OPINIÓN
¿Ruptura o simulación? El desafío de Sheinbaum
Los Juegos del Poder, por Gabriel Ibarra Bourjac
“El poder no se comparte”. Esta máxima, vieja como la política misma, ha sido el eje central de las conversaciones en los pasillos de Palacio Nacional desde que inició el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Durante meses, una sombra ha intentado opacarla, o cuando menos, minimizar su investidura. Es la sombra que emana, para muchos, desde aquel rancho en Palenque, el refugio del hombre que, según los hechos recientes, insiste en retener los hilos de la marioneta a pesar de haber entregado el bastón de mando.
El caso de Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa, es el síntoma más claro de esta tensión latente. Recordemos: Rocha Moya fue señalado desde los Estados Unidos por presunta conspiración y vínculos con el Cártel de Sinaloa. Tras más de cien días de presión, de haber solicitado licencia y de haber puesto su destino en manos de la Fiscalía General de la República, el viernes pasado tomó una decisión unilateral: regresar a la gubernatura. Lo hizo sin consultar a la presidenta, sin avisar a la dirigencia de su partido.
¿De dónde sacó Rocha Moya tal arrojo, tal desafío a la jerarquía constitucional? La respuesta, en los corrillos de la capital, tiene un solo nombre: Andrés Manuel López Obrador.
La decisión de Rocha no fue menor; fue una tempestad política que sacudió la estructura de Morena. La sorpresa de la presidenta, quien reconoció haberse enterado por redes sociales, es reveladora. No es solo la rebeldía de un gobernador; es la manifestación de una fractura real.
Como bien ha señalado Salvador García Soto en El Universal, bajo el título “Los duros contra Sheinbaum, Rocha, rebeldía”, estamos ante una implosión. El ala más radical del movimiento, leal ciegamente al expresidente, ha decidido ignorar la autoridad de la actual mandataria para blindar a sus piezas.
Ante esto, la respuesta de Sheinbaum no fue de confrontación directa, sino de una contundencia política impecable. Sin mencionar al gobernador sinaloense, la Presidenta lanzó un misil en su cuenta de X que resuena en todo el espectro político: “Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la nación, y mucho menos cuando aquello que se pretende colocar por encima de México no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder”.
Las palabras de la mandataria no son menores. “Los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la nación es eterna”. ¿A quién le habla Sheinbaum? Las preguntas son obligatorias: ¿El mensaje es para Rocha Moya o es para su antecesor?
El cierre de filas de los diputados morenistas y la dirigencia del partido, exhortando al gobernador a reconsiderar, es un intento de contención ante una crisis que amenaza con dividir al movimiento entre quienes obedecen a la presidenta y quienes siguen rindiendo pleitesía al “maximato” desde el retiro.
Mientras esta pugna interna se cocina, la realidad geopolítica dicta otra narrativa. La semana pasada, en Buenos Aires, durante la cumbre sobre la problemática de las drogas que reunió a más de 100 naciones, el mensaje fue distinto. El director de la DEA, Terrance Cole —el “zar antidrogas” de los Estados Unidos— fue claro al referirse a Omar García Harfuch: lo calificó como un socio y amigo confiable, alguien que ha arriesgado su vida y generado resultados palpables.
El contraste es brutal. Mientras que para Washington, Harfuch es el rostro de la cooperación y la seguridad —con cifras que respaldan su gestión, como la detención de más de 60 mil presuntos delincuentes y la reducción del 50% en homicidios dolosos—, la figura de Andy López Beltrán se desdibuja bajo el peso de la desconfianza.
El reciente retiro de su visa estadounidense no es un dato menor; es un mensaje contundente sobre quién es interlocutor válido y quién es un paria en el tablero internacional.
Esta dicotomía nos recuerda los días de la sucesión. No olvidemos que García Harfuch no fue del beneplácito de López Obrador para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Aquella campaña interna en Morena, marcada por el fuego amigo de los “duros”, fue interpretada como una orden directa de Palenque para frenar a quien hoy se perfila, por resultados y legitimidad propia, como uno de los activos más valiosos del gobierno de Sheinbaum. El proyecto de colocar a Andy López Beltrán en la Secretaría de Organización de Morena, junto a Luisa María Alcalde, parecía ser el plan B del expresidente para mantener la influencia hacia 2030, pero los hechos parecen estar restándole brillo a esa estrella.
Estamos, pues, en un momento definitorio. ¿Nos dirigimos hacia un rompimiento público o estamos ante una simulación de unidad? La respuesta la tendremos conforme se acerque el 2027, año en que se renovarán 500 diputados federales y 17 gubernaturas. Será ahí donde se librará la batalla final por el control de Morena.
La presidenta Sheinbaum ha hablado sobre la soberbia del poder, sobre el abuso y sobre cómo el poder sin principios termina enfrentándose a la historia. El gobernador Rocha Moya, apoyado por la vieja guardia, ha puesto a prueba la autoridad de la mandataria.
La pregunta que queda flotando en el aire, y que resonará en los próximos meses, es si Claudia Sheinbaum logrará finalmente desmarcarse de la sombra o si el «poder por el poder» terminará devorando la esperanza de un movimiento que, hoy más que nunca, luce fracturado.
El tiempo dirá si la “cuarta transformación” sobrevive a sus propios fantasmas, o si el país está entrando en una nueva etapa de realidades contrastantes: la de la institucionalidad que busca Sheinbaum frente a la ambición que persiste en los sótanos del obradorismo.
México, como bien dice la presidenta, merece servidores públicos que entiendan la trascendencia de su encargo. Habrá que ver quiénes realmente están a la altura de esa responsabilidad.





