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OPINIÓN

Entre gritos y empujones: Cuando la política pierde la palabra

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A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Hay una escena que debería avergonzarnos mucho más de lo que nos provoca risa: dos legisladores, en uno de los edificios donde debería discutirse el futuro del país, empujándose, insultándose y a punto de llegar a los golpes. El video circula en redes, aparecen los memes, llegan los comentarios de uno y otro bando y, durante unas horas, la pelea se convierte en entretenimiento. Después seguimos con nuestras vidas.

Quizá ese sea precisamente el problema: que ya no nos sorprenda.

Esta semana, un diputado priista protagonizó un enfrentamiento que pasó de los insultos a los empujones y jaloneos. El episodio ocurrió en medio de una discusión política marcada por acusaciones que no deben ni deberían discutirse en ese tono.

Pero sería demasiado sencillo reducirlo a la conducta de dos legisladores. Tampoco se trata de encontrar quién comenzó, quién provocó a quién o quién tuvo la última palabra. Eso es precisamente lo que las redes nos invitan a hacer: convertir cualquier conflicto político en una pelea entre equipos, elegir un bando y celebrar cuando el adversario queda peor parado.

El problema es mucho más profundo.

Un Congreso existe, entre otras cosas, para que las diferencias puedan resolverse mediante la palabra. Parlamentar significa precisamente eso: discutir, argumentar, confrontar ideas y buscar acuerdos, incluso cuando las posiciones parecen irreconciliables. Cuando un legislador sustituye el argumento por el empujón, no solamente pierde la compostura personal; degrada la institución que representa.

Y aquí hay algo que deberíamos decir con absoluta claridad: ninguna provocación justifica una agresión física, sin importar el partido al que pertenezca quien la realiza.

Porque el problema no es de colores partidistas.

En mayo, Mancilla ya había protagonizado otro episodio de confrontación con el diputado morenista Zenyazen Escobar, quien terminó retándolo a golpes durante una sesión en la Cámara de Diputados. Lo preocupante, entonces, no es solamente que haya ocurrido otro pleito en el Congreso, sino que parezca estar construyéndose una normalidad en la que la violencia verbal y física forma parte del repertorio cotidiano de algunos representantes populares.

Y quizá deberíamos preguntarnos qué estamos premiando cuando convertimos esas escenas en contenido viral.

Hay algo particularmente extraño en nuestra época: así como existen videos y personalidades de internet que nadie sabe explicar por qué se hicieron virales, también hay diputados cuya presencia en la Cámara resulta difícil de entender cuando su fama depende más de sus episodios virales que de su trabajo legislativo.

El político que grita más fuerte tiene más posibilidades de circular en redes. El que insulta de manera más ingeniosa obtiene aplausos de su bancada. El que confronta físicamente puede convertirse en protagonista durante varios días. La política, poco a poco, parece estar adoptando las reglas del espectáculo: importa menos quién tiene razón que quién logra imponerse en la escena.

Eso es peligroso.

Porque una democracia no solamente necesita elecciones libres. También necesita instituciones capaces de procesar pacíficamente el conflicto. La democracia no consiste en que todos pensemos igual; consiste, precisamente, en tener mecanismos para convivir cuando pensamos distinto.

Y el Congreso debería ser uno de los lugares donde mejor se vea esa capacidad. El Congreso no debería ser un ring ni un escenario para fabricar celebridades instantáneas. Debería ser el espacio donde quienes fueron elegidos para representar a la sociedad demuestren preparación, carácter y capacidad para defender sus ideas. La confrontación es inevitable; la violencia, en cambio, nunca debería serlo.

Por eso tampoco me parece suficiente condenar estos episodios y después regresar al pleito partidista de siempre. Si cada agresión termina convertida en munición para demostrar que “los otros” son peores, entonces no estamos corrigiendo nada. Estamos utilizando la violencia como otro instrumento de propaganda.

Lo verdaderamente preocupante es que hemos empezado a acostumbrarnos a una política en la que la estridencia parece tener más valor que la inteligencia.

El diputado que domina una discusión con argumentos no necesariamente se vuelve viral. El que insulta, amenaza o protagoniza una pelea sí. Y eso debería hacernos pensar también como sociedad: quizá los políticos no son únicamente responsables de la degradación del debate público; nosotros también participamos cuando premiamos con atención, aplausos y difusión aquello que debería producir vergüenza.

No se trata de pedir una política aburrida, silenciosa o carente de pasión. La política necesita confrontación. Los parlamentos necesitan desacuerdos. Incluso los debates más duros son saludables cuando existen razones detrás de ellos.

Lo que no podemos aceptar es que la fuerza física se convierta en una extensión de la fuerza política.

México tiene problemas demasiado grandes como para que sus representantes ocupen su tiempo demostrando quién puede gritar más fuerte o quién está dispuesto a llegar más lejos en una confrontación. Hay una diferencia enorme entre ser firme y ser bully; entre defender una posición y perder el control; entre ejercer oposición y convertir la política en una pelea de cantina.

Y esa diferencia debería ser especialmente importante para quienes reciben un voto y un salario para representar a millones de personas.

Tal vez el verdadero escándalo de los golpes en el Congreso no sea únicamente que algunos legisladores hayan perdido el control. Es que quienes deberían representar la posibilidad de resolver nuestras diferencias mediante la palabra estén demostrando exactamente lo contrario.

Una democracia que pierde la capacidad de discutir termina buscando otras formas de resolver sus diferencias. Y cuando la palabra deja de ser suficiente, lo siguiente nunca es mejor.

La política puede ser dura. Puede ser incómoda. Puede ser feroz. Pero hay una línea que ningún representante popular debería cruzar: aquella en la que el argumento deja de importar y la fuerza pretende ocupar su lugar.

Porque, al final, un legislador no está ahí para demostrar que puede pelear. Está ahí para demostrar que sabe representar, debatir y, sobre todo, convencer.


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