OPINIÓN
¿Cambiará Guadalajara?
Por Miguel Anaya
Guadalajara tiene una manera muy particular de relacionarse con la política. El tapatío suele desconfiar del poder, pero también de quien promete quitárselo a quienes ya lo tienen. Puede pasar meses quejándose del gobierno y, cuando llega la elección, hacerse una pregunta bastante tapatía: “¿Y si cambiamos y sale peor?”.
Quizá por eso Movimiento Ciudadano lleva más de una década gobernando buena parte de la zona metropolitana.
Hay que reconocerle a Enrique Alfaro que, en su momento, realizó una buena campaña y demostró una capacidad notable para leer el momento político. Pero también hay que entender que su triunfo y los siguientes tuvieron bastante que ver con aciertos y con los errores, pleitos, desgaste y soberbia de los partidos que tenía enfrente. En política, a veces se gana haciendo una gran campaña; otras, esperando a que el adversario se dispare en el pie.
MC entendió algo que los partidos nacionales tardaron demasiado en comprender: el tapatío tiene orgullo de ciudad. No le encanta que le expliquen Guadalajara desde la Ciudad de México. Y entonces apareció una fórmula bastante eficaz: no somos de izquierda ni de derecha; somos de aquí. Y funcionó.
También funcionó el marketing y la posibilidad de reunir, bajo una nueva camiseta, a muchos de los que ya habían utilizado otras. Priistas, panistas y políticos de distintas procedencias encontraron en MC una nueva casa, algunos por convicción y otros porque, como suele ocurrir en política, la antigua ya no tenía habitaciones disponibles. Y esto no es un fenómeno exclusivo de MC. Morena lo ha hecho también.
Pero gobernar desgasta.
Después de más de diez años, una parte de Guadalajara comienza a preguntarse si aquello que alguna vez representó el cambio no terminó convertido simplemente en otro establishment. Hay cansancio con los discursos, los grupos políticos y algunas de las mismas caras. Y, sobre todo, con problemas que ya no pueden esconderse detrás de una campaña ingeniosa.
Agua sucia. Basura. Inseguridad. Baches. Tráfico. Servicios públicos que funcionan a ratos.
El Gobierno de Guadalajara tampoco parece haber encontrado una narrativa propia capaz de entusiasmar. No es justo llamarlo un desastre; tampoco sería serio llamarlo un éxito. Es, más bien, una administración gris: algunas cosas funcionan, muchas otras no y lo que se hace no termina de producir la sensación de estar construyendo una ciudad mejor.
Ahí aparece Morena.
Y aparece con una oportunidad que hace algunos años parecía remota. Pero también con un problema enorme: a muchos tapatíos todavía les da miedo Morena. No necesariamente por lo que propone para Guadalajara, sino por todo lo que representa a nivel nacional: polarización, concentración de poder, confrontación política, incertidumbre económica, entre muchos otros etcéteras.
Morena tampoco ha ayudado demasiado con sus candidatos. En las principales alcaldías ha presentado perfiles que no encajan con la identidad tapatía, políticos cuya historia resulta difícil de conciliar con el discurso de transformación y que, en otras circunstancias, serían impresentables.
Por eso Morena puede ganar Guadalajara, pero necesita elegir mucho más que un candidato: necesita elegir un mensaje. Alguien que hable de agua y seguridad antes que de la Cuarta Transformación; que conozca la ciudad; que pueda sentarse con empresarios, universidades, comerciantes y colonias populares; que ofrezca un futuro creíble y que no explique cada problema culpando al gobierno anterior, a los conservadores o a Washington.
MC también puede ganar. Puede hacerlo con candidatos frescos, capaces y con identidad local, pero necesita defender algo más difícil que una candidatura: su propia herencia. Su argumento será sencillo: quizá los servicios públicos fallen, pero la ciudad avanzó. Cierto o no, para eso está el marketing y, hay que reconocerlo, en eso son buenos.
Por eso, 2027 puede ser una elección extraordinariamente cerrada. Morena necesita demostrar que el cambio no significa perder la identidad tapatía. MC necesita demostrar que la continuidad no significa conformarse.
Y los tapatíos tendremos que decidir si votamos por el partido que nos gusta, por el que menos miedo nos provoca o por la persona que realmente creemos capaz de gobernar mejor.
Porque para mejorar, Guadalajara no necesita demostrar que es de izquierda, derecha, guinda o naranja.
Necesita demostrar que sabe elegir más allá de las camisetas.





