándonos a miles de kilómetros. Y que finalmente pudimos regresar.
En la crónica anterior escribimos que Colombia se sacudió, pero su corazón permaneció de pie. Después de vivir 12 días entre su gente, podemos agregar algo más: Nosotros regresamos a Jalisco. Colombia se quedó reconstruyéndose.
Y una pequeña parte de ella regresó con nosotros…





