OPINIÓN
La desaceleración global de 2026: Un respiro para la reflexión, no el fin del camino
Actualidad, por Alberto Gómez R.
El año 2026 se ha instalado en el imaginario económico global con una etiqueta que pocos desean, pero que muchos reconocen: la de la desaceleración. Tras un bienio de crecimiento relativamente robusto en 2024 y 2025, los motores de la expansión mundial han perdido fuelle. No se trata, sin embargo, de un colapso ni de una recesión generalizada, sino de un frenazo inducido por factores geopolíticos, energéticos y tecnológicos que han reconfigurado las expectativas.
La pregunta que flota en los foros de Washington, Fráncfort y Pekín no es si el crecimiento se ha ralentizado, sino cómo navegar esta nueva normalidad de menor velocidad sin perder de vista el horizonte de la recuperación. Este análisis examina las causas y consecuencias de esta desaceleración global, pone el foco en la situación particular de América Latina y México, y sostiene que, lejos de ser un presagio de tiempos sombríos, este periodo ofrece una oportunidad para recalibrar las estrategias de desarrollo y sentar las bases de un crecimiento más sostenible e inclusivo en los próximos años.
El diagnóstico de los principales organismos multilaterales es contundente, pero matizado. El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su actualización de julio de 2026, proyecta un crecimiento global del 3.0 % para este año, una cifra que, aunque positiva, es inferior al 3.4 % que se vislumbraba a principios de año, antes del estallido del conflicto en Oriente Medio (FMI, 2026).
Esta desaceleración responde a un «shock energético grande, global y asimétrico», en palabras de la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, desencadenado por el cierre del estrecho de Ormuz, un punto neurálgico para el comercio de petróleo (Foro Económico Mundial, 2026).
El Banco Mundial, por su parte, presenta un panorama aún más cauto, con un pronóstico de crecimiento global del 2.5 % para 2026, la tasa más baja desde 2020, y advierte que un escenario de tensiones energéticas prolongadas podría reducir el crecimiento al 1.3 % (Banco Mundial, 2026).
Sin embargo, este panorama general oculta una realidad compleja. La economía mundial no se desacelera de manera homogénea. Como señala el FMI, dos fuerzas opuestas están moldeando el panorama: el lastre del shock energético y el impulso de una ola de inversión impulsada por la inteligencia artificial. Esta dicotomía está creando una geografía económica dual.
Por un lado, los países exportadores de energía y aquellos integrados en la cadena de valor tecnológica están mostrando una notable resiliencia. Por otro, las economías importadoras de combustibles y con menor capacidad para beneficiarse del auge de la IA están viendo recortadas sus perspectivas de crecimiento (FMI, 2026).
El comercio global, un termómetro clave de la salud económica, también refleja esta pausa. Se proyecta que el volumen del comercio mundial se desacelere bruscamente del 5 % en 2025 al 3.5 % en 2026, un ajuste atribuible, en gran medida, a la acumulación de inventarios previa a la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos. La inflación, que parecía estar bajo control, ha repuntado hasta el 4.7 % global, estancando la tendencia desinflacionaria que venía observándose desde 2024 (FMI, 2026). Esta mezcla de menor crecimiento, mayor inflación e incertidumbre geopolítica ha llevado a The Economist a calificar 2026 como un año de «crecimiento mediocre».
Crecimiento moderado en un contexto adverso
América Latina y el Caribe no son ajenos a esta desaceleración global. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) proyecta un crecimiento regional del 2.2 % para 2026, una décima menos que en 2025, en un contexto internacional caracterizado por conflictos geopolíticos y un menor dinamismo del consumo privado y la demanda externa. Esta cifra, aunque modesta, adquiere un significado particular si se considera que la región lleva cuatro años consecutivos de bajo crecimiento (CEPAL, 2025).
El Banco Mundial coincide con este diagnóstico, al señalar que la expansión regional se verá limitada por el alza de los precios de la energía, las presiones inflacionarias y el impacto de la guerra en Oriente Medio. El organismo advierte que, si bien las condiciones financieras globales se han relajado ligeramente, la falta de un impulso significativo en la demanda interna y el menor dinamismo de la economía global restringen el crecimiento (Banco Mundial, 2026c).
Sin embargo, dentro de la región, el panorama es igualmente heterogéneo. Países como Guyana (16.3 %), Paraguay (4.4 %), Surinam (4.0 %), Panamá (3.9 %), Guatemala (3.7 %), República Dominicana (3.6 %) y Argentina (3.6 %) lideran las proyecciones de crecimiento (Banco Mundial, 2026). Esta diversidad refleja diferentes grados de exposición al shock energético, políticas internas y estructuras productivas. La región, en su conjunto, se enfrenta al desafío de transformar su histórica dependencia de la exportación de materias primas en una ventaja competitiva para la transición energética global, un proceso que requerirá inversiones y reformas estructurales que aún están pendientes.
México: un gigante que se mueve con pasos cortos
El caso de México es particularmente ilustrativo de los desafíos que enfrenta la región. La economía mexicana, profundamente entrelazada con la de Estados Unidos a través del T-MEC, ha visto un ajuste significativo en sus expectativas de crecimiento. El Banco de México (Banxico) recortó su pronóstico para 2026 del 1.6 % al 1.1 %, tras constatar un débil desempeño en el primer trimestre del año, que registró una contracción del 0.6 %.
La gobernadora de Banxico, Victoria Rodríguez, reconoció que la economía atraviesa un «periodo de crecimiento bajo, pero positivo», y confió en una recuperación a partir del segundo semestre, impulsada por el consumo privado y las exportaciones (Banxico, 2026).
El Banco Mundial mantiene una proyección ligeramente más optimista para México, del 1.3 % para 2026, y estima una expansión promedio del 1.8 % entre 2027 y 2028. El organismo destaca que la exposición de México al impacto de los precios de la energía es limitada, dada su posición de comercio energético equilibrada (Banco Mundial, 2026).
No obstante, el principal riesgo para la economía mexicana no es tanto el precio del petróleo, sino la incertidumbre en torno a la revisión del T-MEC y las políticas comerciales de su principal socio comercial. Banxico ha señalado explícitamente que la revisión del tratado será «fundamental para que la inversión retome una trayectoria positiva» (Banxico, 2026). La inversión, tanto nacional como extranjera, permanece a la espera de señales claras, y la incertidumbre se ha convertido en el principal freno para un despegue más decidido.
Un respiro estratégico
La desaceleración económica de 2026 no es el principio del fin, sino un punto de inflexión que invita a la reflexión estratégica. El mundo ha sorteado el shock energético mejor de lo que se temía inicialmente, gracias a la liberación de reservas, la adaptación del sector privado y una creciente eficiencia energética.
El FMI describe la situación como una «recuperación en forma de V», con un crecimiento más débil este año, seguido de un rebote en 2027, hasta el 3.4 % (FMI, 2026). Esta perspectiva, compartida por el Banco Mundial, que proyecta un 2.7 % para 2027, aleja el fantasma de una crisis prolongada (Banco Mundial, 2026).
Para América Latina y México, el mensaje es de cautela, pero también de oportunidad. La región no está en recesión, sino en una pausa. Este respiro permite evaluar las vulnerabilidades estructurales: la dependencia de las materias primas, la baja productividad, la informalidad laboral y la falta de inversión en infraestructura y educación. Al mismo tiempo, el auge de la inteligencia artificial y la transición energética abren ventanas de oportunidad para aquellos países que sepan posicionarse.
México, en particular, tiene la oportunidad de capitalizar su cercanía con el mercado estadounidense y su ecosistema manufacturero para atraer inversiones en sectores de alta tecnología, siempre que logre disipar la incertidumbre en torno a su marco comercial y fortalezca el Estado de derecho. La clave no está en crecer a toda costa, sino en crecer mejor, con una visión de largo plazo que priorice la productividad, la sostenibilidad y la inclusión social.
El 2026 no es el año del desplome, sino el año en que el mundo, y América Latina con él, aprende a moverse a un ritmo más pausado, pero más firme, preparando el terreno para un futuro más resiliente y próspero.



