OPINIÓN
El sujeto frente al naufragio de lo dado: Odiseo en la mirada de Zemelman
Cine, por Juan Raúl Gutiérrez Zaragoza
Hace unos días fui al cine a ver la película de La Odisea. Empecé a comentarla en nuestro círculo de reflexión del viernes anterior con mis compañeros Gis y Arnoldo, y con Elena, coordinadora del posdoctorado en Metodología de Investigación Crítica en el IPECAL; antes también lo había hecho con ellos y con Estela, nuestra directora general, por lo que le di al filme una interpretación zemelmaniana.
Así que, desde esta colocación, narro lo que percibí.
Lo primero que capté es que Nolan —productor, director y guionista— no empieza con un héroe: empieza con un hombre encerrado.
Dentro del Caballo de Troya todo está oscuro, hace calor, los hombres están apretados, orinándose del miedo, conteniendo la respiración mientras afuera los troyanos discuten si meter esa cosa gigante a la ciudad. Matt Damon (Odiseo) está ahí, con la cara pegada a la madera, escuchando. No es el rey, es un soldado que no puede ni moverse.
¡Qué escena de un rey! Tengo en la mente ese cuadro: un hombre flotando, roto, aferrado a un madero. Ese Matt Damon no es el rey de Ítaca, es el sobrante de una guerra que ya ganó. Y ese es el punto exacto donde me parece que Zemelman diría que nace el sujeto: cuando lo que te dieron por identidad ya no te sirve para vivir.
Bien podría decirse que el sujeto nace justo ahí, en el encierro de lo dado. Odiseo no puede salir por la fuerza; tiene que esperar, tiene que soportar la noche, el olor, el miedo de sus compañeros que se ahogan ahí dentro. Para poder nacer a otra historia, primero tiene que aguantar estar atrapado en la que ya no sirve.
Cuando por fin bajan y abren las puertas de Troya, cree que es la victoria, pero en realidad es el inicio de perderse, porque ganar la guerra no lo libera: lo condena. Gana Troya y se queda sin casa. Es entonces cuando aparece la crisis del sujeto: cuando logras lo que te dijeron que tenías que lograr y te das cuenta de que ya no te reconoces en eso.
Odiseo ganó todo y se quedó vacío. La historia lo hizo leyenda, pero esa leyenda lo aplastó: ya no cabe en su armadura ni en su fama. Poseidón, en esta versión, no es un dios enojado con tridente, es algo más terrible: es la inercia de la historia, el peso de lo dado que no te deja avanzar, el mar inmenso que te dice que no hay regreso.
Odiseo quiere volver a Ítaca, pero ¿a cuál? La que dejó hace veinte años ya no existe. Su hijo Telémaco ya es un hombre que tuvo que aprender a ser como rey sin padre y sin serlo realmente; su esposa Penélope es otra mujer después de veinte años de espera. Por eso duele tanto.
Él no extraña un lugar: se extraña a sí mismo. El sujeto como carencia, el que no parte de lo que tiene, sino de lo que le falta.
Y entonces viene el viaje de regreso. Cada isla no es un monstruo mitológico: es una forma de pensamiento que te cierra el futuro.
Primero llega a los lotófagos, los que comen flor de loto para olvidar. Es la tentación más sutil: la de renunciar al proyecto y quedarte adormecido porque recordar duele demasiado. Es el sujeto que se rinde.
Luego, el cíclope: un solo ojo, una sola mirada, un solo modo de entender el mundo, el pensamiento único. Odiseo no puede vencerlo a golpes, tiene que inventarse otro. Tiene que decir: “Yo soy Nadie”; tiene que matar su propio ego de gran estratega para poder salir de la cueva. Solo cuando deja de ser Odiseo, el famoso, puede sobrevivir.
Después viene Calipso, interpretada por Charlize Theron, en una de las partes más inquietantes de la película. Hermosa, una isla perfecta donde no hay guerra, no hay dolor, puedes quedarte para siempre amado y cuidado. Es la trampa más peligrosa para el sujeto: el confort que te roba la historicidad, el lugar donde ya no necesitas desear nada y, por lo tanto, dejas de ser.
Y las sirenas. Ellas no cantan para seducir, cantan para explicar. Te prometen contarte toda la verdad de tu vida, todo el sentido de la guerra de Troya, todo lo que hiciste bien y mal. Es la teoría que quiere cerrarte. Odiseo hace lo que se le pediría a cualquier buen investigador: se ata al mástil, escucha, pero no obedece; escucha su pasado sin convertirse en prisionero de él.
Mientras él naufraga por fuera, Penélope resiste por dentro. En Ítaca todo el mundo ya cerró la historia. Los pretendientes le dicen a Anne Hathaway (Penélope): tu marido murió, el futuro es que te cases con uno de nosotros, tu hijo perderá el trono. Es el discurso del fin de la historia, del “no hay alternativa”. Sin embargo, ella hace algo mínimo y gigantesco: teje de día y desteje de noche.
No está engañando: está sosteniendo el tiempo abierto. Cada hilo que deshace en la noche es un acto de voluntad contra el cierre, lo inédito viable, eso que todavía no existe, que nadie ve, pero que alguien tiene que sostener con el cuerpo para que siga siendo posible. Penélope, sin moverse de su casa, es más viajera que Odiseo, porque ella mantiene vivo el futuro.
Es aquí donde, entre otras apariciones a lo largo del camino, aparece de nuevo Artemisa, no como diosa distante, sino como presencia simbólica que acompaña la resistencia de Penélope. Esta diosa lunar custodia ese telar nocturno, recordando que sostener el tiempo abierto es también un acto de lucha, de guardia, de vigilia. Penélope teje, Artemisa vigila: juntas encarnan la fuerza femenina que mantiene vivo lo inédito.
Cuando por fin llega a Ítaca, Nolan no nos da el abrazo hollywoodense. Odiseo entra a su casa y nadie lo reconoce; mata a los pretendientes, sí, pero la victoria es amarga. Se sienta frente a Penélope y se miran como dos extraños que se han amado durante veinte años a la distancia, porque ya no son los mismos.
Odiseo entiende que Ítaca nunca fue un punto en el mapa, fue una necesidad, un horizonte que necesitaba para no hundirse. Y cuando por fin toca tierra comprende que, si se queda ahí a reinar, morirá en vida, convertido de nuevo en estatua.
Por eso, en la última toma de la película, hace lo impensable: le deja el trono a Telémaco, toma la mano de Penélope y se va. Se van los dos, sin reino, sin destino. Se van a buscar otra Ítaca. En esa partida, Artemisa llega una vez más como guía silenciosa, la cazadora que abre senderos en lo desconocido. No les promete un lugar, les recuerda que el futuro no está escrito y que la valentía consiste en caminar hacia lo no descubierto; acompaña la decisión de dejar atrás lo dado, custodiando la posibilidad de otra Ítaca.
Es así como, tanto para Zemelman como para este Odiseo de Nolan, existir no es cumplir el guion que te escribieron los dioses, Homero o la sociedad. Existir es tener la valentía de decir, aunque estés roto y a la deriva: mi pasado no me determina, mi futuro no está escrito y todavía, con lo poco que me queda, puedo atreverme a ser.
En este mundo terrenal seguramente transitamos por alguna de estas opciones: iniciar el camino, mantenernos en el proceso, ganar o perder la guerra, emprender el regreso y llegar de nuevo al punto de partida, solo para darnos cuenta de nuestra colocación. ¿Cambió la realidad o cambió nuestra perspectiva de ver la realidad?
Identifica en qué parte estás.





