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OPINIÓN

La nueva geografía de la agroindustria mundial

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– Geopolítica, cambio climático y tecnología

Actualidad, por Alberto Gómez R.
(Parte 1)

La agroindustria mundial atraviesa una transformación que difícilmente puede explicarse a partir de una sola variable. El cambio climático, la volatilidad de los mercados, las tensiones geopolíticas, la transformación de los hábitos de consumo, la escasez de agua, la innovación tecnológica y la reorganización de las cadenas internacionales de suministro están modificando de manera simultánea la forma en que se produce, se transforma, se transporta y se comercializa el alimento.

Durante buena parte del siglo XX, la competitividad agropecuaria estuvo asociada principalmente con la disponibilidad de tierra, agua, mano de obra, maquinaria y capital. En el siglo XXI, esas condiciones continúan siendo relevantes, pero ya no resultan suficientes. La competitividad comienza a depender también de la capacidad para administrar información, anticipar riesgos climáticos, utilizar eficientemente los recursos, garantizar trazabilidad, cumplir normas sanitarias y ambientales, incorporar tecnología y acceder a mercados cada vez más exigentes.

La perspectiva para la próxima década confirma esta transformación. La OCDE y la FAO proyectan que el valor de la producción agrícola mundial crecerá alrededor de 13,3 % entre el periodo base 2023-2025 y 2035, hasta alcanzar aproximadamente 4,01 billones de dólares constantes. La mayor parte del crecimiento procederá de mejoras de productividad y se concentrará especialmente en economías de ingresos medios de Asia-Pacífico, África subsahariana y América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, las emisiones directas de gases de efecto invernadero de la agricultura podrían aumentar alrededor de 6,5 % (OCDE/FAO, 2026).

El escenario, por tanto, contiene una contradicción fundamental: el mundo necesitará producir más alimentos, pero tendrá que hacerlo bajo mayores restricciones ambientales, financieras y geopolíticas. Esa contradicción constituye uno de los grandes desafíos económicos de las próximas décadas.

Una agroindustria cada vez más geopolítica

La agricultura dejó de ser, hace tiempo, un asunto exclusivamente rural. Los alimentos, los fertilizantes, las semillas, el agua, la energía, los puertos, los corredores logísticos y las rutas marítimas forman parte de una infraestructura estratégica de poder económico.

Los países que controlan grandes excedentes agrícolas poseen una capacidad de influencia que trasciende los ingresos generados por sus exportaciones. Una interrupción de las exportaciones de trigo, maíz, arroz, soya o fertilizantes puede repercutir en los precios internacionales, en la inflación, en las reservas de divisas y, finalmente, en la estabilidad social de países importadores.

La experiencia de los últimos años ha mostrado la velocidad con la que un conflicto geopolítico puede transformarse en un problema agroalimentario. Las tensiones en Europa oriental, los conflictos en Medio Oriente, las alteraciones en rutas marítimas y las disputas comerciales entre grandes potencias han demostrado que la seguridad alimentaria depende cada vez más de la estabilidad de sistemas internacionales interconectados. La OCDE y la FAO consideran que el comercio agrícola internacional continuará siendo fundamental para equilibrar regiones excedentarias y deficitarias, aunque también reconocen que las perturbaciones climáticas, políticas y geopolíticas pueden transmitirse rápidamente entre mercados (OCDE/FAO, 2026).

La situación de los mercados de soya constituye un ejemplo revelador. China es el principal comprador mundial de oleaginosas y mantiene una relación estratégica con Brasil, Estados Unidos y Argentina. Durante septiembre de 2026 se registraron nuevas compras chinas de soya estadounidense, mientras continuaban las tensiones comerciales y la disponibilidad brasileña se volvía más limitada. La decisión de dónde comprar una materia prima fundamental para la alimentación animal no depende únicamente del precio: también intervienen aranceles, diplomacia, logística, disponibilidad y seguridad del suministro (Reuters, 2026).

La carne ofrece otro ejemplo. China comenzó a aplicar en octubre de 2026 un arancel adicional de 55 % a las importaciones de carne bovina brasileña que excedieran una cuota anual de 1,1 millones de toneladas. La medida muestra cómo una regulación comercial puede modificar rápidamente los flujos de uno de los principales productos agropecuarios del mundo (Reuters, 2026).

El mensaje para la agroindustria internacional resulta claro: un mercado puede ser atractivo y, al mismo tiempo, representar una concentración de riesgo.

La nueva geografía de la producción

Las próximas décadas no estarán dominadas necesariamente por los mismos países que lideraron la agricultura mundial durante el siglo XX.

Las proyecciones de la OCDE y la FAO muestran que los países de ingresos medios tendrán un papel cada vez mayor en el crecimiento de la producción agrícola mundial. Asia-Pacífico aportaría aproximadamente 57,5 % del crecimiento adicional hasta 2035; India explicaría por sí sola alrededor de 25,6 % del incremento mundial, mientras China aportaría cerca de 13,9 %. África subsahariana también aumentaría significativamente su participación, y América Latina y el Caribe conservaría una posición estratégica como una de las principales regiones exportadoras netas de alimentos (OCDE/FAO, 2026).

La importancia de América Latina resulta particularmente significativa. La región posee abundancia relativa de tierra agrícola, agua en determinadas zonas, biodiversidad, capacidad exportadora y experiencia en cadenas agroindustriales. El Banco Mundial identifica a América Latina y el Caribe como la mayor región exportadora neta de alimentos del mundo y señala que el sector agroalimentario representa aproximadamente una cuarta parte del PIB de muchos países cuando se considera la cadena completa, desde la producción hasta el consumo (Banco Mundial, 2025).

Brasil ocupa una posición central en esa transformación. Su capacidad en soya, carne, maíz, azúcar, café, aves y otros productos lo convierte en uno de los principales actores del comercio agrícola mundial. Sin embargo, la experiencia brasileña también demuestra que la dimensión productiva no elimina la vulnerabilidad. Las cuotas, las restricciones sanitarias, las condiciones ambientales, los costos logísticos y las decisiones de los mercados compradores pueden modificar las perspectivas de exportación incluso para un país de escala continental.

La competencia agrícola mundial, por tanto, no se definirá exclusivamente por quién produce más. Se definirá por quién consiga combinar volumen, productividad, confiabilidad, sostenibilidad, logística, tecnología y acceso a mercados.

El clima se convierte en una variable económica

El cambio climático dejó de ser únicamente una preocupación ambiental. Se está convirtiendo en una variable económica que afecta precios, inversiones, seguros, infraestructura, productividad y estabilidad de los mercados.

La FAO advierte que más de 60 % de la degradación de tierras provocada por actividades humanas ocurre en terrenos agrícolas, mientras que la agricultura representa más de 70 % de las extracciones mundiales de agua dulce. La presión sobre estos recursos aumentará conforme crezca la demanda alimentaria (FAO, 2025).

La situación resulta particularmente compleja porque la agricultura depende de condiciones naturales que no pueden controlarse completamente. Una sequía puede reducir la producción de una región exportadora; una inundación puede destruir infraestructura; una ola de calor puede alterar rendimientos; un cambio en los patrones de lluvia puede modificar las decisiones de siembra.

En 2026, el fenómeno de El Niño y las condiciones climáticas extremas volvieron a colocar el riesgo meteorológico en el centro de las preocupaciones agroalimentarias. Reuters reportó advertencias de la FAO y del Programa Mundial de Alimentos sobre una posible presión adicional sobre precios y seguridad alimentaria como consecuencia de la combinación de conflictos, costos de energía, fertilizantes y fenómenos climáticos (Reuters, 2026).

Europa tampoco se encuentra al margen. Durante 2026, las temperaturas extremas y la sequía afectaron cultivos y sistemas logísticos europeos. Francia enfrentó perspectivas particularmente negativas para el maíz, mientras los bajos niveles de agua en el Rin comenzaron a generar dificultades para el transporte de mercancías. El episodio demuestra que el cambio climático puede afectar simultáneamente producción y logística, y multiplicar su impacto económico (Reuters, 2026).

La adaptación climática comienza, por ello, a formar parte de la estrategia financiera de las empresas agrícolas.

Agua: el recurso estratégico del siglo XXI

La disponibilidad de agua puede convertirse en uno de los factores que más profundamente modifique la geografía agrícola mundial.

El problema no consiste únicamente en saber cuánta agua existe. También importa dónde se encuentra, cuándo está disponible, qué calidad posee, cuánto cuesta llevarla hasta las zonas productivas y qué eficiencia presenta su utilización.

Una agricultura que utilice grandes cantidades de agua para generar poco valor económico enfrentará crecientes dificultades. En cambio, una agricultura capaz de producir mayor valor por unidad de agua tendrá una ventaja estratégica.

La eficiencia hídrica adquiere así una dimensión empresarial. El riego de precisión, los sensores de humedad, la agricultura protegida, la reutilización del agua, la selección genética de variedades resistentes y los sistemas de monitoreo climático dejan de ser tecnologías complementarias y comienzan a convertirse en componentes de la competitividad.

La FAO plantea precisamente que el desafío futuro consiste en producir más y mejor, protegiendo los recursos finitos de tierra y agua. La cuestión ya no consiste solamente en expandir la frontera agrícola, sino en elevar la productividad de los recursos existentes (FAO, 2025).

Fertilizantes, energía y volatilidad financiera

La agroindustria moderna depende de una extensa red de insumos industriales. Fertilizantes, combustibles, electricidad, maquinaria, productos químicos, transporte y almacenamiento forman parte de una estructura de costos que conecta el campo con los mercados energéticos y financieros.

El precio del gas natural puede afectar el precio de los fertilizantes nitrogenados. El precio del petróleo modifica los costos de transporte y maquinaria. Las tasas de interés determinan el costo del financiamiento. El tipo de cambio puede modificar el precio de insumos importados. Una interrupción logística puede encarecer simultáneamente fertilizantes y alimentos.

La OCDE y la FAO proyectan que los precios reales internacionales de los productos agrícolas permanecerán relativamente estables durante la próxima década bajo condiciones normales de productividad y clima, pero subrayan que esa estabilidad no elimina episodios de volatilidad. Los mercados agrícolas continúan expuestos a perturbaciones meteorológicas, conflictos, políticas comerciales y cambios en los costos de energía e insumos (OCDE/FAO, 2026).

Esta distinción es importante. Un mercado puede presentar una tendencia estable a largo plazo y, al mismo tiempo, experimentar fuertes oscilaciones durante determinados periodos.

Para el productor, la volatilidad significa incertidumbre. Para el empresario agroindustrial, significa necesidad de administrar riesgo.

(Continuará…)


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