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OPINIÓN

La inflación «bajó», la despensa no

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Opinión, por Víctor Hugo Celaya Celaya

El 9 de julio, cuando el INEGI reportó que la inflación había cerrado junio en 3.37% anual, su nivel más bajo en cinco años y medio, el discurso oficial lo presentó como un logro y el semáforo de inflación del observatorio México, ¿cómo vamos?, se pintó de verde por primera vez desde 2020.

Conviene mirar ese entusiasmo con distancia, porque el mismo consenso de analistas que Banxico encuestó en junio proyecta que la inflación termine 2026 en 4.20% y la subyacente en 4.18%, otra vez por encima del rango meta del banco central. El dato que hoy se celebra, de acuerdo con los propios especialistas del mercado, no llegó para quedarse.

Un alivio de temporada

El origen de la baja explica por qué será pasajera. La inflación general cedió porque se desplomó su componente más volátil, el no subyacente, que cayó a 1.11% anual gracias a un derrumbe estacional de precios agrícolas, con el jitomate bajando 38.98% en el mes; el chile poblano, 40.43%; el serrano, 26.88%, y el huevo, 7.21%, mientras las frutas y verduras retrocedían 8.99%. Son alivios de temporada que no reflejan una mejora de fondo, y su reverso ya asoma en el mismo reporte, con el aguacate subiendo 24.53% y la papa, 9.32%, de modo que basta una sequía, una helada o un problema de logística para que el tomate regrese a su nivel. Presentar un respiro agrícola como una victoria estructural de la política económica es, cuando menos, un abuso de la estadística.

La cifra que no sube al templete

La cifra incómoda está justo debajo del titular. La inflación subyacente, que elimina lo volátil y mide el costo persistente de vivir, cerró junio en 4.03%, todavía pegada al techo del objetivo que Banxico fijó en 3%, con un margen de un punto en cada dirección. Ahí no hubo alivio alguno, porque los alimentos procesados, las bebidas y el tabaco subieron 5.08% anual; la comida preparada de la fonda y la taquería siguió encareciéndose mes con mes, y la vivienda hizo lo mismo, de manera que todo lo que una familia compra de forma repetida cuesta hoy más que hace un año. Ese 4.03% de la subyacente es la inflación que un hogar carga todos los días, aunque no sea la que llega a los encabezados.

Hay, además, una confusión que el discurso oficial aprovecha. Que la inflación baje no significa que los precios bajen; significa que suben más despacio. Con una inflación de 3.37%, la despensa que ya se encareció el año pasado sigue subiendo, solo que a menor ritmo, y el precio que trepó se queda instalado. Así que una familia puede escuchar la mejor cifra inflacionaria en un lustro y no percibir un solo peso de alivio al cerrar sus cuentas de fin de mes.

El propio banco central desmiente el optimismo con hechos. Mantuvo su tasa de referencia en 6.50% el 10 de julio, la misma que los analistas esperan sin cambio durante todo 2026 y 2027, precisamente porque la subyacente no cede y porque no ve la meta de 3% en el horizonte cercano. Cuando la institución encargada de vigilar los precios sostiene una tasa restrictiva, presumir una inflación derrotada desde un templete político resulta, además de prematuro, irresponsable.

Lo que de verdad cuesta vivir

El costo de la canasta básica subió 4.6% anual, requiriendo 19,522 pesos mensuales para una familia de cuatro integrantes. Con un crecimiento económico previsto de solo 1.1%, los salarios pierden terreno frente a los precios. Ante esta erosión del poder adquisitivo, las familias ya ajustan sus hábitos, reduciendo porciones y buscando opciones más baratas para enfrentar la difícil realidad cotidiana.

Hace unas semanas escribí que comer en México cuesta el doble de lo que debería, y el dato de junio lo confirma, porque la inflación de titular puede ceder mientras la inflación de la mesa sigue apretando. El gobierno tiene un incentivo obvio para quedarse con el 3.37% y omitir el resto, pero la política pública seria se construye sobre el dato completo y no sobre el más conveniente.

En Sonora se siente distinto

En Sonora, la dependencia del dólar y su ubicación fronteriza distorsionan la realidad económica frente a los datos nacionales. El gobierno debe intervenir regulando mercados y asegurando que los salarios mantengan el ritmo del costo de vida. El crecimiento macroeconómico es irrelevante si no se traduce en bienestar tangible en las mesas de las familias sonorenses, superando las meras cifras estadísticas.

El semáforo puede estar en verde sin que la despensa lo sienta, porque un dato mensual retrata apenas un instante, mientras el bolsillo vive los doce meses del año, y los pronósticos del propio mercado ya anticipan que ese verde volverá al amarillo antes de que termine 2026.

La próxima vez que un funcionario celebre la inflación más baja en años, habría que hacerle una pregunta muy sencilla antes de aplaudir: ¿ya fue al mercado esta semana? Esa respuesta, y no la del boletín, es la que mide cómo estamos.


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